lunes, 30 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra encantada

Nuestro chofer nos pasa a buscar puntualmente. Es un hombre de pocas palabras. Los asientos de su Lada tienen un tapizado parecido al de los sillones de Marieta. Son suaves, mullidos y multicolores. Voitek y David se suben en el de atrás y yo en el del acompañante. Nos dirigimos a Zorats Karer.

La noche anterior habíamos dado un paseo por Goris, ciudad enclavada en medio de pintorescas formaciones rocosas, similares a las que se pueden ver en Capadocia. En nuestro peregrinar por sus calles, nos encontramos con unos niños que se ofrecieron como guías. Subiendo el cerro, descubrimos que los recovecos en las rocas eran usados como establos y depósitos. Más arriba encontramos el cementerio del pueblo y sus tradicionales sepulcros, las imágenes de los difuntos labradas en la piedra, descansando bajo las sombras del atardecer.

Zorats Karer es, según algunos, un antiguo observatorio astronómico y, según otros, un conjunto de tumbas. Para unos neófitos como nosotros, un lugar maravilloso, una planicie entre montañas donde el viento sopla con intensidad, un círculo de piedras con una mística especial, una excusa para filosofar un rato y una oportunidad para meditar o rezar. Estamos solos, con excepción del chico de la tienda de souvenirs, que tiene la radio del auto con un electropop al mango.

Camino a Tatev, me dicen que el aerocarril para llegar al monasterio mide unos 5700 metros y que atraviesa tupidos bosques que crecen a ambos lados de un profundo cañón. Me impresiona un poco, por lo extenso, pero confío. El complejo Alas de Tatev - moderno, limpio, elegante - ha sido financiado por uno de los tantos armenios ricos que componen la diáspora y que gustan de invertir en su patria de origen. Y de las veinticuatro personas que subimos al aerocarril, la mayoría son armenios residentes en Los Ángeles, muchos de ellos en Armenia por primera vez.

Tatev es uno de los monasterios más visitados del país, fundado en el siglo IX y ubicado al borde del cañón. La sabiduría popular dice que el nombre está relacionado con jóvenes mujeres que saltaban desde ese lugar para evitar ser capturadas por los turcos. Ta Tev, en armenio, significa Dios, dame alas. La historia, sin saber si es cierta, me estremece. Muchas de las habitaciones de piedra del complejo dan al vacío. Debajo, solo rocas y árboles multicolores.

De vuelta en nuestro Lada, ponemos rumbo sur hacia Kapán, la capital de Syunik. El camino discurre entre montañas boscosas, esos bosques que antes sólo había visto en películas, con el suelo tapizado de hojas y claros entre los troncos. Un bosque encantado cualquiera. Como los de los hermanos Grimm, dice Voitek. De a ratos, el auto se mete en túneles formados por las copas de los árboles. Voitek va en silencio. David duerme. Yo no me pierdo de nada, ni de una hoja amarilla o roja o verde de todas las que me rodean.

Llegamos a Kapán a media tarde. Nuestro chofer nos deja en la puerta del hotel, un edificio alto frente a la plaza. La ciudad es de tipo industrial, con bloques de apartamentos en diferentes tonos de marrón rojizo, igual que en Yerevan y en la mayoría de los pueblos que cruzamos. Un río baja de la montaña y sobre él los vecinos han construido sus propios puentes para llegar a sus casas, recostadas en la ladera. Caminamos calle arriba, hasta llegar a un lago artificial con lanchas de fibra de vidrio, como las del Parque Rodó. Junto al lago, una ceremonia oficial tiene lugar al pie de un monumento. El sol baja rápido tras las montañas, la hora de la cena se confunde con la de un almuerzo tardío.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra ignota

Something bad happened, me dijo Voitek, we missed the marshrutka to Nagorno Karabakh. No supe que decir frente a tal imprevisto, pero tampoco me alteré demasiado. Podíamos ir a Goris, una ciudad en la región de Syunik en el sur de Armenia, pasar la noche allí y seguir camino al día siguiente.

