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lunes, 16 de septiembre de 2013

Sameba

Se llama Thbilisis cminda samebis sakathedro tadzari - Holy Trinity Cathedral of Tbilisi - pero le dicen Sameba, que significa Trinidad. Fue construida entre 1995 y 2004 en el barrio de Havlabar y la elección del lugar para su emplazamiento no estuvo exenta de polémica, debido a la existencia de un antiguo cementerio armenio.

Salgo del hostel y me dirijo hacia el río, atravesando el parque que queda una calle abajo. Cruzo el primer puente, en cuya cabecera está el mercado seco - una pequeña feria de antigüedades -, llamado así porque debajo de ese puente no corre agua sino autos por una amplia avenida. Enseguida aparece el puente de arcos sobre el Río Kura y, del otro lado, la rotonda sobre la calle de adoquines. Giro a la derecha y me meto por calles y veredas angostas, donde los balcones enrejados cuelgan casi sobre los autos que circulan en forma desordenada. A pocas cuadras la calle se abre y se junta con la avenida que bordea el río. Cruzo una plaza con juegos infantiles. Del otro lado, otra calle de adoquines sube la colina, flanqueada por coquetas viviendas y jardines colgantes. Comienzo a ver guardias. Al final del repecho, unos trescientos metros más adelante, me encuentro con la enorme cúpula de vidrio de la casa de gobierno. Doblo a la izquierda y camino un par de cuadras. Salgo a la calle Samreklo. Camino un poco más y estoy ante los anchos portones de la catedral.

Del otro lado, la figura de una mujer vestida de verde bajando las escalinatas, me sugiere la medida de esa humana necesidad - y en tanto humana, política - de agrandar y elevar a dios.


sábado, 14 de septiembre de 2013

La boda

Escuché hablar de supra y paré la oreja. Unos norteamericanos le preguntaron a Marika si era posible asistir a una verdadera fiesta georgiana. El interés no era propio, sino de un amigo periodista que estaba arribando a Georgia para encontrarse con ellos. Así fue como Marika se puso en campaña para hacerlo invitar a un casamiento y yo me anoté en la lista de colados, como fotógrafa.

Gideon, neoyorquino, simpático y buen mozo, tenía a cargo la tarea de redactar una nota sobre las famosas supras georgianas, con sus personajes y rituales. A todo esto, yo ya había leído algo sobre el asunto: que supra era el nombre que se le daba a toda reunión donde hubiera comida y bebida y que stricto sensu significaba mesa o mesa tendida.

Y efectivamente, las mesas estaban tendidas cuando llegamos, no solo con la mantelería y la vajilla sino con variedad de platos fríos, ya dispuestos. Frente a las mesas de los invitados estaba la de los novios y padrinos y, a un costado de esta, otra más pequeña con la torta de bodas.

Los novios - muy jóvenes ambos - atravesaron un cortejo con choque de espadas y entraron al salón, seguidos por todos los invitados. En su honor, un grupo de bailarines profesionales ataviado con trajes típicos, desplegó con maestría las vigorosas danzas georgianas.

Marika nos fue guiando con cada uno de los platos: qué probar primero, cómo combinar cada uno con su salsa correspondiente, sus nombres y componentes. Como me resultaba muy difícil retener tanta información - recomendaría leer la crónica de Gideon, quien tomó prolijas notas -, me concentré en probar la mayor cantidad de platos posible, acompañándolos con buen vino - la chacha la dejé para los mejor entrenados.

Pero, si entendí bien la esencia de la supra, esta no es la comida ni la bebida sino la liturgia asociada a la misma, que cuenta con el tamada como figura principal: la persona a cargo de ofrecer los brindis, cada uno de ellos precedido de un discurso. Durante toda la noche fuimos testigos del protagonismo del tamada, quien se dirigía a los invitados y a los novios en una larga y solemne exposición que culminaba con las copas en alto.

