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jueves, 10 de octubre de 2013

Primera nieve

Vine a Europa con la idea ─entre otras─ de esperar y quizás pasar aquí el invierno. Un desafío un poco excéntrico, teniendo en cuenta que lo detesto. Y el otoño apenas empezó, pero esta última semana en Yerevan el termómetro se desplomó y puso a prueba mi equipaje, peparado para resistir temperaturas de hasta diez grados.

Hoy al mediodía me tomé la marshrutka de Yerevan a Tibilisi. En el camino pude ver el famoso monumento al alfabeto armenio; antiguas ciudades industriales con sus interminables hileras de edificios; algunos pueblos con casas de techos azules, recostados en las montañas peladas del norte; y la primera nieve. La carretera cruzaba el plateau y, a ambos lados, no muy lejos, los picos brillaban bajo el sol de la tarde y la nieve se derramaba por entre los surcos de la montaña, como la espuma del café con leche, llegando hasta casi el borde de la ruta.

lunes, 7 de octubre de 2013

Yerevan

Desde Yerevan, en viajes de poco más de una hora se puede llegar a dos de los más emblemáticos centros religiosos de Armenia: la Catedral de Etchmiadzin y el Monasterio de Geghard. Junto con la travesía al sur, fueron mis únicas salidas de la ciudad, pero es hora de partir ─tengo un vuelo dentro de tres días─ y aún no escribí nada sobre ella. Quiero hacerle justicia con las palabras adecuadas.

Yerevan es la gente en la calle el Día de la Independencia que celebramos con Voitek, Evelina y Jack. Yerevan son los bares en Cascada ─esas escalinatas adornadas con excéntricas esculturas─ donde fuimos tantas veces a tomar cerveza Kilikia con Steven, Voitek y Artur. Son los restaurantes que recorrimos con Jordi y Alberto buscando diferentes sopas y ensaladas sin cilantro, y los clubes de salsa donde perdimos y encontramos a Alex, el astrofísico alemán danzarín y con acento castizo.

Yerevan es la ciudad sin Ciudad Vieja, de amplias y arboladas avenidas de trazado uniforme. Los edificios se parecen unos a otros. Anchos, altos, prismáticos y de ladrillos color rojizo, rosado y marrón, albergan tanto un ministerio como un hotel, un centro de estudios o un conjunto de viviendas.

Yerevan es también la vista del Monte Ararat desde el Memorial al Genocidio Armenio.

Yerevan es la amabilidad de su gente, las mujeres maquilladas y con tacones altos, los hombres con pantalón de vestir y zapatos en punta, los semáforos indicando el tiempo restante para cruzar la calle, los Lada y los Mercedes Benz, las luces verdes alumbrando los árboles por la noche, los callejones que van a dar al medio de la manzana, los manuscritos antiguos del Matenadaran y la muy sexy plaza Uruguay.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Compañeros

Viajando y viajando voy conociendo gente y haciendo amigos. Todos tienen un lugar en mi corazón, aunque debo reconocer que algunos ocupan más espacio: cada tanto, aparecen compañeros de ruta con quienes uno vibra en la misma sintonía.

He pasado días enteros sin ninguna compañía en diferentes lugares. En esos momentos, descanso, de alguna manera me preparo. Porque a los compañeros no es posible buscarlos. Las almas hermanas andan por todos lados y aparecen solas, así como el viento junta las hojas. Y así mismo, el viento las barre y las dispersa.

¿Y cómo es para mí un buen compañero? Bueno, sin dudas tiene que compartir la botella de agua sin temor a los gérmenes, abrazar con calidez, preguntar sin miedo, comunicarse con asertividad, estar dispuesto a cambiar los planes ─tanto para ir hacia adelante como para dar marcha atrás─, seguir las migas de pan que aparecen en el camino y despedirse con sencillez.

martes, 1 de octubre de 2013

Syunik, la tierra pródiga

Tengo que decir que ni a Voitek ni a mí nos causa un gran disgusto no viajar a Irán. Paramos en un pequeño restaurante y ordenamos un pollito de los de verdad, cien por ciento orgánico, con ensalada de tomates, pepinos, cebollas y cilantro ─todo tiene gusto a cilantro en Armenia, estoy empezando a odiarlo─ y unas jarras de cerveza.