Nagorno Karabakh es un territorio en disputa que oficialmente pertenece a Azerbaiján, pero autoproclamado independiente en 1991 - aunque no reconocido como tal por la comunidad internacional -. Ubicado al sureste de Armenia, se puede acceder a él fácilmente solicitando un visado. La visa del país inexistente, diría Jack, un viajero norteamericano con el que habíamos quedado en encontrarnos en Stepanakert, la capital.

Una de las chicas en la recepción del hostel nos consiguió un taxi colectivo para ir a Goris. El tercer viajero resultó ser David, un irlandés que vive en Australia, que estaba en nuestro mismo dormitorio e iba camino a la frontera con Irán.

Salimos de Yerevan con gran excitación por descubrir ese extraño lugar, Karabakh, dicen que de singular belleza, devastado por una guerra que dejó miles de muertos y desplazados entre 1991 y 1994. Atravesamos las tierras planas que rodean Yerevan y nos metimos en la región de Ararat. El recorrido, de unos 250 kilómetros, toma unas cuatro horas. Yo iba sentada en el medio entre Voitek y David, tratando de no prestar atención a la conversación, porque el acento de este último - mezcla de irlandés con australiano - me resultaba absolutamente incomprensible.

Hicimos una parada para tomar café en un pequeño bar al costado de la ruta. El dueño se mostró gratamente sorprendido de encontrarse con una uruguaya e hizo mención al hecho - bien conocido por todos los armenios con los que he entablado conversación - de haber sido Uruguay el primer país en reconocer el genocidio.

Con Voitek tratando de convencer a David de venir con nosotros a Karabakh, entramos en la región de Vayots Dzor, donde las montañas comienzan a cobrar altura hacia ambos lados del camino. Son montañas peladas, con pastos altos y amarillos. La vegetación es escasa y tampoco se ven muchos animales. El paisaje me recordó al plateau del lado de Turquía, un poco más allá de la frontera.

En el medio de la nada y bajo unas gruesas gotas de agua que amenazaban con convertirse en verdadera lluvia, vimos aparecer una extraña construcción: dos columnas grises con figuras en altorelieve al estilo soviético. Son las puertas de Syunik, me dijo Voitek. El enorme portal era un tanto grotesco. Pero, con el Pequeño Cáucaso como marco, en algún lugar de nosotros pudimos sentir la misteriosa energía de la región de Syunik dándonos la bienvenida.

Jack nos escribió, diciendo que estaba en Shushi, una ciudad cercana a Stepanakert. Ya en Goris, intentamos negociar un precio para seguir hasta allí esa misma noche. No llegamos a un acuerdo, por lo que optamos por quedarnos en lo de Marieta, lo más parecido a un hostel que pudimos encontrar en la ciudad.

La casa de Marieta estaba ubicada en un bloque de apartamentos, destruido en sus áreas comunes - como la mayoría de los edificios en los que he estado - pero impecable en su interior. Marieta vive en el piso de arriba. Nos apropiamos de uno de los cuartos y nos instalamos en el living. En el televisor, una absurda comedia nos hizo destornillar de la risa, aún sin entender una sola palabra.

Voitek y yo intentamos por última vez convencer a David de acompañarnos a Karabakh, pero él prefirió mantener su plan de ir hacia Irán. Desplegamos entonces el mapa sobre la mesa del living, a fin de buscar nuestras respectivas rutas. Presté atención a un lugar en particular, Zorats Karer, muy cerca de donde estábamos, y recordé que alguien en Yerevan me había hablado de él, como el Stonehenge de Armenia. También me habían dicho que Tatev, uno de los principales montasterios del país, ubicado en la región de Syunik, estaba en un enclave energético, al igual que Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Comenté ambas cosas a Voitek.

