martes, 31 de diciembre de 2013

Hojas

Cuanto más esperes por el futuro, más breve será cuando llegue.

Aniushka, la perra de Voitek, está despatarrada a mis pies. Disfruta de la calma previa a las explosiones de fin de año, mientras yo ordeno y pongo nombres a las fotos de Varsovia, del Parque Real Lazienki y de los rastros del Gueto. Así de diversa es esta ciudad, así de profunda. No es posible ignorar los sufrimientos perpetrados y padecidos, hay alertas en cada esquina. Tampoco es posible dejar de saborearla, el presente vibra en otra clave.

Esta noche nos iremos a la Plaza Zamkowy a arrancar la última hoja del almanaque. De las anteriores, atrapo al vuelo algunas y me veo buscando la salida del puerto de El Pireo con Silvia en Atenas; fumando con Yotsko en la azotea de Plovdiv; tomando café con canela con Stanislava en el balcón de Veliko Tarnovo; cosechando papas con Carol en Cherven; haciendo dedo con Miha para llegar a Cabo Kaliakra; tomando cerveza con Ruggero y Rosa en el vagón comedor del tren a Kars ; y chacha con Giani en el mercado de Tbilisi; caminando por el Gran Cáucaso con Erika y Jiri; y con Voitek de regreso a Meghri, en el sur de Armenia, con las montañas iraníes como telón de fondo; despidiéndome por tercera vez de Jordi y Alberto en Yerevan; buscando las termas de Lixha con Carlos y Jonathan en Albania y jugando al pool con Jonathan en Sarajevo; tomando mate con Laura en Plovdiv, con Maja en Novi Sad y con Vesna en Uzice; cruzando el puente sobre el Drina con Vesna, Jasna y los niños en Visegrad y cocinando ñoquis para todos ellos; yendo al Arena de Belgrado con Christian y despidiéndome de Jonathan por cuarta vez en esa ciudad.

Que el 2014 los encuentre en el presente, el único lugar donde todo ocurre; y compartiendo amor, la única razón para estar aquí.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Ticket to ride

A Voitek y Piotr les gustan los juegos de mesa. Tienen uno que se llama Ticket to ride y que consiste en trazar rutas ferroviarias sobre el mapa de Europa. Como nunca se por dónde seguir viaje, acepté el desafío para buscar inspiración. Finalmente, cumplí con mi meta ─completé mi ruta, que resultó ser a Cádiz─ y además les gané por un montón de puntos.

Cada día salgo a recorrer Varsovia con el mapa en el bolsillo. El sistema de transporte es un lujo. Me compro un ticket que es válido por tres días y con el que puedo viajar en metro, ómnibus y tranvía. Hay una sola línea de metro, que corre paralela al Río Vístula y a lo largo de la Avenida Marszałkowska. La casa de Voitek está a dos cuadras de la estación Racławicka y llegar al centro me toma menos de diez minutos. He recorrido las principales avenidas de la ciudad: Solidarnosci (Solidaridad) ─que lleva el nombre de la organización sindical liderada por Lech Wałęsa en la década del 80─, Jerozolimskie (Jerusalem), Jana Pawla II y Andresa. Anchas y ordenadas, transitadas por autos, buses y tranvías y señalizadas hasta el empacho. He caminado por la elegante peatonal Chmielna y por la también glamorosa calle Nowy Swiat ─y su continuación Krakowskie Przedmiescie─ que atraviesa el centro de la ciudad y desemboca en Stare Miasto o Ciudad Vieja.

También he cruzado los puentes que conducen a Praga, el barrio más allá del Vístula, donde deambulé entre antiguas fábricas, barracones y edificios con fachadas que han perdido sus balcones y molduras. Dicen que en la época de la segunda partición de Polonia, cuando los imperios circundantes la borraron del mapa europeo, había un tren diario que unía Varsovia con San Petersburgo. El tren llegaba hasta Praga y frente a la estación se levantaba ─y allí se encuentra aún─ una imponente catedral ortodoxa, para que los rusos se sintieran como en casa.

