martes, 29 de octubre de 2013

Kosovo, gente en obra

Qué se siente estar tan lejos? me pregunta un inglés en el hostel. Lo pienso un poco antes de responder. Le digo que en parte me acostumbré a estar lejos de casa y a vivirlo con naturalidad. Pero a veces siento como un pellizcón en el brazo y me doy cuenta de algo... por ejemplo, de que estoy en Kosovo.

En los balcanes, todo el que necesita desaparecer se va para Kosovo. Trata de blancas, tráfico de órganos y nada interesante para ver. Me lo dijo un macedonio. En Skopje, los macedonios desconfían de los albaneses. En Kosovo, los albaneses desconfían de los serbios. Siempre que haya una frontera o una ciudad dividida, alguien te dirá por allí mejor no vayas.

Kosovo es un país en construcción y reconstrucción. Casas, edificios, rutas, mezquitas e iglesias. La población es muy joven, el cincuenta por ciento tiene menos de veinticinco años. Cuando termina el horario escolar, las calles son literalmente tomadas por cientos de estudiantes. He visto más polleras cortas tableadas que faldas largas y velos en la cabeza, aunque la mayoría de la población es musulmana. El noventa por ciento de los kosovares es de origen albanés y en las calles se ven más banderas de Albania que de Kosovo.

Kosovo es del tamaño del Departamento de Florida. Llego a Pristina en ómnibus desde Skopje. En la frontera le pregunto al oficial de aduana si es posible que no me estampen el pasaporte porque tengo planeado ir a Serbia. Me responde que sí, pero me aclara que no problem with Serbia now. En marzo de este año, ambos países iniciaron un proceso de acercamiento y hay quienes dicen que eso culminará en el reconocimiento de la República de Kosovo por parte de Serbia. Mientras tanto, Kosovo se muestra agradecida a los más de cien países - entre los que no está Uruguay - que han apoyado su declaración de independencia, efectuada el 17 de febrero del año 2008.

No obstante, la minoría de serbios que vive en Kosovo no se resigna a la separación. Mitrovica, en el norte del país, es una pequeña ciudad dividida por el Río Ibar y por los problemas étnicos entre kosovares albaneses y kosovares serbios. En la cabecera del puente, del lado albanés, una patrulla de carabinieri controla el paso. ¿Se puede cruzar? Por supuesto─ me responden con acento italiano. La otra cabecera está cerrada con un montículo de escombros. Detrás, banderas serbias abren paso al lado norte de la ciudad. El albanés con sus vocales con diéresis deja paso al alfabeto cirílico y el euro ─la moneda de uso en Kosovo─ cambia por el denar serbio. Leo Boicot 3 Noviembre en carteles y pintadas. Pregunto qué está pasando. No queremos votar en las elecciones locales─ me responden. Los kosovares serbios fruncen las caras cuando hablan de sus vecinos albaneses. Les tienen rechazo. En el lado sur, me dicen que jamás cruzan el puente: los albaneses aún sienten miedo de sus vecinos serbios.

Ando con tranquilidad por Pristina, Mitrovica y Prizren, incluso de noche. Corto camino metiéndome por calles que no conozco. Encuentro algunas casas que no terminaron de caer. El resto tiene olor a nuevo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Skopje

Drágana vive en el barrio Aeródromo, a pocos minutos del centro de Skopje. Hasta allá vamos caminando con Marija ─su compañera de apartamento─, bordeando el Río Vardar. Estamos a fines de octubre pero la temperatura durante el día alcanza los veinticinco grados. Junto al río hay una ramblita para peatones y bicicletas. El agua parece limpia, aunque Marija me aclara que varias industrias químicas vierten sus desechos en ella. Más adelante veo las chimeneas, también los ranchos de chapa de los gitanos.