Es muy importante para ti ir a Karabakh? me preguntó. Como en la mañana, cuando perdimos la marshrutka, no supe que decir. Levanté los hombros y sonreí. En un minuto nuestro entusiasmo por conocer el país inexistente se trasladó hacia la región más ignota de Armenia, esa tierra montañosa del sur, que se abre paso en el mapa para dejar de ser Europa y convertirse en el gran país persa.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cupé

Cuando viajé de Ankara a Kars en el Dogu Express, no me animé a hacerlo en una cabina, por aquello de con quién me iba a tocar compartir el espacio, generalmente muy reducido. Eso que todos queremos - decimos que queremos - al viajar: conocer gente, en mi caso muchas veces ha funcionado como un acicate a mis miedos. Es fácil estar predispuesto a conocer gente si uno disfruta de la seguridad que en apariencia brinda un compañero, un amigo. Además, quién se anima a afirmar que el "conocer gente" está libre de todo prejuicio? Qué tipo de gente estamos dispuestos a conocer? Todos sin excepción? No hace falta decir nada, conozco la respesta.

Cuando fui a la estación de trenes de Tbilisi a comprar mi pasaje, la chica del otro lado de la ventanilla me ofreció una cabina para dos, una para cuatro y una para muchos, dijo, con diferentes precios. Y asientos comunes?, pregunté. El tren nocturno solo tiene cabinas, respondió. Me decidí por un intermedio de cuatro, evitando así viajar con "mucha gente desconocida" o con "un extraño". No me siento orgullosa de mis elecciones, pero sí de ser consciente de ellas y de sus motivaciones, para al menos intentar liberarme de mis prejuicios y de mis temores, algún día.

Por la noche, llegué a la estación con tiempo suficiente para buscar y encontrar mi tren, al menos eso creí. El primero no era. Me mandaron cruzar un pasaje subterráneo. El segundo tampoco. Me indicaron que cruzara un puente. Bístro!, me dijo el guardia. Mi ruso básico siempre me tira un cable: comencé a correr. Con todo, llegué bien a mi vagón e inmediatamente me encontré con una chica que hablaba inglés, quien me dio las básicas y me ofreció ayuda a nuestra llegada a Yerevan.

Finalmente, mis compañeras de cabina eran tres armenias encantadoras. Siguiendo sus indicaciones, coloqué el colchón sobre la litera - me tocó una de las de arriba -. El encargado del vagón me dio sábanas, funda para la almohada y un lienzo multiuso. Puse mi cartera en un estante y mis championes en el lugar donde se guardan los colchones. Mantuvimos una breve pero divertida conversación, haciendo uso de un muy reducido vocabulario en ruso y del universal lenguaje de señas.

El encargado me trajo los papeles para la visa, ya que yo misma le había dicho que venía de Uruguay, frente a la habitual pregunta Otkuda ti? Le expliqué que mi pasaporte era italiano y que no necesitaba visa. Gracias a Giani, el brasilero que conocí en Tbilisi y que ostentaba mi misma condición, mi respuesta habitual se reduce a "madre uruguaya", "padre italiano". Santo remedio.

El viaje duró nueve horas y fue muy cómodo. Hubiera dormido de un tirón de no ser por los necesarios trámites de aduana, aunque debo reconocer que estos no admiten la menor queja, ya que se hacen dentro del tren, sin salir siquiera de la cabina. Los funcionarios a cargo en Georgia, recolectan los pasaportes y los devuelven sellados con la salida del país. Al llegar a Armenia, otro funcionario recorre los vagones con un pequeño escaner y un sello, vuelve a solicitar los pasaportes y los devuelve con un simpático estampado que, además de la silueta del Monte Ararat, ostenta el dibujo de una locomotora, de las viejas, con chimenea y todo.