Pagamos una cifra sideral por el almuerzo ─por no preguntar antes─ y salimos en busca de la casa de Marieta Azatyan, la dueña del B&B de Meghri, que resulta estar camino arriba, en la colina. Nos recibe con té, higos y apricots en compota. Las habitaciones están en el segundo piso. Toda la planta tiene una galería alrededor, con ventanales que dan al jardín y a las montañas peladas y rojas.

Salimos a recorrer el pueblo y unos metros más abajo nos encontramos con unos chicos junto a un camión ruinoso. Son Loris y Bahe. Les preguntamos cómo llegar a la iglesia abandonada y se ofrecen a llevarnos.

La tal iglesia ─que vimos desde la ruta cuando íbamos camino a la frontera─ había sido destruida por un terremoto. No obstante, la gente siguió utilizándola: el altar está lleno de fotos, velas y fósforos. Bahe nos cuenta ─si es que entendemos bien─ que desde esa iglesia se accede a un pasaje subterráneo utilizado para huir de los turcos.

A partir de allí, Bahe y Loris nos guían a través del pueblo, un verdadero Jardín del Edén. Más tarde sabríamos por Erik, el hijo de Marieta, que las condiciones climáticas de Meghri son excepcionalmente buenas para el cultivo de todo tipo de frutas: apricots, higos, granadas, manzanas, uvas, peras, bananas, kiwis... Bahe nos lleva entre quintas y frutales dándonos a probar de cada árbol y diciendonos sus nombres en armenio y ruso. Probamos por primera vez el karaliok, una fruta de color naranja rojizo, muy dulce, del tamaño de un durazno, con la piel lisa como la de una manzana y con la consistencia de una pera.

El sol cae muy rápido y comienza a hacer frío. Los chicos nos proponen seguir un poco más. Subimos entre casas, huertos y jardines hasta acercarnos a la cima de la colina. Salimos a un promontorio pelado con una vista de 360 grados de las montañas, algunas aún rojas en sus cumbres. Trepamos agarrados de un caño de agua, el terreno no esta firme. Antes de agarrarme de unas piedras pregunto a Bahe si hay víboras. Primero afirma que no, luego dice que unas pocas. Me olvido de las piedras. Nos ayudamos entre todos para no derrapar. Unos metros más arriba encontramos un cubículo de lata. Es la casa del hermano de mi amigo, la usa para jugar a las cartas y tomar alcohol, dice Bahe. El club de Tobi, pienso yo.

La noche termina en un bar con algunas cervezas y en lo de Marieta compartiendo vodka casera con Erik. Del bar a la casa caminamos en completa oscuridad bajo la Vía Láctea. Hablamos de las galaxias viajando a velocidades que están fuera de nuestros humanos parámetros y de la ciencia y la espiritualidad llegando a las mismas conclusiones sobre la naturaleza del universo.

Al otro día por la mañana nos dirigimos a la parada de la marshrutka. Nueve horas de viaje a Yerevan. Teníamos dos asientos reservados desde la tarde anterior pero nos toca viajar en dos banquitos de madera en el pasillo de la van. De vuelta a la terrena realidad, elegimos pagar el precio con estoicismo y buen humor. Cruzamos Syunik una vez más y nos despedimos de cada uno de los ahora familiares paisajes de esta tierra ignota, encantada, vacía y pródiga.