Es difícil hablar de la ciudad sin hacer mención al plan Skopje 2014, un proyecto de remodelación de espacios públicos impulsado por el gobierno que incluye la construcción de varios museos ─como el Museo de la lucha de Macedonia y el Museo Nacional de Arqueología─, varios monumentos ─entre los que destaca el Monumento Guerrero a Caballo, que representa a Alejandro Magno─, galerías de personalidades macedonias de la antigüedad y de la época contemporánea, y hasta un Arco del Triunfo. La búsqueda de una identidad nacional macedonia se ve reflejada en este esfuerzo, así como en las disputas con Grecia por el nombre de país ─formalmente y en virtud de un acuerdo alcanzado en 1995, el nombre es Ex República Yugoslava de Macedonia─ y por la figura de Alejandro Magno.

Uno de los lugares más pintorescos de Skopje es el Old Bazar, donde destaca la arquitectura del período otomano. Al cruzar el antiguo puente de piedra que lleva a esa zona de la ciudad, se hace evidente la presencia de musulmanes albaneses: Skopje se encuentra virtualmente dividida en dos, a ambas márgenes del Río Vardar, con mayoría de macedonios del lado moderno y de albaneses del lado antiguo.

Lo mejor de Skopje fue vivir con Drágana, Marija y Bale. Ellas son del interior del país y comparten apartamento mientras terminan sus respectivas carreras. Bale se queda dos por tres a dormir. Tiene todo su equipaje en el auto, busca casa, busca el rumbo. El desayuno es café negro y fideos a eso de las doce. La cena es a las siete, home made o delivery. Entre medio se fuma, estudia y juega tabla.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Tirana, frívola y casquivana

La frase del título no es mía sino del porteño y es más un juego de palabras que el espíritu de la ciudad. Pero, por error, terminamos en Trip'n'Hostel, que resultó ser un buen lugar para alargar la estadía. Y nos decepcionamos con el Museo de los Mosaicos pero, en su búsqueda, salimos de los confines del centro. Y atravesamos gran parte de la ciudad para llegar al aerocarril que sube el cerro, solo para descubrir que los lunes cierra por mantenimiento. Y llegamos al mercado al final de la calle Zogu cuando todos los puestos estaban cerrados, aunque luego encontramos otro detrás del hostel. Tirana se reveló a su gusto, caprichosa ella pero bonita, amigable, buena onda.

La gente habla si uno le pregunta y también habla porque quiere. Frente al Museo de Enver Hoxha ─dictador comunista que gobernó el país entre 1944 y 1985─ conocido como la pirámide y en estado de abandono, entablamos charla por primera vez y recibimos las primeras impresiones sobre la situación de Albania. Cerca de nosotros unos chicos cruzan una rampa y hacen sonar una campana construida con balas fundidas. En otro momento y lugar, un verborrágico albanés multilingüe que arrastra una valija desde el mercado, se despacha con la historia de su país y la suya personal, entre viajes a Italia con pasaporte falso y familiares buscando mejor suerte en Grecia o Alemania.

La ciudad me gusta. No es pintoresca como Plovdiv ni cautivante como Tbilisi pero tiene un corazón que late. Me divierte disfrutar de ella sin pretensiones: ir a dar al Estadio y tomar un te junto a la puerta que da al palco; almorzar un popurrí vegetariano en una cantina mirando el Florentina - Juventus; descubrir que la boletería de la Opera, la caseta de venta de tickets para el fútbol y la puerta del Castillo de Tirana en el centro histórico, están siempre cerrados.

Arrastro una gripe desde Yerevan. En el hostel, un francés me prepara un te con miel y ron, a ver si logro pasar bien la noche. Dice que le gusta mucho Albania y que si encuentra una novia se queda. Steve, de Taiwan, sigue para Tel Aviv. El mexicano se fue para Montenegro dos días atrás. El porteño va camino a Shkoder. Me gustaría ir a Durres pero no quiero ir sola, por lo que me resuelvo a volver a Skopje, a lo de Drágana. Todavía tengo una gripe que curar y un par de museos que recorrer.