Armenia tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiján, por lo que las posibilidades de ingreso por tierra se reducen a Georgia e Irán - y, teniendo en cuenta los exigentes requisitos de visado para cruzar la frontera con Irán, me pregunto que tanto tráfico hay en ese paso -. Supongo entonces que la inmensa mayoría de los viajeros que llegan a Armenia, lo hacen a través de sus dos aeropuertos internacionales.

Una vez más, otro lenguaje y otro alfabeto. Acabo de conocer a Steven, norteamericano con ascendencia armenia que llegó hasta aquí para aprender la lengua de sus ancestros. Se me vienen a la mente algunos nombres: Aharonián, Arakelián, Markarián, Ananikián, Kechichián, Aprahamián, Rupenián y tantos otros, todos parte de la extendida e incontable diáspora armenia en el Uruguay y en el mundo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Sameba

Se llama Thbilisis cminda samebis sakathedro tadzari - Holy Trinity Cathedral of Tbilisi - pero le dicen Sameba, que significa Trinidad. Fue construida entre 1995 y 2004 en el barrio de Havlabar y la elección del lugar para su emplazamiento no estuvo exenta de polémica, debido a la existencia de un antiguo cementerio armenio.

Salgo del hostel y me dirijo hacia el río, atravesando el parque que queda una calle abajo. Cruzo el primer puente, en cuya cabecera está el mercado seco - una pequeña feria de antigüedades -, llamado así porque debajo de ese puente no corre agua sino autos por una amplia avenida. Enseguida aparece el puente de arcos sobre el Río Kura y, del otro lado, la rotonda sobre la calle de adoquines. Giro a la derecha y me meto por calles y veredas angostas, donde los balcones enrejados cuelgan casi sobre los autos que circulan en forma desordenada. A pocas cuadras la calle se abre y se junta con la avenida que bordea el río. Cruzo una plaza con juegos infantiles. Del otro lado, otra calle de adoquines sube la colina, flanqueada por coquetas viviendas y jardines colgantes. Comienzo a ver guardias. Al final del repecho, unos trescientos metros más adelante, me encuentro con la enorme cúpula de vidrio de la casa de gobierno. Doblo a la izquierda y camino un par de cuadras. Salgo a la calle Samreklo. Camino un poco más y estoy ante los anchos portones de la catedral.

Del otro lado, la figura de una mujer vestida de verde bajando las escalinatas, me sugiere la medida de esa humana necesidad - y en tanto humana, política - de agrandar y elevar a dios.


sábado, 14 de septiembre de 2013

La boda

Escuché hablar de supra y paré la oreja. Unos norteamericanos le preguntaron a Marika si era posible asistir a una verdadera fiesta georgiana. El interés no era propio, sino de un amigo periodista que estaba arribando a Georgia para encontrarse con ellos. Así fue como Marika se puso en campaña para hacerlo invitar a un casamiento y yo me anoté en la lista de colados, como fotógrafa.

Gideon, neoyorquino, simpático y buen mozo, tenía a cargo la tarea de redactar una nota sobre las famosas supras georgianas, con sus personajes y rituales. A todo esto, yo ya había leído algo sobre el asunto: que supra era el nombre que se le daba a toda reunión donde hubiera comida y bebida y que stricto sensu significaba mesa o mesa tendida.

Y efectivamente, las mesas estaban tendidas cuando llegamos, no solo con la mantelería y la vajilla sino con variedad de platos fríos, ya dispuestos. Frente a las mesas de los invitados estaba la de los novios y padrinos y, a un costado de esta, otra más pequeña con la torta de bodas.

Los novios - muy jóvenes ambos - atravesaron un cortejo con choque de espadas y entraron al salón, seguidos por todos los invitados. En su honor, un grupo de bailarines profesionales ataviado con trajes típicos, desplegó con maestría las vigorosas danzas georgianas.