De más está decir lo bien que nos recibieron y la amabilidad y la calidez con la que fuimos agasajados. Si bien la fiesta amenazaba con extenderse durante horas, Henry nos fue a buscar pasadas las once. El protocolo indicaba en primer lugar despedirnos del tamada, quien nos hizo el honor de dedicarnos un brindis. Georgia ha tenido y tiene mucho problemas, pero los viajeros son bienvenidos en nuestra tierra, por lo que siéntanse ustedes siempre muy bienvenidos, nos tradujo Marika. No sin emoción, nos despedimos de los novios y - cual cenicienta - dejamos la supra un minuto antes de las doce.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Esa entelequia

Hace tres meses que estoy viajando. Parece una eternidad.

Ayer me sentí muy mal por causa de una sopa que había cenado la noche anterior. No quiero ponerle dramatismo a una simple indigestión, pero el malestar era tan grande que lo único que quería era irme de Georgia. Claro, eso implicaba salir primero de la cama, hacer el bolso, comprar un ticket hacia algún lado y viajar, en ese estado. Me largué a llorar, era mucho más fácil. Como por milagro, las lágrimas aflojaron las tensiones en mi estómago y vomité los restos de la sopa en el piso, al lado de la cama. 

Hace unos días una amiga me preguntaba cómo me sentía. El relato oficial ya lo leí, me dijo. En tres meses he tenido tiempo de experimentar todo tipo de sensaciones. La más fuerte y menos agradable es el miedo. No me he visto envuelta en ninguna situación que objetivamente pudiera justificar ese miedo, pero la emoción persiste. Y ayer experimenté por primera vez la soledad como algo negativo. Estar solo y aprender a disfrutar de la compañía de uno mismo, es una nutritiva experiencia. Pero sentirse solo estando enfermo, realmente nos pone a prueba. Por fortuna, hoy me siento mucho mejor - incluso pude desayunar - y no estoy pensando en volver... aún.

Claro que enfrentar el miedo - incluído el miedo a estar solo - es parte del desafío que conscientemente elegí vivir y se que al hacerlo gano en libertad, el más preciado de los dones. La libertad, esa entelequia, no es más que la ausencia de miedos.

martes, 10 de septiembre de 2013

Zugdidi

Zugdidi, la capital de la región de Samegrelo, suele ser un lugar de paso. La gente lo usa como base para ir o volver de Svaneti, o para llegar hasta Abkhazia. Como venía de un intenso periplo, los dos días de lluvia y viento me sirvieron de excusa para parar un poco. Además, tanto Marika como su esposo Henry y su amiga Lali, hicieron honor a la famosa hospitalidad georgiana y  transformaron mi fugaz pasaje en una estadía de casi una semana.

Samegrelo es hogar de los mingrelianos, quienes hablan su propia lengua, diferente de la georgiana. La historia de este pueblo se hunde en la antigüedad, cuando esta tierra era conocida como la Colchis. Como casi todos saben, Jasón y sus Argonautas vinieron a la Colchis en busca del velloncino de oro. Este preciado tesoro, lejos de ser un objeto imaginario o fantástico, guarda correspondencia con la tradicional forma de recoger el oro del lecho de los ríos en el Cáucaso, utilizando una piel de cordero.

Marika es una anfitriona dedicada y orgullosa de su tierra. El día que llegué, como al descuido, puso sobre la mesa un libro de tapas duras con hermosísimas fotos de Samegrelo, y una colección de videos de danzas típicas en el plasma. Rápidamente me convenció de visitar las fortalezas, monasterios, aguas termales y cañones que pueden encontrarse en un radio de no más de sesenta kilómetros. Gracias a sus indicaciones también visité Anaklia, la playa más cercana a Zugdidi. Me advirtió que era un lugar un poco extraño y debo confesar que tenía razón, aunque el Mar Negro se las ingenia para revelarse hermoso, a pesar de los esfuerzos humanos por disfrazar su belleza con toda clase de extravagancias. Marika también hizo posible que nos invitaran a una boda, la más grande de las Supras, pero eso lo contaré después.