Me tomo el ómnibus a Sopje a media tarde del día siguiente. La señalización es mala y me cuesta saber por donde andamos, pero tanta agua solo puede ser el Mar Adriático y el puerto que veo desde la ventanilla del ómnibus solo puede ser el de Durres. Desde allí hacia el sur, desando el camino a Albania, que apareció y se esfumó como por encanto, como una moneda en la mano de un mago.

lunes, 21 de octubre de 2013

Albania

El porteño se iba para Albania con Carlos, un mexicano que había llegado al hostel. ¿Y tu no vienes?─ me dice. Por haber hecho trampa ─cuando escribí el post anterior ya tenía decidido volver a Skopje─ terminé en Albania, el único país de los Balcanes al que estaba segura que no iba a viajar.

Jonathan es el típico porteño: es un apasionado del fútbol, habla en lunfardo todo el día y piensa que Uruguay es una provincia argentina. Pero no solo compartimos el idioma sino otros códigos: él se puede reír con Tiranos Temblad y yo con Capusotto. Carlos es un mexicano que emigró hace dieciocho años. Está radicado en Afganistán, donde trabaja para una ONG. Es muy tranquilo y buena onda. Y entre huevón y boludo, ahí vamos.

Salimos de Ohrid por la ruta que bordea el lago hasta el Monasterio de San Nahum. Desde allí nos dirigimos a la frontera, hasta ahora la única en la que me revisan el equipaje. Paramos en la primera ciudad albanesa a cambiar dinero y ubicarnos en el mapa. Vamos camino a Lin.

Lin es un pueblito que está justo enfrente de Ohrid, en la margen opuesta del lago. Nos metemos con el auto por sus callejones y nos damos de lleno con el idioma albanés al pedir permiso para estacionar el auto o preguntar hasta donde llega la calle. Algunos hablan además algo de italiano, otros macedonio. Desde la vía principal caminamos por un angosto pasaje que desemboca en el agua. Detrás de las casas hay pequeños muelles y botes amarrados. Algunas personas reman hacia el centro, otros pescan. Lin es aún más tranquilo que Ohrid, más pequeño, más básico. Hay un par de guesthouses y ningún restaurante donde comer. Carlos y Jonathan juegan un picadito con unos chicos. La doña con su pañuelo en la cabeza, medias y chancletas pone cara de disgusto porque quiere pasar. En un rato ya no hay más para hacer, aunque Lin es uno de esos lugares en los que uno se podría quedar indefinidamente.

Jonathan está empecinado en visitar las termas de Llixha, lugar que no figura en la Lonely Planet y del que sólo tenemos noticias por una chica taiwanesa que pasó por allí. Queda no muy lejos de Elbasan y hacia allí nos dirigimos. La ciudad no impresiona pero a poco de recorrerla van apareciendo lugares interesantes, rincones, detalles. La noche cae muy rápido luego de las cinco de la tarde. Es viernes y la peatonal está llena de gente.

Por la mañana nos dirigimos hacia las termas, aún sin saber exactamente a dónde vamos y con qué nos vamos a encontrar. Paramos en una esquina y pedimos indicaciones a un veterano. De repente son tres hablando entre ellos y dibujando garabatos en albanés, italiano y macedonio. Con esas referencias logramos salir de la ciudad y encontrar el cartel indicador: Llixha, 10 km. Nos perdemos en un cruce pero a cambio descubrimos la zona rural de Elbasan. La gente acostumbra colgar de las fachadas muñecos de peluche o macacos vestidos ─al estilo del Judas─ para ahuyentar las malas ondas. El camino a Llixha está lleno de ahorcados.

Llixha no es un pueblo sino una zona de hoteles con aguas termales. No puedo hablar de todos ellos porque solo visitamos uno: el lugar tiene aspecto de colonia de vacaciones frecuentado por gente de la tercera edad. El agua mana de la montaña a más de setenta grados y llega a las bañeras a unos cuarenta y cinco. Los baños no pueden exceder los diez minutos por los gases que despiden las aguas. Los compartimientos son individuales y la losa de las bañeras está percudida por los minerales.

