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viernes, 23 de agosto de 2013

How to get Georgia from Eastern Turkey

Este post pretende ayudar en búsquedas como "from Kars to Georgia" o "how to get Georgia from Eastern Turkey", por lo que debería estar escrito en inglés, pero se que google translator hará un trabajo decente y mientras tanto estaré ayudando al menos a los viajeros hispanohablantes.

Desde Kars hay dos formas de llegar a Georgia: tomar un bus hacia Hopa, en el noreste de Turquía, cerca de la frontera con Georgia, y desde allí otro a Batumi; o recorrer el camino que anduve yo. Un dato a tener en cuenta es que Georgia en turco es Gürcistan.

A las diez de la mañana me subí a una van hacia Ardahan en la estación de autobuses de Kars (la que está cerca del centro, al final de la calle Halit Pasa). El pasaje cuesta 15 TL (unos 7-8 USD). En un vehículo de 13 asientos (incluyendo el del chofer) viajamos 16 personas. El viaje es de una hora y media. La ruta está terrible pero en reparación, quizás en un futuro tome menos tiempo llegar allá.

La información que tenía era que al mediodía salía un bus a Tibilisi. En la estación de buses de Ardahan pregunté a una pareja de turcos que hablaba un poco de inglés y de francés. Con su ayuda, pude comunicarme con el chofer, quien finalmente nos llevó a mí y a ellos a la otra estación de Ardahan, al final de la calle Kaptan Pasa, muy cerca del centro de la ciudad (*). Allí le dijeron a mis intérpretes que el bus a Georgia ya había pasado, que había que esperar al día siguiente y que solo iba hasta la ciudad de Ahiska, desde donde se podía seguir viaje en otro bus a Tibilisi.

Finalmente, compré mi ticket a Ahiska por 40 TL y me hospedé en el Hotel Kura, a 100 mts de la terminal (35 TL single room).

Me levanté muy temprano, el bus salía a las 7 am. Fui a la terminal, no había nadie. A las 7 y 10 el bus no había pasado y la oficina estaba cerrada. Pregunté en un almacén. A través de señas y palabras sueltas, entendí que el bus salía desde otra terminal, una tercera, que quedaba cerca de allí, tomando la calle del costado y caminando unos 500 metros, hasta el final de la misma. Afortunadamente - porque de otro modo lo hubiera perdido - el bus venía de otra ciudad y llegó con una hora de retraso.

El paisaje, una vez más, hizo el viaje absolutamente disfrutable. Es un entorno rural bastante poblado, con muchos cursos de agua, pequeños, de lechos pedregosos. La ganadería es la principal actividad y se ve mucha gente trabajando en el campo. Y las montañas son imponentes. De hecho, para llegar a Georgia hay que atravesarlas (gente que sufre de vértigo: traten de llegar por otro lado).

Un poco antes de la frontera paramos en una gomería y allí el chofer nos pidió los pasaportes. En el bus íbamos unos pocos pasajeros. Recorrimos un corto trayecto y llegamos al puesto fronterizo. No había mucha gente y el trámite fue muy rápido. Bienvenidos a Georgia!

La ciudad de Ahiska queda a unos pocos kilómetros. Ahiska es su nombre en turco, en georgiano es Akhaltsikhe. El bus llega hasta allí. Eran las 12.30 hora turca y tuve que adelantar una hora el reloj para ajustarme a la de Georgia. A las 2 pm salía una van (marshrutkas) para Tibilisi. El ticket cuesta 12 lari y en la terminal hay un lugar donde cambiar dinero.

El viaje es de dos horas y media o tres. Estaba muy cansada pero intenté no dormir, el paisaje es espectacular: la ruta bordea las montañas siguiendo el curso de un río no muy caudaloso, atravesado por puentes cada pocos metros. Atrás quedaron las mezquitas, ahora hay cruces por todos lados. Junto a mi, un muchacho se persigna una y otra vez. Las mujeres ya no está cubiertas. La arquitectura es muy diferente, las casas son de otros materiales y colores. Granjas, árboles frutales, vacas que se atraviesan en la ruta con total displicencia... y el camino ya es lo suficientemente peligroso sin ellas!