Lali, por su parte, me preparó una pantagruélica cena de tres platos, que no pude terminar. Me dijo que yo lucía como una mingreliana, aserto que pude comprobar cuando dos chicas me hablaron en georgiano en la calle... y cuando supe que algunos de los invitados al casamiento pensaron que la extranjera era Marika y no yo.

Lali es original de Abkhazia. Estando en Zugdidi, recordé las historias que me contara el Ruso - con toda la intensidad y el amor por su tierra que transmitía en sus relatos - sobre las bellezas de su ciudad de origen y de cómo los armenios, desplazados de su patria, poblaron Novi Afon en el suroeste de Abkhazia. Para Lali, Abkhazia es un dolor que aún persiste: su familia y tantos otros miles de georgianos se vieron desplazados de sus hogares durante la guerra del 92-93. Abkhazia es muy bella, me dijo, pero pasaron veinte años y no he podido volver a mi casa en Sukhumi.

En Zugdidi visité la casa de un amigo de Marika y Henry que tiene un vivero gigantesco, una colección de muebles antiguos dignos del palacio de los Dadiani - lores de Samegrelo - y un piano en restauración. Fui a la peluquería, me compré un libro de historia y le saqué a mis championes los dos kilos de barro que habían juntado en las montañas. Intenté hablar en francés y en italiano, conocí gente de Bulgaria, Holanda, Bélgica, Polonia, Eslovaquia y Estados Unidos y jugué al dominó con el pequeño Shota, el hijo de Marika. Me congelé los pies cruzando el río que corre en el fondo del cañón de Martvili, caminé a la sombra de un roble descomunal en la fortaleza de Nokalakevi, vi las montañas desde lejos - mientras Irakli esquivaba chanchos y patos en la ruta - y estuve en una Supra. Definitivamente, Zugdidi no es un lugar de paso.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Georgia Gran Guesthouse

No ha parado de llover, la excusa perfecta para no hacer nada. Ayer, Marika, la dueña del hostel, estaba un poco asustada por el tema de la tormenta. Luego supe por la prensa georgiana que lo que se esperaba era un ciclón y que los vientos en Poti y otros lugares de la costa habían sido muy fuertes.

Afortunadamente para mí, en la casa no hay mucha gente. En el segundo piso hay una habitación con muchas camas, una cocina y un baño. Abajo, cruzando el patio, otro baño. Al frente, un jardín y al costado, el bar y salón común, donde me he pasado las horas subiendo las trescientas fotos que saqué en mi loca carrera alrededor de Georgia en compañía de Erika y Jiri.

Conocí a los checos en Kazbegi, en el norte - cerca de la frontera con Rusia -, en la casa de Maia, una guesthouse, como les dicen aquí. En Tibilisi, Pedro se había vuelto a Portugal y me había dejado de regalo la Lonely Planet. Compré un bolso barato, puse allí parte de la ropa, las cremas y la bijouterie y me fui con lo esencial en la mochila a la estación Didube, a tomarme la marshrutska.

Es fácil recorrer Georgia, siempre y cuando uno se adapte a dos cosas escenciales: las guesthouses y las marshrutkas. Las primeras están desperdigadas por todo el país y se las identifica por el cartel en inglés en la puerta. Son casas de familia, con una, dos o más habitaciones acondicionadas para turistas, baño compartido y, si el huésped así lo quiere, comida casera. Las habilidades para la cocina varían, pero en general el menú es abundante y delicioso. El desayuno es todo un desafío para nuestros hábitos alimenticios. En dos semanas debo de haber engordado tres kilos y de a ratos no me he sentido muy bien. Ahora estoy tratando de dejar de comer como un georgiano.