Mientras Jonathan descansa en una camilla luego de su baño, Carlos y yo conversamos con un albanés que habla italiano. Estamos sentados en un bar frente al edificio principal. En el parque, cuatro veteranos conversan al sol. Otros juegan dominó. Dos mujeres tejen bajo una sombrilla de paja. A lo lejos, junto a un hilo de agua que baja del cerro, una mujer se coloca barro sobre las piernas.

Carlos tiene pocos días para recorrer los Balcanes, el tiempo apremia. Seguimos hacia Tirana, todavía nos queda un trecho. Cadenas montañosas y verdes bosques. Los autos transitan por la nueva autopista que corta drásticamente el paisaje y se dirige en línea recta hacia la capital. Somos los únicos viajeros surfeando la cresta de la montaña.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sur, Ohrid y después...?


Ayer jugó Uruguay contra Argentina por las eliminatorias y pude haber visto el partido con un porteño muy macanudo y gran viajero que conocí en el hostel, pero era tarde, o no me animé, no se. Y me lo vine a encontrar justo aquí, en esta preciosa ciudad junto a uno de los lagos más antiguos del mundo, de aguas límpidas, rodeado de sierras ─o de montañas, pero parecen sierras─ boscosas, con árboles de hojas multicolores, con una rambla por donde caminar a paso lento y bancos donde sentarse a tomar mate. Nostalgias del paisito.

Cada vez que me preguntan qué lugar me ha gustado más de todos los que he visitado en este viaje, contesto que me es difícil elegir. Pero creo que a partir de ayer, ese lugar es Ohrid. Calles empedradas, casas con techos de tejas, antiguas iglesias, restaurantes de comida macedonia e italiana, pescadores, un pequeño puerto para embarcaciones de recreo, el sol reflejándose en el lago de aguas mansas y cristalinas. Sin estridencias ni extravagancias, la arquitectura es armónica. A nadie se le ha ocurrido arruinar la ciudad con una torre. El clima es moderado, aún hace calor por las tardes y el frío de la noche es soportable. Claro que todo esto lo podríamos encontrar en muchos lugares a lo largo y ancho del mundo, pero Ohrid tiene una atmósfera especial, verdeazulada, brillante y profunda como su lago.

Antes estuve en Vítola ─la segunda ciudad del país─ y en Skopje, la capital ─ya tendré tiempo de escribir sobre ella─. Pero no quiero avanzar en los relatos sin compartir primero un comentario de mi hermana Analía: Propongo que podamos votar por el siguiente destino; sería como transformarlo en un libro multiaventura, o algo así... Bueno, es requisito fundamental que mis tímidos lectores se expresen al respecto, ya sea dejando un comentario en la entrada o enviándome un mail. Si alguien se anima, pido que la sugerencia esté justificada.

Desde Ohrid veo tres posibilidades: ir hacia Lazarat, en Albania, a visitar sus famosas plantaciones de marihuana; volver a Skopje y desde allí salir a recorrer el este de Macedonia junto con Drágana y sus amigos; ir a Plovdiv, en Bulgaria, a saludar a los chicos de The Crib y recuperar el mate que dejé olvidado tres meses atrás. Sur, Ohrid y después...?

jueves, 10 de octubre de 2013

Primera nieve

Vine a Europa con la idea ─entre otras─ de esperar y quizás pasar aquí el invierno. Un desafío un poco excéntrico, teniendo en cuenta que lo detesto. Y el otoño apenas empezó, pero esta última semana en Yerevan el termómetro se desplomó y puso a prueba mi equipaje, peparado para resistir temperaturas de hasta diez grados.