En mis largos paseos, visité los dos principales cementerios de la ciudad, ambos sobre la avenida Okopowa y uno a continuación del otro: el Powazki, con su galería de tumbas de ciudadanos ilustres, y el Judío, con sus piedritas sobre el memorial dedicado a los niños. Varsovia es una ciudad homenaje: a los caídos durante el Uprising, a los deportados al Este, a los conducidos a los campos de exterminio.

A pesar de su historia, los polacos tienen un gran espíritu festivo. Así como de memoriales y monumentos, la ciudad está plagada de bares, restaurantes y clubes. He comido en restaurantes de comida tradicional polaca, asiática, africana y vegana. Y he tomado cerveza polaca, checa y ucraniana en bares que conservan el espíritu de la época socialista ─también he probado la versión vegetariana del pan relleno de salchicha típico de esa época─ y en discotecas con pista de baile al mejor estilo de John Travolta.

Varsovia tiene además una gigantesca y muy bien señalizada Estación Central. Desde allí salen trenes para los cuatro puntos cardinales. Seguramente no a Cádiz ─aunque la dirección suroeste me entusiasma, ya que este invierno primaveral no va a durar mucho tiempo─ pero sí a Cracovia, que tiene fama de ser una de las ciudades más bonitas de Europa.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Navidad III

De Gizycko volvimos en tren. Y en tren fuimos a Łapy, donde viven la madre y la abuela de Voitek. El viaje fue más corto, pero era 24 y el compartimiento iba completo: ocho personas y un perro. Los pasillos del tren también estaban llenos, así que nos fuimos al vagón comedor a tomar un herbata ─té en polaco─ y, unos kilómetros más adelante, unas cervezas.

Łapy, el pueblo natal de Voitek, queda cerca de la frontera con Bielorrusia. Algunas casas de madera, el monumento a los deportados a Siberia y el Parque Nacional Narwianski son las atracciones turísticas de una pequeña ciudad que en un principio parece no tenerlas. Sin embargo, estábamos allí para celebrar la Navidad y la familia materna de Voitek ─al igual que la paterna en Gisycko─ convirtió ese lugar perdido en una fiesta inolvidable.

Voitek me había hablado mucho de su abuela en Armenia. Me la imaginaba estricta y autoritaria pero también divertida. Seguramente haya sido y aún sea así con él. Lusha es además una señora adorable, expresiva y efusiva. Aunque nuestra comunicación estaba limitada por el idioma, siempre se hizo entender, generalmente para animarme a comer o beber un poco más, si eso era aún posible.

La Vigilia católica indica que no se debe comer antes de la salida de la primera estrella y que no se debe comer carne ─excepto pescado─. La tradición establece además que debe haber al menos doce platos diferentes en la mesa, contando entradas, platos principales, acompañamientos y sopas. La cena en lo de Lusha cumplía a rajatabla con el mandato: había variedad de pescados preparados de muy distintas formas, todos deliciosos.

De pie alrededor de la mesa navideña estabamos Voitek, Piotr y yo, Isa y Pavel, Lusha; Barbara ─hermana de Lusha─ y su esposo Marek; y Alicia, la madre de Voitek. Cada uno tomó un trozo de opłatek ─oblea─ y, desplazándonos en círculo, lo compartimos con los demás, intercambiando besos y bendiciones. Que nuestros deseos colgados en el árbol de Navidad se cumplan, me dijo Piotr. El día que llegué a Polonia lo habíamos armado con chirimbolos fabricados por nosotros con cartulina blanca: renos, pinos, flores, símbolos de todas las religiones y nuestros deseos para el 2014.

Svieti Mikołai también estuvo en Łapy. En Gizycko me había dejado unos guantes de lana forrados en franela. En Łapy, una bufanda, jabones naturales, chocolates, un juego de collar y pulsera ─que fácilmente le agregan medio kilo a mi mochila─ y las palabras de Lusha cuando nos despedimos: Come again next year.