La casa de Maia en Kazbegi, en el Gran Cáucaso, era grande y cómoda. De Kazbegi nos fuimos a Mtskheta, donde solo estuvimos un rato para visitar sus antiguas iglesias, por lo que la siguiente noche la pasamos en Gori. La vivienda estaba un poco destruida, especialmente el baño, y todo el mobiliario era una reliquia de otros tiempos - igual que el museo de Stalin y que Uplistsikhe, la ciudad excavada en la roca -, pero estaba limpia y la dueña era un encanto de persona. El esperanto eslávico de Erika vino muy bien porque nuestra anfitriona no hablaba inglés, aunque tenía una vecina de unos diez años que hacía de intérprete con total eficiencia.

De Gori nos fuimos a Kutaisi, la segunda ciudad de Georgia, a la casa de Mediko, el mejor lugar por lejos. El baño estaba hecho a nuevo y la comida era exquisita. Además, Mediko era amable y simpática. Nos mostró con orgullo un libro de visitas con saludos en todos los idiomas, de huéspedes de los cinco continentes. Yo fui la primera uruguaya en su casa. Lavamos ropa, recorrimos la ciudad y visitamos la cueva de Prometeo, una maravilla para mis desacostumbrados ojos.

De Kutaisi nos dirigimos a Mestia, en la región de Svaneti - otra vez el Gran Cáucaso, pero del otro lado de Osetia del Sur -, donde se está desarrollando una aún incipiente industria turística y el contacto es más distante y mercantil. El lugar era un edificio rectangular con una sucesión de habitaciones con baño privado y no había dueña de casa, pero oficialmente era una guesthouse. Por último, en Laleta, a tan solo diez kilómetros de Mestia, encontré una casa con una infraestrucutra mucho más desarrollada, pero aún con calor de hogar, gracias a la hospitalidad de Ksenia.

En cuanto a las marshrutskas, tengo que decir que son un buen sistema de transporte, si comparo con el nuestro: son rápidas, frecuentes y baratas. Pero no son cómodas, uno viaja como sardina en lata y en medio de los bolsos. Salen cuando están completas, por lo que a veces los horarios pueden ser un poco inciertos. En mi caso, no hay problema porque no tengo apuro. No he visto ningún ómnibus de cuarenta asientos por aquí dentro del sistema de transporte público.

En un par de ocasiones viajamos en tren, el que brinda el servicio común: de Mtskheta a Gori y de Gori a Kutaisi, en la zona del llano, entre el Gran y el Pequeño Cáucaso. Para en cada estación y debo decir que son muchas, ya que el interior de Georgia está muy poblado. Un viaje de cien kilómetros puede durar tres horas. En contrapartida, el boleto es muy barato y uno viaja más cómodo que en la marshrutska, una vez que consigue asiento. Ahora, si toca viajar parado, la cosa cambia. En nuestro caso y como eramos extranjeros, la gente - no me canso de repetir lo amable que es - nos ofreció sus lugares.

Montañas, iglesias, ciudades excavadas en la roca y cuevas con lagos subterráneos, parques nacionales con frondosos bosques y rocas con huellas de dinosaurios, museos y monumentos, una historia que se cuenta en miles de años, confluencia de culturas - los más grandes imperios han tenido que ver en este territorio -, un lenguaje único - e incomprensible -, una gastronomía sabrosa y potente y un corazón abierto y generoso. Ahora necesito descansar por unos días y comprarme un buen libro de historia.

martes, 3 de septiembre de 2013

Un paseo por el Gran Cáucaso

De cómo llegué aquí y los lugares que visité en el camino, eso lo relataré después. Ahora quisiera contar que subir al Gran Cáucaso fue como traspasar el umbral de una tierra mágica, poblada de pequeñas iglesias y angostas torres de piedra de más de mil años esparcidas entre bosques de pinos, cañones y valles, con picos nevados recortados contra el cielo. Pero esta idílica visión no pretende ocultar el terror que sentí cuando nuestro chofer, un caucasiano loco y muy compadre, comenzó a trepar la montaña a toda velocidad y bajo una lluvia torrencial, con su marshrutska cargada hasta el tope de polacos, checos, mochilas y estampitas de San Jorge.