Hoy al mediodía me tomé la marshrutka de Yerevan a Tibilisi. En el camino pude ver el famoso monumento al alfabeto armenio; antiguas ciudades industriales con sus interminables hileras de edificios; algunos pueblos con casas de techos azules, recostados en las montañas peladas del norte; y la primera nieve. La carretera cruzaba el plateau y, a ambos lados, no muy lejos, los picos brillaban bajo el sol de la tarde y la nieve se derramaba por entre los surcos de la montaña, como la espuma del café con leche, llegando hasta casi el borde de la ruta.

lunes, 7 de octubre de 2013

Yerevan

Desde Yerevan, en viajes de poco más de una hora se puede llegar a dos de los más emblemáticos centros religiosos de Armenia: la Catedral de Etchmiadzin y el Monasterio de Geghard. Junto con la travesía al sur, fueron mis únicas salidas de la ciudad, pero es hora de partir ─tengo un vuelo dentro de tres días─ y aún no escribí nada sobre ella. Quiero hacerle justicia con las palabras adecuadas.

Yerevan es la gente en la calle el Día de la Independencia que celebramos con Voitek, Evelina y Jack. Yerevan son los bares en Cascada ─esas escalinatas adornadas con excéntricas esculturas─ donde fuimos tantas veces a tomar cerveza Kilikia con Steven, Voitek y Artur. Son los restaurantes que recorrimos con Jordi y Alberto buscando diferentes sopas y ensaladas sin cilantro, y los clubes de salsa donde perdimos y encontramos a Alex, el astrofísico alemán danzarín y con acento castizo.

Yerevan es la ciudad sin Ciudad Vieja, de amplias y arboladas avenidas de trazado uniforme. Los edificios se parecen unos a otros. Anchos, altos, prismáticos y de ladrillos color rojizo, rosado y marrón, albergan tanto un ministerio como un hotel, un centro de estudios o un conjunto de viviendas.

Yerevan es también la vista del Monte Ararat desde el Memorial al Genocidio Armenio.

Yerevan es la amabilidad de su gente, las mujeres maquilladas y con tacones altos, los hombres con pantalón de vestir y zapatos en punta, los semáforos indicando el tiempo restante para cruzar la calle, los Lada y los Mercedes Benz, las luces verdes alumbrando los árboles por la noche, los callejones que van a dar al medio de la manzana, los manuscritos antiguos del Matenadaran y la muy sexy plaza Uruguay.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Compañeros

Viajando y viajando voy conociendo gente y haciendo amigos. Todos tienen un lugar en mi corazón, aunque debo reconocer que algunos ocupan más espacio: cada tanto, aparecen compañeros de ruta con quienes uno vibra en la misma sintonía.

He pasado días enteros sin ninguna compañía en diferentes lugares. En esos momentos, descanso, de alguna manera me preparo para la próxima aventura. Porque a los compañeros no es posible buscarlos. Las almas hermanas andan por todos lados y aparecen solas, así como el viento junta las hojas. Y así mismo, el viento las barre y las dispersa.

¿Y cómo es para mí un buen compañero? Bueno, sin dudas tiene que compartir la botella de agua sin temor a los gérmenes, abrazar con calidez, preguntar sin miedo, comunicarse con asertividad, estar dispuesto a cambiar los planes ─tanto para ir hacia adelante como para dar marcha atrás─, seguir las migas de pan que aparecen en el camino y despedirse con sencillez.

martes, 1 de octubre de 2013

Syunik, la tierra pródiga

Tengo que decir que conformarnos con no haber ido a Irán nos lleva unos cinco minutos. Panza llena, corazón contento: ordenamos un pollito de los de verdad, cien por ciento orgánico, con una ensalada de tomates, pepinos, cebollas y cilantro ─todo tiene gusto a cilantro en Armenia, estoy empezando a odiarlo─ y unas jarras de cerveza.