Tibilisi apareció de golpe, como a la vuelta de un recodo. Pero no voy a hablar de la ciudad aquí, hay tiempo para eso. Una vez en la terminal, para llegar al centro hay que tomar el metro en la estación que está allí mismo (hay un cartel indicador con una M). Es necesario comprar una tarjeta. El primer tramo es exterior, luego se vuelve subterráneo. El vagón se sacude como la montaña rusa de Montevideo: parece que va a descarrilar en cualquier momento. Cinco paradas después: Freedom Square, sobre la avenida Rustaveli.

(*) Por si a alguien le resulta de ayuda (imperscindible hablar turco), estos son los datos de la compañía que hace el trayecto: Özlem Ardahan / Otobüs Isletmesi / Belediye Garaji / Ardahan / Tel 0478 211 35 68 - 211 62 78.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Ani, la ciudad de las vacas


La ciudad de Ani fue capital del Reino de Armenia hace más de mil años. Tras sucesivas conquistas y saqueos por parte de turcos, georgianos y mongoles, fue destruida por un terremoto en el año 1319. Hoy, las ruinas de sus murallas, castillos e iglesias se encuentran esparcidas en un descampado a casi dos mil metros de altura, al borde del cañón que separa Turquía de Armenia. Las vacas que pastan en sus prados son sus únicas pobladoras y atraviesan a piacere las majestuosas puertas de la antigua fortaleza medieval.

Llegué a Ani desde Kars, como parte de un tour - esos que detesto comprar - porque no hay transporte público regular hacia el medio de la nada. El viaje tomó poco más de media hora. Un parador con restaurante e inmaculados baños y un kiosco con mesas a la sombra es toda la infraestructura con la que cuenta el lugar.

Ani no es Capadocia. Los antiguos frescos de sus iglesias no están bajo trabajos de conservación. Aquí no hay barreras de contención ni está prohibido tomar fotos. Los agentes erosivos hacen su trabajo las veinticuatro horas y los visitantes irresponsables que rayan los muros y dejan desperdicios por el camino, hacen el resto. Ani es una ciudad quasi abandonada por los defensores del patrimonio histórico y cultural. Por otro lado, ese mismo abandono es lo que la hace tan disfrutable.

Sobre el río que marca la actual frontera con Armenia, aún subsisten los pilares de un puente en ruinas - la via della seta, dice un italiano a mi lado -, triste metáfora de una frontera cerrada y una memoria aún doliente.

Para los turcos, los kurdos éramos los bárbaros de las montañas - me dice Halil, en Kars - y los armenios eran la población urbana, educada y rica. Mi padre habla la lengua kurda, yo ya no la hablo. Los kurdos también esperamos por el reconocimiento de nuestros derechos, entre ellos el idioma. Y el estado turco y la nación kurda tendrían que pedir perdón a los armenios. En esta tierra hay lugar para todos.

lunes, 19 de agosto de 2013

2000 kmts de viaje a Kars

Nuevamente Estambul, desde Varna. Esta vez estoy de paso. Gracias a Cengiz, mi anfitrión, abro los ojos a otra ciudad, lejos de los itinerarios turísticos. Estoy en Levante, el centro financiero y de negocios de Estambul. Los rascacielos crecen como hongos después de la lluvia. Amplias autopistas conectan los diferentes barrios. De Bayrampasa a Besiktas y de Levante al segundo puente, atravesamos la ciudad a gran velocidad, mientras en la radio descubro a Pilli Bebek y a un artista flamenco del que no recuerdo el nombre.