Estuve viajando varios días con Erika y Jiri, adorables checos que me invitaron a visitar Praga con la promesa de que en las casas de té de República Checa es posible tomar mate. Erika es una de las personas más sociables que he conocido y con una gran facilidad para los idiomas. Habla un perfecto inglés que aprendió en EEUU, sabe alemán, maneja un incipiente vocabulario en georgiano, se entiende muy bien con el ruso - en lo que ella llama esperanto eslávico - y hasta se dio el lujo de decirme algunas frases en español. Total que con ella la comunicación está asegurada. Jiri es historiador y trabaja para una ONG pro transparencia y anti corrupción. Lo entretuve por horas con preguntas sobre Turquía, Siria y Medio Oriente en general, Rusia y China, EEUU y los radicales islamistas, la UE y, obviamente, el Cáucaso. Fue una gran oportunidad y a la vez un placer poder aprender de él.

El Gran Cáucaso atraviesa Georgia de oeste a este a lo largo de la frontera con Rusia y alberga la región de Svaneti, una de las más recónditas y pintorescas de Georgia, caracterizada por sus altas y angostas torres defensivas construidas en piedra - koshkebi - de los siglos IX al XIII. Erika, Jiri y yo nos instalamos en Mestia, un pequeño poblado a 1400 mts de altura, con la intención de llegar hasta Ushguli, cerca del Monte Shkhara, el pico más alto de Georgia con más de 5000 mts.

En la iglesia de Ushguli pudimos ver frescos con la imagen de la Reina Tamar, biznieta del Rey Davit Aghmashenebeli, quienes llevaron al Reino de Georgia a su época de mayor esplendor (S. XI - XII). El guardián de la iglesia nos mostró el gran tanque de metal labrado, usado en los sacrificios de animales y una herramienta para el hilado de la lana, técnica que nos aseguró los griegos tomaron de los georgianos.

El camino entre Mestia y Ushguli es de una belleza majestuosa y a la vez prístina, como el agua que corre montaña abajo y alimenta ríos en cañones y valles; también rural, con casas de piedra y madera, árboles frutales y cultivos en las laderas, y vacas, cabras y chanchas con sus crías, que cruzan y ocupan con total displicencia la angosta y escarpada ruta que une los diferentes poblados; y salvaje, con sus frondosos bosques de pinos, habitados por osos y lobos, y sus amplios valles, donde aún hoy puede uno encontrarse con una bala de Kalashnikov, como la que Jiri sostiene en la foto.

Luego de varios días juntos recorriendo Georgia, hoy de mañana perdí a mis compañeros de ruta. El chofer me dejó en el primer poblado bajando la montaña, por falta de espacio en la marshrutska. Mañana me viene a buscar para llevarme a Zugdidi. Con un poco de suerte, dentro de unos días pongo los pies en el Mar Negro una vez más, pero del otro lado del mapa.

martes, 27 de agosto de 2013

Postales de Tibilisi

Tibilisi es una ciudad ruidosa, caótica y en obra. Un río la atraviesa y un cerro la custodia. Antiguas iglesias ortodoxas en restauración conviven con moderna arquitectura y descascarados edificios. San Jorge mata al dragón en el centro de la ciudad. Madre Georgia sostiene un cuenco con vino para los amigos y empuña una espada contra los enemigos. Hasta aquí, una ciudad encantadora, una ciudad más.

Pero Tibilisi es diferente porque Georgia lo es. Si un georgiano está comiendo, va a querer compartirlo contigo. Y si levanta un poco la barbilla y se da un par de tiquiñazos debajo de la mandíbula, te está invitando a tomar algo. Ese algo será vino o chacha. Si estás tomando cerveza, te va a preguntar si no preferís algo más fuerte. Si estás sacando fotos, se va a ofrecer para que le tomes una. Y si no habla tu idioma, va a buscar a alguien que sí lo hable o va a intentar hacerse entender. Aquí, la hospitalidad es una tradición.