Marika nos fue guiando con cada uno de los platos: qué probar primero, cómo combinar cada uno con su salsa correspondiente, sus nombres y componentes. Como me resultaba muy difícil retener tanta información - recomendaría leer la crónica de Gideon, quien tomó prolijas notas -, me concentré en probar la mayor cantidad de platos posible, acompañándolos con buen vino - la chacha la dejé para los mejor entrenados.

Pero, si entendí bien la esencia de la supra, esta no es la comida ni la bebida sino la liturgia asociada a la misma, que cuenta con el tamada como figura principal: la persona a cargo de ofrecer los brindis, cada uno de ellos precedido de un discurso. Durante toda la noche fuimos testigos del protagonismo del tamada, quien se dirigía a los invitados y a los novios en una larga y solemne exposición que culminaba con las copas en alto.

De más está decir lo bien que nos recibieron y la amabilidad y la calidez con la que fuimos agasajados. Si bien la fiesta amenazaba con extenderse durante horas, Henry nos fue a buscar pasadas las once. El protocolo indicaba en primer lugar despedirnos del tamada, quien nos hizo el honor de dedicarnos un brindis. Georgia ha tenido y tiene mucho problemas, pero los viajeros son bienvenidos en nuestra tierra, por lo que siéntanse ustedes siempre muy bienvenidos, nos tradujo Marika. No sin emoción, nos despedimos de los novios y - cual cenicienta - dejamos la supra un minuto antes de las doce.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Esa entelequia

Hace tres meses que estoy viajando. Parece una eternidad.

Ayer me sentí muy mal por causa de una sopa que había cenado la noche anterior. No quiero ponerle dramatismo a una simple indigestión, pero el malestar era tan grande que lo único que quería era irme de Georgia. Claro, eso implicaba salir primero de la cama, hacer el bolso, comprar un ticket hacia algún lado y viajar, en ese estado. Me largué a llorar, era mucho más fácil. Como por milagro, las lágrimas aflojaron las tensiones en mi estómago y vomité los restos de la sopa en el piso, al lado de la cama. 

Hace unos días una amiga me preguntaba cómo me sentía. El relato oficial ya lo leí, me dijo. En tres meses he tenido tiempo de experimentar todo tipo de sensaciones. La más fuerte y menos agradable es el miedo. No me he visto envuelta en ninguna situación que objetivamente pudiera justificar ese miedo, pero la emoción persiste. Y ayer experimenté por primera vez la soledad como algo negativo. Estar solo y aprender a disfrutar de la compañía de uno mismo, es una nutritiva experiencia. Pero sentirse solo estando enfermo, realmente nos pone a prueba. Por fortuna, hoy me siento mucho mejor - incluso pude desayunar - y no estoy pensando en volver... aún.

Claro que enfrentar el miedo - incluído el miedo a estar solo - es parte del desafío que conscientemente elegí vivir y se que al hacerlo gano en libertad, el más preciado de los dones. La libertad, esa entelequia, no es más que la ausencia de miedos.

martes, 10 de septiembre de 2013

Zugdidi

Zugdidi, la capital de la región de Samegrelo, suele ser un lugar de paso. La gente lo usa como base para ir o volver de Svaneti, o para llegar hasta Abkhazia. Como venía de un intenso periplo, los dos días de lluvia y viento me sirvieron de excusa para parar un poco. Además, tanto Marika como su esposo Henry y su amiga Lali, hicieron honor a la famosa hospitalidad georgiana y  transformaron mi fugaz pasaje en una estadía de casi una semana.

Samegrelo es hogar de los mingrelianos, quienes hablan su propia lengua, diferente de la georgiana. La historia de este pueblo se hunde en la antigüedad, cuando esta tierra era conocida como la Colchis. Como casi todos saben, Jasón y sus Argonautas vinieron a la Colchis en busca del velloncino de oro. Este preciado tesoro, lejos de ser un objeto imaginario o fantástico, guarda correspondencia con la tradicional forma de recoger el oro del lecho de los ríos en el Cáucaso, utilizando una piel de cordero.