La casa de Cengiz, frente al cementerio, es un reducto de silencio en medio de tanto exceso: de cemento, de autos, de luminarias, de consumo. Surfeé su confortable sofá por una noche. Las gaviotas, los cuervos y los llamados a oración me despertaron varias veces. También mi temor a perder el bus a Ankara, que salía desde el lado asiático.

Embarco a las diez y media de la mañana del domingo. A mi lado, una chica estudia para un examen. A diferencia de la mayoría de las mujeres en el bus, no es musulmana. Le hablo en inglés y responde cordialmente. Una vez en la estación de buses de Ankara, vamos juntas a comprar los tickets del metro. La estación de trenes está a cuatro paradas de distancia. Me da las indicaciones pertinentes y le deseo buena suerte en su examen.

Salgo de la estación del metro. Me dirijo a una pareja que carga equipaje. Son mis nuevos amigos. No recuerdo ya sus nombres - tan difíciles de retener para mi oído y lengua - pero conservaré por siempre sus caras jóvenes, francas, dulces, abiertas a más no poder. Me ayudaron a comprar mi ticket a Kars y se quedaron conmigo hasta que partió el tren. Durante ese tiempo, intentaron convencerme de que eran solo amigos de la universidad. En fin, ya se darán cuenta, si se animan.

A las seis de la tarde salgo para Kars en el Dogu Express, el tren que atraviesa Turquía de oeste a este. Los asientos son cómodos, los baños decentes durante las primeras horas. Paramos cada pocos kilómetros, en estaciones de grandes ciudades o de minúsculos parajes. Familias musulmanas u hombres solos conforman el pasaje. Un muchacho recorre el tren con un carrito, ofreciendo agua, te, café y golosinas. Todo es nuevo pero nada es demasiado diferente al barco que recorre el Ucayali. Nosotros, los humanos, tan básicos en nuestras necesidades... si sólo pudiéramos verlo.

Me dirijo al vagón comedor, más en busca de compañía que de alimento - prefiero comer lo menos posible en los viajes largos - y la encuentro en torno a una de las mesas. La voz de Ruggero resalta sobre las demás en perfecto inglés con acento no identificado. Es italiano, pero turco, muy cosmopolita, divertido, desfachatado, un perfecto brasilero que nació por error en otro lugar del mundo. Su esposa por conveniencia, Rosa, es una lady exquisita vestida con ropas de mujer común. Judía sefaradí, políglota, cálida. Ambos contienen y esparcen el espíritu que debería gobernar el mundo: son absolutamente fraternos. Viajan con Todd, el sobrino de Rosa, hijo de turcos nacido en Los Ángeles. Mi travesía a Kars no hubiera sido lo mismo sin ellos.

Ruggero se encarga de destruir para siempre la imagen impoluta que Ataturk proyectaba sobre mí desde cada retrato o monumento. También pone luz sobre algunos aspectos de la Turquía contemporánea, la cuestión armenia y la presión ejercida sobre los medios de prensa. En tanto Rosa, traductora de profesión, me hace reír hasta las lágrimas con algunas historias sobre traducciones urgentes de telenovelas latinoamericanas. Rosa llevó al turco en los años ochenta Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

Entre charla y sueño e incursiones al baño, el tren enlentece la marcha cuando bordea los profundos cañones, corta la montaña a través de largos túneles y recupera la velocidad a campo traviesa. Los niños saludan al pasar. Los niños, nosotros, saludamos al pasar.

miércoles, 26 de junio de 2013

Kusadasi


Kusadasi es una ciudad balnearia sobre el Mar Egeo que recibe más de seiscientos cruceros en la temporada de verano. Llegamos en la tarde y nos íbamos hacia las islas griegas al otro día por la mañana. Teníamos la posibilidad de ir en una corrida a visitar Éfeso, a pocos kilómetros de allí, pero nos decidimos por recorrer el centro y la rambla, visitar la pequeña Isla de las Palomas -a la que se accede cruzando un muelle - y descansar un poco.