La primera noche en Tibilisi conocí a Giani, de Brasil; Tobi, de Alemania; y Mari, de Italia; tres grandes viajeros. A la mañana siguiente fuimos al mercado, cerca de la estación de trenes. El mismo se extiende sobre un puente que cruza las vías y una plataforma supongo que en desuso. Los vendedores, lejos de insistir en la venta, nos dieron a probar no solo su mercadería sino su propia comida. Higos negros, queso ahumado, pan con mortadela, chacha, todo fue a bodega. De donde son? Siempre una sonrisa, la mano extendida y a veces un abrazo cálido y respetuoso.

En el mercado probé el delicioso café georgiano, preparado a la turca, espeso y dulce. También probé la bebida cola que se vendía en los tiempos soviéticos, con un ligero sabor a limón. Las especialidades en pastelería son infinitas en variedad: dulces y saladas, rellenas con queso, carne, pasta de legumbres, hongos, hierbas, crema pastelera y diferentes dulces. Dicen que hay un pastel relleno de skushonka, el dulce de leche georgiano. Mari, que es italiana pero vivió en Buenos Aires, dió fe de que es verdadero dulce de leche. Aún no he podido comprobarlo.

Mis tres primeras noches en Georgia salí a cenar con el susodicho trío, que andaba recorriendo el Cáucaso en bicicleta. También se sumaron Pedro y Giovanni, de Portugal e Italia. La cuarta noche tuve que quedarme en cama porque mi aparato digestivo estaba pidiendo agua por señas. Primer traspié en más de dos meses de viaje, eso dice algo de lo que es la gastronomía georgiana: uno come más de lo que puede o debe. Tengo mucho más para decir al respecto pero lo dejaré para después. Solo voy a mencionar, como al pasar, las berenjenas asadas con salsa de nueces.

La mejor postal de la hospitalidad de la gente del Cáucaso fue la noche del viernes, tres días atrás. Estábamos cenando en un restaurante cuando un local se acerca a Giani y se presenta. Le dice que lo reconoció por una foto que un amigo en común había publicado en facebook. Saludos y presentaciones. El vino comienza a llegar desde la mesa de al lado. Luego, una invitación a otro restaurante. De allí, a un boliche en el cerro, con una increíbe vista de la ciudad. Y por último, a una discoteca gay ambience donde había fiesta para rato. Nuestros anfitriones hablaban inglés, alemán y uno de ellos hablaba español porque - una vez más - su hermana veía las telenovelas de Natalia Oreiro. Nos trataron como amigos, nos hicieron sentir como en casa.

lunes, 26 de agosto de 2013

La última frontera

Armamos un viaje en taxi entre varios a Davit Gareja. Estuve un poco haragana con la búsqueda de infromación - navegar en internet en el hostel es como nadar en el barro - por lo que me sumé al trip asumiendo que iba a estar bueno pero sin tener mucha idea de a donde íbamos.

Salimos de Tibilisi el 25 de agosto a eso de las once de la mañana. Gia, nuestro chofer, había sintonizado una radio que estaba pasando clásicos de todos los tiempos. En Montevideo, siete horas hacia el oeste, era La Noche de la Nostalgia. Me acordé de María Laura y su Reíte, pensé por dónde andarían mis amigos.

En el auto íbamos unas siete personas, entre ellos Pedro, un portugués con quien ya habíamos compartido una fiesta de la que aún no di reporte. Me subí en el lugar del acompañanate, el trono de la reina, desde donde todo se aprecia con comodidad. Gia me indicaba los sitios importantes en el camino, con palabras sueltas en inglés y complementos en ruso, de los que yo a su vez entendía palabras sueltas. La comunicación era perfecta, eficiente, humana.