Syunik, la tierra vacía

David va camino a Irán y Voitek y yo no hacemos más que envidiarlo. Ambos hemos conocido iraníes que nos han animado a visitar su tierra. Manejamos la idea de solicitar una visa de tránsito en la frontera, aunque todos sabemos que no cumplimos con los requisitos necesarios: el principal de ellos, un pasaje desde Irán hacia un tercer país en los próximos cinco días.

Con un cartel en la mano que dice Meghri en inglés y en armenio, nos dirigimos hacia la salida de Kapán. Nos para un auto. Los dos hombres ofrecen llevarnos gratis hasta la siguiente ciudad, luego nos piden 1500 drams, a continuación ofrecen llevarnos hasta Meghri por 7000 drams y finalmente terminamos pagando 8000 por ir directo a la frontera. No es un mal precio, el camino es largo y sinuoso.

Para nuestra sorpresa, la ruta está en muy buenas condiciones. De a ratos Voitek siente impresión, por no decir miedo, frente a las abruptas y profundas pendientes. Tanto David como yo hemos recorrido los angostos caminos de tierra para llegar a Machu Picchu donde más de una vez uno se siente con las ruedas en el aire por lo que nos damos el lujo de tomarle el pelo. A pesar del constante tránsito de camiones iraníes y de las cerradas curvas, disfrutamos de los 100 kilómetros de paisaje verde-boscoso primero, marrón-rocoso más hacia el sur, salpicado de blanco en las cumbres hacia el oeste.

Nuestro chofer y su amigo no son muy amables, no entablan conversación a esta altura el idioma no es un problema y uno de ellos discute por celular todo el tiempo. Broma va, broma viene, cuando los militares nos paran en el medio de la nada para tomarnos los documentos, David y Voitek sienten que estamos seguros. Siempre es mejor que nuestros nombres consten en algún lado, dicen. Es que de Kapán a Meghri no hay nada. No hay pueblos, ni gente, ni mucho menos tránsito turístico autos, excursiones, hitchhickers, tan solo una mina de oro, un conjunto de viviendas para los trabajadores y los camiones iraníes que vienen y van. Estamos parados en la ruta, el destacamento está compuesto por unos diez soldados armenios. Se toman su tiempo para revisar nuestros documentos y tomar nota. Hablan entre ellos. David y Voitek estiran las piernas, se ríen. Las mías tiemblan, solo quiero seguir viaje.

Llegamos a Meghri, el auto atraviesa lo que parece ser el centro de la ciudad y toma una calle que desemboca en una ruta bordeada por un alto alambrado. Nuestro chofer señala las montañas a la izquierda, a unos 300 metros, del otro lado de los alambres de púa. Irán. Como por arte de magia, los árboles desaparecen. Del otro lado de la frontera el horizonte es una gráfica, un electrocardiograma de piedra rojiza. Y miro hacia el fondo y el dibujo se repite, difuminado por el intenso resplandor del sol. No hay una sola nube en el cielo.

Entramos a la oficina. David insiste en que hagamos la prueba. Yo insisto en que no tenemos la más mínima chance. No obstante, paso mi mochila por el detector. Saludamos con un gesto al oficial, cruzamos la puerta. Del otro lado, solo queda estampar la salida de Armenia. Voitek me ayuda a resolver la situación. No querés ir, no lo hacemos. Nos despedimos de David. Vamos tras nuestros pasos. La puerta está trancada. El oficial nos abre con cara de ¿qué pasa? Decidimos quedarnos en Armenia.

Ya fuera del edificio, comenzamos a caminar en dirección a Meghri. Tres días atravesando Armenia, descubriendo esta magnífica tierra. Estamos solos. Recuerdo la pregunta que me hice al llegar, acerca de qué tanto tráfico habría en la frontera con Irán. En tres meses he cruzado varias fronteras terrestres, ninguna como esta. Aridez, soledad, silencio. Sopla un aire tibio, aire al fin.