Nos habíamos levantado a las cinco de la mañana para tomar el vuelo de las ocho desde Kayseri (Capadocia) hacia Estambul. Tuvimos la posibilidad de ver desde el aire la orografía de este maravilloso país: picos nevados, algunos cursos de agua y escasa vegetación sobre Capadocia; un gran lago cerca de Kirsehir; la capital Ankara; más cerca de Estambul, terreno montañoso pero con abundante vegetación; y las islas del Mar de Mármara, incluyendo el orfanato construido en madera que habíamos visitado días atrás. Estambul desde el aire es una alfombra ondulada de edficios cuadrados, de pocos pisos y techos de tejas a dos y cuatro aguas, salpicada por modernos edificios y mezquitas de brillantes cúpulas.

En Estambul tomamos el vuelo a Izmir, una de las ciudades más importantes del país después de Estambul y Ankara, ubicada sobre la costa egea y a tan solo 100 kmts de nuestro destino.

Kusadasi cuenta con una gran infraestructura de hoteles y restaurantes, casas de ropa de marcas internacionales y también pequeños locales donde se venden cachivaches chinos. Prácticamente no hay hostels, por lo que nos alojamos en un hotel en el centro antiguo, con vista al mar.

El dueño del Hotel Stella nos fue a buscar al aeropuerto. Silvia llegó con su valija con ruedas y yo con mi mochila de 15 kilos en la espalda. (Aquí tengo que aclarar que originalmente pesaba 18, pero en Capadocia me resolví a abandonar parte de la carga). Hasán se ofreció amablemente a llevar la valija de Silvia hasta el auto.

El viaje del aeropuerto de Izmir a Kusadasi es de una hora. Hasán lo dedicó a intentar convencernos de que fuéramos a Éfeso y a la casa donde dicen que vivió la Virgen María sus últimos años. Nos ofreció un tour con guía - él mismo - por 50 euros y también la posibilidad de llevarnos hasta la entrada de Éfeso por el precio del transporte público. Nos cambió la habitación compartida por una privada con desayuno, por unas pocas liras más. Nos ofreció comprarnos los boletos del ferry a Samos para la mañana siguiente y también los de Samos a Myconos. En cuanto a los primeros, agradecimos su gentileza. Los segundos los compramos mucho más baratos en Samos al otro día. A punto de dejar Turquía, comprobamos una vez más las habilidades para la venta de los nacionales de este país, habilidad que - luego sabríamos - sus vecinos griegos no comparten.

Por la noche vimos un concierto de una artista local en la rambla junto al mar, mientras nos despedíamos de la cautivante tierra turca.

martes, 25 de junio de 2013

Delicias turcas


En el vuelo de Frankfurt a Estambul en Turkish Airlines, nos convidaron con unos cubitos dulces que luego supe se llaman lokus. Son como una pasta gelatinosa con pistachos y otros frutos secos picados, cubierta con azúcar impalpable la mayoría de las veces. Los venden en todos lados y los dan para probar en todas las tiendas de dulces, tes, especias y demás exquisiteces.

El lokus es una de las tantas delicias turcas.


Probamos unos pastelitos fritos de los que no supe el nombre, rellenos con una pasta seguramente hecha a base de frutos secos. También probamos unos bollitos fritos recubiertos con miel, de una masa similar a la de los churros; y un budín muy dulce con almendras picadas.

Me gustó mucho una fruta llamada dut. Cuelga de los árboles y no hay más que arrancarla y comerla. Es del tipo de las moras o frambuesas. Cuando está madura es de color blanco, bien dulce y blanda al masticar. También la probé seca, ya que así la venden en las herboristerías. En Capadocia no es una fruta que se venda en los comercios: crece por todos lados. En Estambul sí la vimos en una frutería.

No probé el helado turco, pero mi compañera de viaje sí, quien asegura que no es muy sabroso. En cuanto a su consistencia, es más bien duro. Lo interesante es ver cómo lo amasan y aplastan, con un palo, mientras lo promocionan a los gritos y con una campana, al mejor estilo del heladero con carrito que solía recorrer las calles de Florida o Piriápolis.