Llegamos al monasterio y lo recorrimos en pocos minutos porque allí viven monjes y solo se puede acceder al patio central del mismo. Esto era? pensé. El chofer nos había dicho que teníamos entre dos y tres horas. En fin. Comenzamos a subir la montaña. A los pocos metros nos encontramos con un hombre que venía de bajada. Intercambiamos algunas palabras en ruso, todo muy básico. Nos indica el camino a seguir, muy empinado, resbaladizo y poblado de víboras. Yo veía otro camino hacia la izquierda, más plano y abierto. Niet, insiste el hombre. Ok, hacia arriba entonces. Comenzamos el ascenso y siento que me llama. Diébushka! me dice, y sigue una larga explicación donde entiendo las palabras frontera, Azerbaijan e izquierda. Spasiba.

Luego de ese primer empinado y resbaloso trayecto, llegamos a una baranda de metal que nos obliga a doblar a la izquierda. Les digo a mis compañeros polacos que andaban por allí cerca que, si no había entendido mal, ese pasamanos de hierro era la frontera con Azerbaijan. A lo lejos aparece Pedro. Especulamos sobre el asunto, ¿sería la frontera? Nos tomamos de la baranda y continuamos el ascenso, ahora menos pronunciado y más abierto. En un par de ocasiones y a causa de alguna vegetación que podía albergar víboras, nos vimos en la necesidad de cruzar al otro lado, con las consiguientes bromas al respecto, ya que ninguno de notrosos estaba en condiciones de entrar a Azerbaijan sin visa.

Llegando a la cima de la montaña nos encontramos con un destacamento militar, es decir, cinco soldados con sus metralletas. Amables, simpáticos, apostados delante de la baranda y de un inenarrable escenario que se abría ante nuestra vista. Del otro lado y abajo, un manto verde dibujado con ríos angostos, cañones y lagos, y detrás más montañas y detrás más lagos. Azerbaijan.

La baranda de hierro continuaba hacia la izquierda, bordeando el precipicio. A lo lejos se veía una iglesia. Se puede visitar? pregunto. Hay muchas iglesias, me dice uno de los soldados. Nos indican que el camino es un circuito y que debemos seguir adelante. Continuamos, con la boca abierta o mejor dicho la mandíbula por el piso. Con precaución, también, porque la baranda deja de ser tal para convertirse en postes de metal clavados en la tierra. No hay barrera de contención y la caída es muy pronunciada.

A pocos metros del puesto de control comenzamos a ver cuevas. Pequeñas y naturales pero a su vez esculpidas en la roca con intervención del hombre. Más adelante encontramos altares y luego frescos, que resultaron ser de los siglos X al XIII. Toda la montaña era un gran monasterio. Esos frescos - muchos de ellos conservan sus vivos colores - han sobrevivido entre siete y diez sigos y aún estan allí, testigos del paso del tiempo, del transcurrir de la vida humana, de conflictos político - religiosos, de desastres naturales, del vuelo de las águilas en torno a las cumbres y del enterno parpadear de los astros.

viernes, 23 de agosto de 2013

How to get Georgia from Eastern Turkey

Este post pretende ayudar en búsquedas como "from Kars to Georgia" o "how to get Georgia from Eastern Turkey", por lo que debería estar escrito en inglés, pero se que google translator hará un trabajo decente y mientras tanto estaré ayudando al menos a los viajeros hispanohablantes.

Desde Kars hay dos formas de llegar a Georgia: tomar un bus hacia Hopa, en el noreste de Turquía, cerca de la frontera con Georgia, y desde allí otro a Batumi; o recorrer el camino que anduve yo. Un dato a tener en cuenta es que Georgia en turco es Gürcistan.

A las diez de la mañana me subí a una van hacia Ardahan en la estación de autobuses de Kars (la que está cerca del centro, al final de la calle Halit Pasa). El pasaje cuesta 15 TL (unos 7-8 USD). En un vehículo de 13 asientos (incluyendo el del chofer) viajamos 16 personas. El viaje es de una hora y media. La ruta está terrible pero en reparación, quizás en un futuro tome menos tiempo llegar allá.