Un taxista nos para y nos advierte de no sacar fotos. Los rusos, nos dice. Entre medio de la aduana armenia y la iraní hay un destacamento ruso que aún custodia los bordes del antiguo imperio. Guardamos nuestras cámaras y nos subimos al taxi. Todavía nos queda descubrir Meghri.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra encantada

Nuestro chofer nos pasa a buscar puntualmente. Es un hombre de pocas palabras. Los asientos de su Lada tienen un tapizado parecido al de los sillones de Marieta. Son suaves, mullidos y multicolores. Voitek y David se suben en el de atrás y yo en el del acompañante. Nos dirigimos a Zorats Karer.

La noche anterior habíamos dado un paseo por Goris junto a unos niños que se habían ofrecido de guías. La ciudad está enclavada en medio de pintorescas formaciones, similares a las de Capadocia: los recovecos en las rocas son usados como establos y depósitos; y en el cementerio las imágenes de los difuntos están labradas en los sepulcros. La roca es moldeada y se moldea con el pueblo.

Zorats Karer es, según algunos, un antiguo observatorio astronómico y, según otros, un conjunto de tumbas. Para unos neófitos como nosotros, un lugar maravilloso, una planicie alta entre montañas donde el viento sopla con intensidad, un círculo de piedras con una mística especial, una excusa para filosofar un rato y una oportunidad para hacer una pausa. Estamos solos, con excepción del chico de la tienda de souvenirs que tiene la radio del auto con un electropop al mango.

A media mañana seguimos camino a Tatev, uno de los monasterios más visitados de Armenia. El acceso es por aerocarril: son 5700 metros sobre tupidos bosques a ambos lados de un profundo cañón. Me impresiona un poco por lo extenso, pero confío. El complejo Alas de Tatev moderno, limpio, elegante ha sido financiado por uno de los tantos armenios ricos que integran la diáspora e invierten en su patria de origen. De las veinticuatro personas que subimos al aerocarril, la mayoría son armenios residentes en Los Ángeles, muchos de ellos en Armenia por primera vez.

Fundado en el siglo IX y localizado al borde de un cañón, la sabiduría popular dice que el nombre está relacionado con jóvenes mujeres que saltaban desde ese lugar para evitar ser capturadas por los turcos. Ta Tev en armenio significa Dios, dame alas. La historia, sin saber si es cierta, me estremece. Muchas de las habitaciones de piedra del complejo dan al vacío. Debajo, solo rocas y árboles multicolores.

De vuelta en nuestro Lada, ponemos rumbo sur hacia Kapán, la capital de Syunik, por un camino entre montañas boscosas: bosques que antes sólo había visto en películas, con el suelo tapizado de hojas y claros entre los troncos. Un bosque encantado cualquiera. De a ratos el auto se mete en túneles formados por las copas de los árboles. Voitek va en silencio. David duerme.

Llegamos a Kapán a media tarde. El chofer nos deja en la puerta del hotel, un edificio alto frente a la plaza. La ciudad es de tipo industrial, con bloques de apartamentos en diferentes tonos de marrón rojizo, igual que en Yerevan y en la mayoría de los pueblos que cruzamos. Un río baja de la montaña y sobre él los vecinos han construido sus propios puentes para llegar a sus casas, apoyadas en la ladera. Caminamos calle arriba hasta llegar a un lago artificial con lanchas de fibra de vidrio, como las del Parque Rodó. Junto al lago, una ceremonia oficial tiene lugar al pie de un monumento. El sol baja rápido tras las montañas, la hora de la cena se confunde con la de un almuerzo tardío.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra ignota

Something bad happened, me dice Voitek, we missed the marshrutka to Nagorno Karabakh. No se que decir frente a tal imprevisto, pero tampoco me altero demasiado. Podemos ir a Goris, una ciudad en la región de Syunik en el sur de Armenia, pasar la noche allí y seguir camino al día siguiente.