Entre lo dulce y lo salado está la pasta o manteca de sésamo, mezclada con otros sabores, como por ejemplo el chocolate. Sería como un mantecol, pero más sabroso y de consistencia más suave. Me lo dieron a probar en un almacén (los turcos hacen buen marketing).

En el mercado de las especias probamos higos secos, frutos secos y varios quesos.

En cuanto al té, la única diferencia que noté es la cantidad que consumen: a toda hora, en unos vasitos de vidrio, generalmente decorados, con su platillo correspondiente. A veces con limón, a veces con azúcar en terrones. Sí probamos otros tés, como el de banana y miel o el de rosas.

El desayuno turco incluye pan, huevo, pepino, tomate, aceitunas, queso, mermelada y por supuesto mucho té.

Comimos kebabs casi a diario. Es la comida rápida de Turquía: pan (de pita o común), carne o pollo asados en un spiedo vertical y un relleno que varía pero que puede tener tomate, lechuga, cebolla, salsas, pepinillos y hasta papas fritas.

Tomé sopa un par de veces, picantes y sabrosas ambas. Una era de verduras y la otra de lentejas.

El yogurt es un ingrediente importante en la cocina turca. Lo ponen al costado de muchos platos, natural o condimentado con hierbas y especias.

La berenjena también es muy utilizada en los platos. Las comí en cubitos, saltadas con tomate.

También probamos: rollos de hojas de parra rellenos de arroz; papas preparadas como en una vinagreta; humus, que lleva garbanzos, tahini y jugo de limón; salsa de yogurt con ajo y menta; tomates saltados con mucho condimento.

Capadocia

En nuestro primer día en Göreme, conocimos a unos estudiantes de arquitectura que se habían separado del resto del grupo. Charlamos largo rato en un café junto al Museo al Aire Libre - conjunto edilicio excavado en la roca, con iglesias que conservan sus muros pintados hasta el día de hoy - sobre las experiencias vividas. Para nosotros, estar aquí conversando con ustedes, es un descanso - nos dijeron.

Al día siguiente alquilamos un auto y salimos a recorrer la región.

Fuimos de Göreme a Ürgüp, donde subimos al mirador - Wish Hill - para tener una vista general de la ciudad y los alrededores.

Pasamos por Avanos y nos dirigimos a las Chimeneas de las Hadas, uno de los valles más hermosos de Capadocia. Trepamos una colina rocosa y nos sentamos los siete - Denise y Arnaldo con su pequeña hija Aylen, Germán, Alan, Silvia y yo - en la roca más alta. Nos quedamos allí hablando, riéndonos, sintiendo el aire y el sol.

Continuamos hacia Nevsehir, donde paramos a almorzar unos kebabs.

De allí, tomamos rumbo hacia Derinkuyu, una de las muchas ciudades subterráneas construidas como refugio siglos atrás. Nos metimos en cada una de las galerías. Encontramos habitaciones, depósitos de alimentos, establos, pozos de agua, ductos de aire, iglesias, tumbas... incluso trampas!

En la plaza de Derincuyu nos cruzamos con un grupo de turcos, algunos vestidos de mujer, otros con la cara pintada de negro, uno disfrazado de camello, otro disfrazado de viejo - que corría a la gente con un palo - y tres músicos. No entendimos de que iba la cosa - nos dijeron que era una despedida de soltero -, pero los seguimos y nos mezclamos entre ellos, participando a nuestra manera.

Dejamos el pueblo y nos metimos por caminos secundarios, en busca de nuevos paisajes. Descubrimos una zona más verde, con cultivos, animales y un lago. Pasamos por varios pueblos (Shainefendi, Cemil, Mustafapasa) hasta llegar nuevamente a Ürgüp y de allí a Göreme.