Pagamos una cifra sideral por el almuerzo ─por no preguntar antes─ y salimos del restaurante en busca de la casa de Marieta Azatyan, la dueña del B&B de Meghri, que resulta estar camino arriba, en la colina. Nos recibe con té, higos y apricots en compota. Las habitaciones están en el segundo piso. Toda la planta tiene una galería alrededor, con ventanales que dan al jardín y una espléndida vista de las montañas rojas tornándose marrones conforme avanza la tarde.

Salimos a recorrer el pueblo y unos metros más abajo nos encontramos con unos chicos junto a un ruinoso camión. Les pedimos una foto, a la que acceden sonrientes. Les preguntamos cómo llegar a la iglesia abandonada y se ofrecen a llevarnos. Loris es gordito y morocho. Bahe es flaco, alto y rubio.

La tal iglesia ─que habíamos visto desde la ruta cuando íbamos camino a la frontera─ fue destruida por un terremoto. No obstante, la gente sigue utilizándola: el altar está lleno de fotos, velas y fósforos. Bahe nos cuenta ─si es que entendemos bien─ que desde esa iglesia se accede a un pasaje subterráneo, que en el pasado fuera utilizado para huir de los turcos.

A partir de allí, Bahe y Loris nos guían a través del pueblo, un verdadero Jardín del Edén. No hay fruta o verdura que en él no se cultive. Más tarde sabríamos por Erik, el hijo de Marieta, que las condiciones climáticas de Meghri son excepcionalmente buenas para el cultivo de todo tipo de frutas: apricots, higos, granadas, manzanas, uvas, peras, bananas, kiwis... Bahe nos lleva entre quintas y frutales, dándonos a probar de cada árbol y diciendo su nombre en armenio y ruso. Probamos por primera vez el karalievski o karaliok, una fruta del tamaño de un durazno pero con la piel lisa como la de la manzana, con la consistencia de la pera, de color naranja rojizo y muy dulce.

Conforme subimos entre casas, huertos y jardines, nos acercamos a la cima de la colina. De repente, salimos a un promontorio pelado, con una vista de 360 grados de las montañas, algunas aún rojas en sus cumbres. El sol cae muy rápido y comienza a hacer frío. Los chicos nos proponen seguir un poco más. Trepamos agarrados a un caño de agua, el terreno no esta firme. Antes de sujetarme de alguna piedra, pregunto a Bahe si hay víboras por allí. Primero me dice que no, luego me dice que unas pocas. Me olvido de las piedras. Nos ayudamos entre todos para no derrapar. Unos metros más arriba, encontramos un cubículo de lata. Es la casa del hermano de mi amigo, la usa para jugar a las cartas y tomar alcohol, dice Bahe. El club de Tobi, pienso yo.

La noche termina en un bar, unas vez más, con unas cervezas, y en lo de Marieta, compartiendo cerveza y vodka casera con Erik. Del bar a la casa, caminamos en completa oscuridad bajo la Vía Láctea. Hablamos de las galaxias viajando a velocidades que están fuera de nuestros humanos parámetros y de la ciencia y la espiritualidad llegando a las mismas conclusiones sobre la naturaleza del universo.

Al otro día por la mañana, nos dirigimos a la parada de la marshrutka. Nueve horas de viaje a Yerevan. Teníamos dos asientos reservados desde la tarde anterior, pero nos toca viajar en dos banquitos de madera, en el pasillo del vehículo. De vuelta a la terrena realidad, elegimos pagar el precio con estoicismo y buen humor. Cruzamos Syunik una vez más y nos despedimos de cada uno de los ahora familiares paisajes de esta tierra ignota, encantada, vacía y pródiga.

Syunik, la tierra vacía

David va camino a Irán y Voitek y yo no hacemos más que envidiarlo. Ambos hemos conocido iraníes que nos han animado a visitar su tierra. Manejamos la idea de solicitar una visa de tránsito en la frontera, aunque todos sabemos que no cumplimos con los requisitos necesarios, el principal de ellos, un pasaje desde Irán hacia un tercer país en los próximos cinco días.