Nagorno Karabakh es un territorio en disputa que oficialmente pertenece a Azerbaiján, pero autoproclamado independiente en 1991 aunque no reconocido como tal por la comunidad internacional. Ubicado al sureste de Armenia, se puede acceder a él fácilmente solicitando un visado. La visa del país inexistente, diría Jack, un viajero norteamericano con el que quedamos en encontrarnos en Stepanakert, la capital.

Una de las chicas en la recepción del hostel nos consigue un taxi colectivo para ir a Goris. El tercer viajero resulta ser David, un irlandés que vive en Australia y va camino a la frontera con Irán.

Salimos de Yerevan con gran excitación por descubrir ese extraño lugar, Karabakh, dicen que de singular belleza, devastado por una guerra que dejó miles de muertos y desplazados entre 1991 y 1994. Atravesamos las tierras planas que rodean Yerevan y nos metemos en la región de Ararat. El recorrido, de unos 250 kilómetros, toma unas cuatro horas. Sentada en medio de Voitek y David, trato de no prestar atención a la conversación porque el inglés de este último con su acento mezcla de irlandés con australiano me resulta absolutamente incomprensible.

Hacemos una parada para tomar café en un pequeño bar al costado de la ruta. El dueño se muestra gratamente sorprendido de encontrarse con una uruguaya y hace mención al hecho bien conocido por todos los armenios con los que he entablado conversación de haber sido Uruguay el primer país en reconocer el genocidio.

Con Voitek tratando de convencer a David de venir con nosotros a Karabakh, entramos en la región de Vayots Dzor, donde las montañas comienzan a cobrar altura hacia ambos lados del camino. Son montañas peladas, con pastos altos y amarillos. La vegetación es escasa y tampoco se ven muchos animales.

En el medio de la nada y bajo unas gruesas gotas de agua que amenazan con convertirse en verdadera lluvia, vemos aparecer una extraña construcción: dos columnas grises con figuras en altorelieve al estilo soviético. Son las puertas de Syunik, me dijo Voitek. El enorme portal es un tanto grotesco. Pero, con el Pequeño Cáucaso como marco, sentimos la misteriosa energía de la región de Syunik dándonos la bienvenida.

Jack nos escribe diciendo que está en Shushi, una ciudad cercana a Stepanakert. Ya en Goris, intentamos negociar un precio para seguir hasta allí esa misma noche. No llegamos a un acuerdo, por lo que optamos por quedarnos en lo de Marieta, lo más parecido a un hostel que encontramos en la ciudad.

La casa de Marieta está ubicada en un bloque de apartamentos, destruido en sus áreas comunes como la mayoría de los edificios en los que he estado pero impecable en su interior. Marieta vive en el piso de arriba. Nos apropiamos de uno de los cuartos y nos instalamos en el living. En el televisor, una absurda comedia nos hace destornillar de la risa, aún sin entender una sola palabra.

Voitek y yo intentamos por última vez convencer a David de acompañarnos a Karabakh, pero él prefiere mantener su plan de ir hacia Irán. Desplegamos entonces el mapa sobre la mesa del living, a fin de buscar nuestras respectivas rutas. Presto atención a un lugar en particular, Zorats Karer, muy cerca de donde estamos, y recuerdo que alguien en Yerevan me había hablado de él como el Stonehenge de Armenia. También me habían dicho que Tatev, uno de los principales montasterios del país, ubicado en la región de Syunik, estaba en un enclave energético, al igual que Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Comenté ambas cosas a Voitek.

Es muy importante para ti ir a Karabakh? me pregunta. Como en la mañana, cuando perdimos la marshrutka, no se que decir. En un minuto nuestro entusiasmo por conocer el país inexistente se traslada hacia la región más ignota de Armenia, esa tierra montañosa del sur que se abre paso en el mapa para dejar de ser Europa y convertirse en el gran país persa.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cupé

Cuando viajé de Ankara a Kars en el Dogu Express, no me animé a hacerlo en una cabina, por aquello de con quién me iba a tocar compartir el espacio, generalmente muy reducido. Eso que todos queremos decimos que queremos al viajar: conocer gente, en mi caso muchas veces ha funcionado como un acicate a mis miedos. Es fácil estar predispuesto a conocer gente si uno disfruta de la seguridad que en apariencia brinda un compañero, un amigo. Además, quién se anima a afirmar que el "conocer gente" está libre de todo prejuicio?