Marika es una anfitriona dedicada y orgullosa de su tierra. El día que llegué, como al descuido, puso sobre la mesa un libro de tapas duras con hermosísimas fotos de Samegrelo, y una colección de videos de danzas típicas en el plasma. Rápidamente me convenció de visitar las fortalezas, monasterios, aguas termales y cañones que pueden encontrarse en un radio de no más de sesenta kilómetros. Gracias a sus indicaciones también visité Anaklia, la playa más cercana a Zugdidi. Me advirtió que era un lugar un poco extraño y debo confesar que tenía razón, aunque el Mar Negro se las ingenia para revelarse hermoso, a pesar de los esfuerzos humanos por disfrazar su belleza con toda clase de extravagancias. Marika también hizo posible que nos invitaran a una boda, la más grande de las Supras, pero eso lo contaré después.

Lali, por su parte, me preparó una pantagruélica cena de tres platos, que no pude terminar. Me dijo que yo lucía como una mingreliana, aserto que pude comprobar cuando dos chicas me hablaron en georgiano en la calle... y cuando supe que algunos de los invitados al casamiento pensaron que la extranjera era Marika y no yo.

Lali es original de Abkhazia. Estando en Zugdidi, recordé las historias que me contara el Ruso - con toda la intensidad y el amor por su tierra que transmitía en sus relatos - sobre las bellezas de su ciudad de origen y de cómo los armenios, desplazados de su patria, poblaron Novi Afon en el suroeste de Abkhazia. Para Lali, Abkhazia es un dolor que aún persiste: su familia y tantos otros miles de georgianos se vieron desplazados de sus hogares durante la guerra del 92-93. Abkhazia es muy bella, me dijo, pero pasaron veinte años y no he podido volver a mi casa en Sukhumi.

En Zugdidi visité la casa de un amigo de Marika y Henry que tiene un vivero gigantesco, una colección de muebles antiguos dignos del palacio de los Dadiani - lores de Samegrelo - y un piano en restauración. Fui a la peluquería, me compré un libro de historia y le saqué a mis championes los dos kilos de barro que habían juntado en las montañas. Intenté hablar en francés y en italiano, conocí gente de Bulgaria, Holanda, Bélgica, Polonia, Eslovaquia y Estados Unidos y jugué al dominó con el pequeño Shota, el hijo de Marika. Me congelé los pies cruzando el río que corre en el fondo del cañón de Martvili, caminé a la sombra de un roble descomunal en la fortaleza de Nokalakevi, vi las montañas desde lejos - mientras Irakli esquivaba chanchos y patos en la ruta - y estuve en una Supra. Definitivamente, Zugdidi no es un lugar de paso.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Georgia Gran Guesthouse

No ha parado de llover, la excusa perfecta para no hacer nada. Ayer, Marika, la dueña del hostel, estaba un poco asustada por el tema de la tormenta. Luego supe por la prensa georgiana que lo que se esperaba era un ciclón y que los vientos en Poti y otros lugares de la costa habían sido muy fuertes.

Afortunadamente para mí, en la casa no hay mucha gente. En el segundo piso hay una habitación con muchas camas, una cocina y un baño. Abajo, cruzando el patio, otro baño. Al frente, un jardín y al costado, el bar y salón común, donde me he pasado las horas subiendo las trescientas fotos que saqué en mi loca carrera alrededor de Georgia en compañía de Erika y Jiri.

Conocí a los checos en Kazbegi, en el norte - cerca de la frontera con Rusia -, en la casa de Maia, una guesthouse, como les dicen aquí. En Tibilisi, Pedro se había vuelto a Portugal y me había dejado de regalo la Lonely Planet. Compré un bolso barato, puse allí parte de la ropa, las cremas y la bijouterie y me fui con lo esencial en la mochila a la estación Didube, a tomarme la marshrutska.