Luego de devolver el auto y de sacarnos la tierra blanca de Capadocia, cenamos en torno a una mesa baja y fumamos narguile con sabor a manzana. Gracias, chicos, por compartir parte del viaje con nosotras!

lunes, 24 de junio de 2013

Bósforo

Estambul es una ciudad enorme para los parámetros de un montevideano y hay miles de lugares para visitar. Pero, uno de los paseos obligados es el Bósforo. Este canal divide Asia de Europa y la propia ciudad de Estambul, que se extiende sobre ambos continentes. Hay varios puertos desde donde salir a navegar. Nosotras lo hicimos desde el puerto de Kabatas porque era el más próximo a Beyoglú, el barrio donde parábamos y donde se encuentra la plaza Taksim.

Los barcos salen casi a diario. Para nuestra sorpresa, no había mucha gente. El destino final del viaje de una hora y media es Anadolu Kavapi. La virtud de este pueblo no es el castillo romano que dice tener en la cúspide, sino estar a corta distancia de la desembocadura del canal en el Mar Negro.

La vista es espectacular. También se hace presente esa rara sensación de estar en un lugar que fue motivo de disputa de varios imperios a lo largo de la historia.

sábado, 15 de junio de 2013

Estambul

Hoy de noche no pudimos salir del hostel debido a que la policía arremetió contra los ocupantes de la Plaza Taksim y del Parque Gezi. Fuimos a un comercio cercano a buscar comida y en el corto trayecto nos cruzamos con cientos de personas que intentaban alejarse de los gases y los chorros de agua. Hasta ahora y desde el miércoles pasado, la policía se había mantenido apostada en torno a la plaza y frente al Centro Cultural Ataturk, fuera del parque y con la orden de no intervenir en él. Más temprano, hacía las 4 de la tarde, una cuadrilla de trabajadores reenjardinaba la plaza, al tiempo que en el parque los ocupantes recibían con aplausos a un grupo de activistas veganos, que acababan de leer una proclama sobre la calle Istiklal.

Aprovecho este impasse obligado para sentarme a escribir. Estambul es hermosa. Huele a mar, a especias, a nueces tostadas. Los graznidos de las gaviotas y las llamadas a oración atrapan el silencio de la mañana, hasta ser ellos mismos acallados por bocinas y gritos. El tránsito es caótico, autos y peatones compiten por el espacio en cada cruce. Pero el transporte público es rápido, limpio y bien señalizado.

Visitamos los íconos de la cidad, como la Mezquita Azul, Santa Sofía y el Palacio Topkapi. Dedicamos largas horas a conocer la opulenta vida de los Sultanes, con sus exóticos trajes y sus obscenas riquezas. Pero fue al llegar al Puente Gálata - y recorrerlo por debajo, a través de la larga hilera de restaurantes; y por encima, junto a la también larga hilera de pescadores; y ver pasar las embarcaciones hacia el Bósforo; y sentir el soplo del Mar de Mármara en dirección al Mar Negro -, decía que fue entonces cuando recordé que este era el lugar, exactamente éste, al que quería llegar.

Los vendedores turcos son amables. Intentan hacerse entender en el idioma que sea. Utilizan trucos graciosos para llamar la atención de los desprevenidos turistas y la única manera de librarse de ellos es callarse y seguir de largo. Son rápidos con las cuentas y muy distraídos con el cambio, siempre el error a favor de ellos. Pero, estando atento, no hay ningún problema.

El té se toma a toda hora. Está lleno de barberías (los hombres, aunque sobrios para vestirse, aparentan ser coquetos). La zona adyacente a Taksim sería como una cuchilla, con pronunciadas pendientes a cada lado de la calle principal. La mayoría de las mujeres usa calzado bajo. Hay pocos perros - todos grandes y lanudos - y muchos, muchos, muchos gatos. En las calles se puede comer choclo asado, almejas con limón, nueces tostadas, churros (sin relleno), jugo de naranja, de limón y de granada. Gracias se dice teşekkür ederim.