Cuando fui a la estación de trenes de Tbilisi a comprar mi pasaje, la chica del otro lado de la ventanilla me ofreció una cabina para dos, una para cuatro y una para muchos, dijo, con diferentes precios. Y asientos comunes? pregunté. El tren nocturno solo tiene cabinas, respondió. Me decidí por un intermedio de cuatro, evitando así viajar con "mucha gente desconocida" o con "un extraño". No me siento orgullosa de mis elecciones, pero sí de ser consciente de ellas y de sus motivaciones, para al menos intentar liberarme de mis prejuicios y temores, algún día.

Por la noche, llegué a la estación con tiempo suficiente para buscar y encontrar mi tren, al menos eso creí. El primero no era. Me mandaron cruzar un pasaje subterráneo. El segundo tampoco. Me indicaron que cruzara un puente. Bístro! me dijo el guardia. Mi ruso básico siempre me tira un cable: comencé a correr. Con todo, llegué bien a mi vagón e inmediatamente me encontré con una chica que hablaba inglés, quien me dio las básicas y me ofreció ayuda a nuestra llegada a Yerevan.

Finalmente, mis compañeras de cabina eran tres armenias encantadoras. Siguiendo sus indicaciones, coloqué el colchón sobre la litera me tocó una de las de arriba. El encargado del vagón me dio sábanas, funda para la almohada y un lienzo multiuso. Puse mi cartera en un estante y mis championes en el lugar donde se guardan los colchones. Mantuvimos una breve pero divertida conversación, haciendo uso de un muy reducido vocabulario en ruso y del universal lenguaje de señas.

El encargado me trajo los papeles para la visa, ya que yo misma le había dicho que venía de Uruguay, frente a la habitual pregunta Otkuda ti? Le expliqué que mi pasaporte era italiano y que no necesitaba visa. Gracias a Giani, el brasilero que conocí en Tbilisi también con doble nacionalidad, mi respuesta habitual se reduce a "madre uruguaya", "padre italiano". Santo remedio.

El viaje duró nueve horas y fue muy cómodo. Hubiera dormido de un tirón de no ser por los necesarios trámites de aduana, aunque debo reconocer que estos no admiten la menor queja, ya que se hacen dentro del tren sin salir siquiera de la cabina. Los funcionarios a cargo en Georgia, recolectan los pasaportes y los devuelven sellados con la salida del país. Al llegar a Armenia, otro funcionario recorre los vagones con un pequeño escaner y un sello, vuelve a solicitar los pasaportes y los devuelve con un estampado de la silueta del Monte Ararat y de una locomotora, de las viejas, con chimenea y todo.

Armenia tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiján, por lo que las posibilidades de ingreso por tierra se reducen a Georgia e Irán y, teniendo en cuenta los exigentes requisitos de visado para cruzar la frontera con Irán, me pregunto que tanto tráfico hay en ese paso. Supongo entonces que la inmensa mayoría de los viajeros que llegan a Armenia, lo hacen a través de sus dos aeropuertos internacionales.

Una vez más, otro lenguaje y otro alfabeto. Acabo de conocer a Steven, norteamericano con ascendencia armenia que llegó hasta aquí para aprender la lengua de sus ancestros. Se me vienen a la mente algunos nombres: Aharonián, Arakelián, Markarián, Ananikián, Kechichián, Aprahamián, Rupenián y tantos otros, todos parte de la extendida e incontable diáspora armenia en el Uruguay y en el mundo.