Es fácil recorrer Georgia, siempre y cuando uno se adapte a dos cosas escenciales: las guesthouses y las marshrutkas. Las primeras están desperdigadas por todo el país y se las identifica por el cartel en inglés en la puerta. Son casas de familia, con una, dos o más habitaciones acondicionadas para turistas, baño compartido y, si el huésped así lo quiere, comida casera. Las habilidades para la cocina varían, pero en general el menú es abundante y delicioso. El desayuno es todo un desafío para nuestros hábitos alimenticios. En dos semanas debo de haber engordado tres kilos y de a ratos no me he sentido muy bien. Ahora estoy tratando de dejar de comer como un georgiano.

La casa de Maia en Kazbegi, en el Gran Cáucaso, era grande y cómoda. De Kazbegi nos fuimos a Mtskheta, donde solo estuvimos un rato para visitar sus antiguas iglesias, por lo que la siguiente noche la pasamos en Gori. La vivienda estaba un poco destruida, especialmente el baño, y todo el mobiliario era una reliquia de otros tiempos - igual que el museo de Stalin y que Uplistsikhe, la ciudad excavada en la roca -, pero estaba limpia y la dueña era un encanto de persona. El esperanto eslávico de Erika vino muy bien porque nuestra anfitriona no hablaba inglés, aunque tenía una vecina de unos diez años que hacía de intérprete con total eficiencia.

De Gori nos fuimos a Kutaisi, la segunda ciudad de Georgia, a la casa de Mediko, el mejor lugar por lejos. El baño estaba hecho a nuevo y la comida era exquisita. Además, Mediko era amable y simpática. Nos mostró con orgullo un libro de visitas con saludos en todos los idiomas, de huéspedes de los cinco continentes. Yo fui la primera uruguaya en su casa. Lavamos ropa, recorrimos la ciudad y visitamos la cueva de Prometeo, una maravilla para mis desacostumbrados ojos.

De Kutaisi nos dirigimos a Mestia, en la región de Svaneti - otra vez el Gran Cáucaso, pero del otro lado de Osetia del Sur -, donde se está desarrollando una aún incipiente industria turística y el contacto es más distante y mercantil. El lugar era un edificio rectangular con una sucesión de habitaciones con baño privado y no había dueña de casa, pero oficialmente era una guesthouse. Por último, en Laleta, a tan solo diez kilómetros de Mestia, encontré una casa con una infraestrucutra mucho más desarrollada, pero aún con calor de hogar, gracias a la hospitalidad de Ksenia.

En cuanto a las marshrutskas, tengo que decir que son un buen sistema de transporte, si comparo con el nuestro: son rápidas, frecuentes y baratas. Pero no son cómodas, uno viaja como sardina en lata y en medio de los bolsos. Salen cuando están completas, por lo que a veces los horarios pueden ser un poco inciertos. En mi caso, no hay problema porque no tengo apuro. No he visto ningún ómnibus de cuarenta asientos por aquí dentro del sistema de transporte público.

En un par de ocasiones viajamos en tren, el que brinda el servicio común: de Mtskheta a Gori y de Gori a Kutaisi, en la zona del llano, entre el Gran y el Pequeño Cáucaso. Para en cada estación y debo decir que son muchas, ya que el interior de Georgia está muy poblado. Un viaje de cien kilómetros puede durar tres horas. En contrapartida, el boleto es muy barato y uno viaja más cómodo que en la marshrutska, una vez que consigue asiento. Ahora, si toca viajar parado, la cosa cambia. En nuestro caso y como eramos extranjeros, la gente - no me canso de repetir lo amable que es - nos ofreció sus lugares.