Con un cartel en la mano que dice Meghri en inglés y en armenio, nos dirigimos hacia la salida de Kapán. Nos para un taxi que primero ofrece llevarnos gratis hasta la siguiente ciudad, luego cambia la oferta por 1500 drams, luego ofrece llevarnos hasta Meghri por 7000 drams y finalmente, terminamos pagando 8000 por ir directo a la frontera. No es un mal precio, el camino es largo y sinuoso.

Para nuestra sorpresa, la ruta está en muy buenas condiciones. De a ratos, Voitek siente impresión, por no decir miedo, frente a las abruptas y profundas pendientes al borde de la carretera. Tanto David como yo hemos recorrido los angostos caminos de tierra para llegar a Machu Picchu - donde más de una vez uno se siente con las ruedas en el aire - por lo que nos damos el lujo de reirnos del susto de Voitek. A pesar del constante tránsito de camiones iraníes y de las cerradas curvas, disfrutamos de los 100 kilómetros de paisaje verde-boscoso primero, marrón-rocoso más hacia el sur, salpicado de blanco en las cumbres hacia el oeste.

Nuestros choferes no son muy amables, no entablan conversación - a esta altura el idioma no es un problema - y uno de ellos discute por celular todo el tiempo. Broma va, broma viene, cuando los militares nos paran en el medio de la nada para tomarnos los documentos, David y Voitek sienten que estamos seguros. Siempre es mejor que nuestros nombres consten en algún lado, dicen. Es que de Kapán a Meghri no hay nada. No hay pueblos, ni gente, ni mucho menos tránsito turístico - autos, excursiones, hitchhickers -, tan solo una mina de oro, un conjunto de viviendas para los trabajadores y los camiones iraníes que vienen y van. Estamos parados en la ruta, el destacamento está compuesto por unos diez soldados armenios. Se toman su tiempo para revisar nuestros documentos y tomar nota. Hablan entre ellos. David y Voitek estiran las piernas, se ríen. Las mías tiemblan, solo quiero seguir viaje.

Llegamos a Meghri, el auto atraviesa lo que parece el centro de la ciudad y toma una calle que desemboca en una ruta bordeada por un alto alambrado. Nuestro chofer señala las montañas a nuestra izquierda, a unos 300 metros, del otro lado de los alambres de púa. Irán. Como por arte de magia, los árboles desaparecen. Del otro lado de la frontera, el horizonte es una gráfica, un electrocardiograma de piedra rojiza. Y miro hacia el fondo y el dibujo se repite, difuminado por el intenso resplandor del sol. No hay una sola nube en el cielo.

Entramos a la oficina. David insiste en que hagamos la prueba. Yo insisto en que no tenemos la más mínima chance. No obstante, paso mi mochila por el detector. Saludamos con un gesto al oficial, cruzamos la puerta. Del otro lado, solo queda estampar la salida de Armenia. Voitek me ayuda a resolver la situación. No querés ir, no lo hacemos. Nos despedimos de David. Vamos tras nuestros pasos. La puerta está trancada. El oficial nos abre con cara de ¿qué pasa? Decidimos quedarnos en Armenia, respondemos.

Ya afuera del edificio, comenzamos a caminar en dirección a Meghri. Tres días cruzando Armenia, descubriendo esta magnífica tierra. Estamos solos. Recuerdo la pregunta que me hice al llegar, acerca de qué tanto tráfico habría en la frontera con Irán. En tres meses he cruzado varias fronteras terrestres, ninguna como esta. Aridez, soledad, silencio. Sopla un aire tibio, aire al fin.

Un taxista nos para y nos advierte de no sacar fotos. Los rusos, nos dice. Entre medio de la aduana armenia y  la iraní hay un destacamento ruso que aún custodia los bordes del artiguo imperio. Guardamos nuestras cámaras y nos subimos al taxi. Todavía nos queda descubrir Meghri.