Navidad II

El 21 nos fuimos para Gizycko, en los lagos del norte, cerca de la frontera con Kaliningrado ─ese pedacito de Rusia que está entre Polonia y los países bálticos─. Salimos de Varsovia temprano en la mañana en el auto de Isa y Pavel, hermana y cuñado de Voitek. Fueron unas tres horas y media de viaje atravesando las tierras planas de la región de Masowsze, donde parece que nada hubiera sucedido en años. Pueblos quietos, rutas angostas por donde transitan camiones que van a Lituania y Rusia. En Gizycko nos esperaba el resto de la familia paterna: Kristofer y su esposa Eva e Ivona y Marisha ─las otras hermanas de Voitek─ junto con sus maridos e hijos.

Cuando Voitek y yo nos despedimos en Armenia, yo aún comía carne. En los días posteriores y con Jordi y Alberto ─los ciclistas catalanes─ como testigos, comencé mi proceso hacia el vegetarianismo, que se fue afirmando con la ayuda involuntaria de Drágana primero y de Jonathan después. Mi familia es bastante tradicional y la mayoría de los platos típicos navideños tienen pescado, me dijo Voitek no bien lo puse al tanto de mi nueva dieta. No te preocupes, voy a comer todo lo que me sirvan.

Hablar de la Navidad en Polonia implica hablar de comida típica, ritos católicos, villancicos y vodka. Cuando llegamos, a eso del mediodía, nos estaban esperando con la mesa tendida y el primer shot de vodka. Luego de las presentaciones de rigor, nos sacamos los zapatos y nos sentamos a desayunar en la cocina. El desayuno consistió en café con leche, te y jugos, pan casero, manteca, queso, panceta, paté de jabalí, pepinillos en vinagre, ajvar ─está escrito en serbio, es una pasta de morrón que a veces lleva berenjena─, horseradish ─pasta de rábano picante─, ensalada rusa y gelatina de pollo y cerdo. Y una torta recién hecha, como postre. El pan, el paté, los pepinillos y la gelatina eran caseros. En la familia de Voitek todos son buenos cocineros, no por nada él terminó siendo chef de su propio restaurante.

Kristofer y Eva habían alquilado un apartamento para nosotros, ya que la casa paterna estaba sobre poblada. Allí fuimos a descansar y a prepararnos para la cena. Cuando volvimos estaba todo dispuesto en el comedor: platos, fuentes y vasos para el jugo y el vodka. En Polonia se brinda con las dos manos ocupadas: una con el shot de vodka y la otra con un vaso de jugo o un pepinillo. En Metadisco, una discoteca del centro de Varsovia, lo acompañé con una bebida gaseosa de la época comunista, con sabor a aspirineta. Lo importante es bajarlo con algo. Hay muchos tipos diferentes de vodka. En casa de Kristofer probé Krupnik, una variedad más dulce, preparada con hierbas.  

Nosotros, en nuestra familia, al vodka le decimos "the talent"─ me cuenta Marisha, porque saca a relucir nuestros mejores talentos.Y al menos uno de ellos es el de cantar villancicos a coro. Luego de la pantagruélica cena ─ganso con salsa de arándanos y peras; berenjenas asadas con crema de mayonesa, queso y hierbas; zapallo a la manteca; y macarroni con pesto de morrón─ Eva inició la ronda de canciones navideñas polacas. Para no dejarme afuera, Kristofer incluyó en el repertorio la versión en inglés de Noche de Paz, aunque yo me uní a ella con la letra de Sumo, que fue la primera que me vino a la mente. Sueña un sueño imposible, y terminarás cantando villancicos en el norte de Polonia.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Navidad I

Cuando Voitek me invitó a celebrar la Navidad con él en Polonia, estaba tan confundida que inmediatamente me compré el pasaje para no darme la chance de cambiar una vez más de planes.