Montañas, iglesias, ciudades excavadas en la roca y cuevas con lagos subterráneos, parques nacionales con frondosos bosques y rocas con huellas de dinosaurios, museos y monumentos, una historia que se cuenta en miles de años, confluencia de culturas - los más grandes imperios han tenido que ver en este territorio -, un lenguaje único - e incomprensible -, una gastronomía sabrosa y potente y un corazón abierto y generoso. Ahora necesito descansar por unos días y comprarme un buen libro de historia.

martes, 3 de septiembre de 2013

Un paseo por el Gran Cáucaso

De cómo llegué aquí y los lugares que visité en el camino, eso lo relataré después. Ahora quisiera contar que subir al Gran Cáucaso fue como traspasar el umbral de una tierra mágica, poblada de pequeñas iglesias y angostas torres de piedra de más de mil años esparcidas entre bosques de pinos, cañones y valles, con picos nevados recortados contra el cielo. Pero esta idílica visión no pretende ocultar el terror que sentí cuando nuestro chofer, un caucasiano loco y muy compadre, comenzó a trepar la montaña a toda velocidad y bajo una lluvia torrencial, con su marshrutska cargada hasta el tope de polacos, checos, mochilas y estampitas de San Jorge.

Estuve viajando varios días con Erika y Jiri, adorables checos que me invitaron a visitar Praga con la promesa de que en las casas de té de República Checa es posible tomar mate. Erika es una de las personas más sociables que he conocido y con una gran facilidad para los idiomas. Habla un perfecto inglés que aprendió en EEUU, sabe alemán, maneja un incipiente vocabulario en georgiano, se entiende muy bien con el ruso - en lo que ella llama esperanto eslávico - y hasta se dio el lujo de decirme algunas frases en español. Total que con ella la comunicación está asegurada. Jiri es historiador y trabaja para una ONG pro transparencia y anti corrupción. Lo entretuve por horas con preguntas sobre Turquía, Siria y Medio Oriente en general, Rusia y China, EEUU y los radicales islamistas, la UE y, obviamente, el Cáucaso. Fue una gran oportunidad y a la vez un placer poder aprender de él.

El Gran Cáucaso atraviesa Georgia de oeste a este a lo largo de la frontera con Rusia y alberga la región de Svaneti, una de las más recónditas y pintorescas de Georgia, caracterizada por sus altas y angostas torres defensivas construidas en piedra - koshkebi - de los siglos IX al XIII. Erika, Jiri y yo nos instalamos en Mestia, un pequeño poblado a 1400 mts de altura, con la intención de llegar hasta Ushguli, cerca del Monte Shkhara, el pico más alto de Georgia con más de 5000 mts.

En la iglesia de Ushguli pudimos ver frescos con la imagen de la Reina Tamar, biznieta del Rey Davit Aghmashenebeli, quienes llevaron al Reino de Georgia a su época de mayor esplendor (S. XI - XII). El guardián de la iglesia nos mostró el gran tanque de metal labrado, usado en los sacrificios de animales y una herramienta para el hilado de la lana, técnica que nos aseguró los griegos tomaron de los georgianos.

El camino entre Mestia y Ushguli es de una belleza majestuosa y a la vez prístina, como el agua que corre montaña abajo y alimenta ríos en cañones y valles; también rural, con casas de piedra y madera, árboles frutales y cultivos en las laderas, y vacas, cabras y chanchas con sus crías, que cruzan y ocupan con total displicencia la angosta y escarpada ruta que une los diferentes poblados; y salvaje, con sus frondosos bosques de pinos, habitados por osos y lobos, y sus amplios valles, donde aún hoy puede uno encontrarse con una bala de Kalashnikov, como la que Jiri sostiene en la foto.

Luego de varios días juntos recorriendo Georgia, hoy de mañana perdí a mis compañeros de ruta. El chofer me dejó en el primer poblado bajando la montaña, por falta de espacio en la marshrutska. Mañana me viene a buscar para llevarme a Zugdidi. Con un poco de suerte, dentro de unos días pongo los pies en el Mar Negro una vez más, pero del otro lado del mapa.