La información que tenía era que al mediodía salía un bus a Tibilisi. En la estación de buses de Ardahan pregunté a una pareja de turcos que hablaba un poco de inglés y de francés. Con su ayuda, pude comunicarme con el chofer, quien finalmente nos llevó a mí y a ellos a la otra estación de Ardahan, al final de la calle Kaptan Pasa, muy cerca del centro de la ciudad (*). Allí le dijeron a mis intérpretes que el bus a Georgia ya había pasado, que había que esperar al día siguiente y que solo iba hasta la ciudad de Ahiska, desde donde se podía seguir viaje en otro bus a Tibilisi.

Finalmente, compré mi ticket a Ahiska por 40 TL y me hospedé en el Hotel Kura, a 100 mts de la terminal (35 TL single room).

Me levanté muy temprano, el bus salía a las 7 am. Fui a la terminal, no había nadie. A las 7 y 10 el bus no había pasado y la oficina estaba cerrada. Pregunté en un almacén. A través de señas y palabras sueltas, entendí que el bus salía desde otra terminal, una tercera, que quedaba cerca de allí, tomando la calle del costado y caminando unos 500 metros, hasta el final de la misma. Afortunadamente - porque de otro modo lo hubiera perdido - el bus venía de otra ciudad y llegó con una hora de retraso.

El paisaje, una vez más, hizo el viaje absolutamente disfrutable. Es un entorno rural bastante poblado, con muchos cursos de agua, pequeños, de lechos pedregosos. La ganadería es la principal actividad y se ve mucha gente trabajando en el campo. Y las montañas son imponentes. De hecho, para llegar a Georgia hay que atravesarlas (gente que sufre de vértigo: traten de llegar por otro lado).

Un poco antes de la frontera paramos en una gomería y allí el chofer nos pidió los pasaportes. En el bus íbamos unos pocos pasajeros. Recorrimos un corto trayecto y llegamos al puesto fronterizo. No había mucha gente y el trámite fue muy rápido. Bienvenidos a Georgia!

La ciudad de Ahiska queda a unos pocos kilómetros. Ahiska es su nombre en turco, en georgiano es Akhaltsikhe. El bus llega hasta allí. Eran las 12.30 hora turca y tuve que adelantar una hora el reloj para ajustarme a la de Georgia. A las 2 pm salía una van (marshrutkas) para Tibilisi. El ticket cuesta 12 lari y en la terminal hay un lugar donde cambiar dinero.

El viaje es de dos horas y media o tres. Estaba muy cansada pero intenté no dormir, el paisaje es espectacular: la ruta bordea las montañas siguiendo el curso de un río no muy caudaloso, atravesado por puentes cada pocos metros. Atrás quedaron las mezquitas, ahora hay cruces por todos lados. Junto a mi, un muchacho se persigna una y otra vez. Las mujeres ya no está cubiertas. La arquitectura es muy diferente, las casas son de otros materiales y colores. Granjas, árboles frutales, vacas que se atraviesan en la ruta con total displicencia... y el camino ya es lo suficientemente peligroso sin ellas!

Tibilisi apareció de golpe, como a la vuelta de un recodo. Pero no voy a hablar de la ciudad aquí, hay tiempo para eso. Una vez en la terminal, para llegar al centro hay que tomar el metro en la estación que está allí mismo (hay un cartel indicador con una M). Es necesario comprar una tarjeta. El primer tramo es exterior, luego se vuelve subterráneo. El vagón se sacude como la montaña rusa de Montevideo: parece que va a descarrilar en cualquier momento. Cinco paradas después: Freedom Square, sobre la avenida Rustaveli.

(*) Por si a alguien le resulta de ayuda (imperscindible hablar turco), estos son los datos de la compañía que hace el trayecto: Özlem Ardahan / Otobüs Isletmesi / Belediye Garaji / Ardahan / Tel 0478 211 35 68 - 211 62 78.