El 15 por la noche me tomé el tren a Budapest. Finalmente pude conciliar el sueño y a las seis de la mañana un hombre me despertó en la estación. Enorme, brumosa, con poco movimiento a esa hora. Cambié cinco euros y me dirigí a la parada del metro. Siguiendo las instrucciones de Vesna, tomé la línea 2 hasta el cruce con la 3. Seguí viaje en la M3 hasta la estación final y allí busqué la parada del bus que me llevaría al aeropuerto. Mi vuelo a Polonia salía a las once de la mañana.

En Varsovia, Voitek me estaba esperando. Y en su casa, me aguardaba un dormitorio improvisado en la cocina, con una cama armada sobre casilleros de bebidas, junto al calefactor. De Voitek ya lo dije todo cuando escribí sobre los compañeros de viaje. Piotr, su novio, es un tipo cálido, sensible y muy divertido. Tiene una mirada franca, su mente viaja a la velocidad del rayo y cuando está cansado es el peor niño de la clase. Estuvo viviendo seis meses en España, por lo que sabe algunas palabras en español e incorpora las nuevas con rapidez.

Cuando llegué, Varsovia estaba ya vestida para Navidad en sus principales plazas y avenidas. Ni un copo de nieve a la vista. El clima benigno y la bufanda de piel y lana que Voitek y Piotr me regalaron para mi cumpleaños me permitieron recorrerla a piacere durante toda la semana. Palacios, museos, los rastros del Guetto... pero eso lo contaré después.

Finalmente recibí las instrucciones sobre las cenas de Navidad. El 21 nos iríamos a Gizycko, en los lagos del norte, a la casa del padre de Voitek. El 22 volveríamos a Varsovia e iríamos a una cena de Navidad con sus amigos, en la Ciudad Vieja. El 24 viajaríamos a Łapy, cerca de la frontera con Bielorrusia, a la casa de su abuela materna. Y el 25 por la noche regresaríamos a Varsovia a recuperarnos de todos los excesos de comida, bebida y villancicos que suelen acompañar las celebraciones de Navidad en la muy católica Polonia.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Belgrado

Segunda vez en seis meses que siento nostalgia. La primera fue en Georgia, en el medio de una indigestión. Pero hoy no fue la sopa de hongos. No se bien qué fue. Capaz que la caminata por la rambla que bordea el Danubio, o el sol que hoy por fin ilumina el centro de Belgrado, tan parecido al de Montevideo. Que me llegan invitaciones a despedidas de fin de año. Que es el cumpleaños del General y que después viene el mío. La lista podría ser muy larga porque a veces, como dice Sabina, nos sobran los motivos, pero de sobra se que con uno alcanza. También se que la sudestada, como en Montevideo, va a ser intensa y va a dejar la vereda llena de ramas, pero no va a durar más de lo que le lleva a un serbio reponerse de una resaca.

Volví del sur (Uzice, Mokra Gora y Visegrad) ayer jueves con la idea de hacer el walking tour por Belgrado hoy viernes al mediodía. Y llegué tarde al punto de encuentro, en Trg Republike. Trg, plaza. Tsrkva, iglesia. Krst, cruz. Srpski, serbio. Ayer Milo, un amigo de Vesna, me explicaba que en serbio, cuando hay una conjunción de varias consonantes, la letra r funciona como vocal, marcando el punto de quiebre en la palabra. En un improvisado recorrido por Bulevar Aleksander, me mostró el monumento a Vuk Stefanović Karadžić, el mayor reformador del idioma serbio. También estuvimos en un Club de Bridge, en un apartamento ubicado en un tradicional edificio de la ciudad, justo arriba de una Milonga; y en el bar Tortuga Negra, donde me contó de sus planes de irse a vivir a Siberia, a cuarenta grados bajo cero, mientras templábamos un poco la sangre con vino tinto caliente.

Belgrado me gusta mucho más de lo que hubiera esperado. Le iba a dar un par de días antes de seguir rumbo a Sarajevo, hasta hace dos semanas la perla de los Balcanes. Los Balcanes, sangre mezclada y revuelta, siempre espesa y vibrante, nunca del todo seca. A pesar de mis esfuerzos por parar y deshacer el bolso, aquí y ahora no hay nada que me retenga, motivo suficiente para seguir viaje.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Recreo

Serbia se recorre en trenes, al menos eso es lo que uno ve en las películas. Llegué Uzice desde Belgrado, luego de un viaje de cuatro horas entre montañas de bosques pelados cubiertas de nieve y muchos, muchos túneles. Atrás quedaron el apartamento de Drágana en Nuevo Belgrado, el barrio chino donde me compré una verdadera campera de invierno, el partido de básquetbol entre el Partisani y el Budivelnik de Kiev en el Kombank Arena, el bar del mexicano en la esquina de la mezquita y el ballet contemporáneo en el Madlenianum Opera House. También los edificios bombardeados por la OTAN que visitaré cuando vuelva, antes de tomarme el tren a Budapest.

Miro por la ventana. Me rodean colinas blancas, techos blancos, pinos blancos. Uzice es una pequeña ciudad cerca de Zlatibor, una de las montañas más famosas de la región. En 1941, los partisanos comunistas al frente de Tito derrotaron a los nazis y crearon la República de Uzice, probablemente el estado independiente de más corta vida en la historia: 67 días.

Estamos bajo cero, pero la casa es tan acogedora como la familia que me recibe. Vesna estuvo en Montevideo hace casi dos años. Es sociable, directa, independiente y habla español. Por la mañana tomamos mate con lo que quedó de la yerba Taragüi que trajo de Buenos Aires. Vive con su hermana Jasna y sus dos sobrinos. El mayor tiene dos años y me contesta que no a todo lo que le digo. Dice Vesna que le caigo bien.

La casa queda a dos kilómetros del centro. En el primer paseo, me tuve que comprar un par de botas que me permitiera transitar el nevado camino desde la ruta hasta la puerta de entrada. Duermo muy bien, me despierto más tarde de lo habitual y recuerdo lo que sueño. Vesna, Jasna y los niños son una muy buena compañía. El lugar flota en una bruma blanca y el tiempo parece haberse tomado un recreo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

La nieve estaba en Serbia

Primero aparecieron los ciervos, luego la nieve. Conforme el tren avanzaba, todo se iba poniendo blanco del otro lado del vidrio. Dos horas más adelante, estaba en el medio de una tormenta furiosa. Bajé en Stara Pazova, ya era de noche. Caminé entre las vías, la nieve caía muy suave sobre mi capucha de lana. Tuve que cambiar de tren dos veces antes de llegar a Novi Sad, la capital de la Provincia Autónoma de Vojvodina, en el norte de Serbia. En el último, paramos en el medio de la nada. Me dijo un pasajero que estábamos esperando por un tren que venía de frente, ya que dentro del tunel había una sola vía. Me vino a la memoria alguna película de Kusturica.

En Novi Sad, los árboles cargan la nieve sobre sus verdes y amarillas hojas. Es que el otoño fue muy benigno, dicen por aquí. Entonces, no alcanzaron a deshojarse antes de que la nieve llegara con todo su rigor. Busco un cajero automático, necesito denares serbios para pagar el ómnibus. Novi Sad es la segunda ciudad de Serbia, las distancias son largas y tengo que llegar al Campus Universitario donde viven los Couchserfers que me van a dar refugio. Camino con cuidado, el pavimento está resbaladizo. Evito pasar bajo los árboles, la nieve que se acumula en ramas y hojas cae con mucha más fuerza que la que se desprende del cielo. Me sonrío, me gusta lo que veo, me digo que por fin. Siento mucho frío.

Llego a lo de Maja. Vive con su esposo Voja y su hija Yenja. Grandes viajeros, recorrieron América Latina en dos largos viajes. La niña iba con ellos. Habla inglés y español y con ocho años ha visto más del mundo de lo que la mayoría verá en toda su vida. Voja me ofrece te o café y le digo que lo que realmente deseo es un mate. Saca un frasco con yerba argentina comprada en Siria y una colección de bombillas en miniatura que en Uruguay jamás vi. Me preparo el mate en una taza y como sustituto del termo uso el tachito con el que se prepara el café a la turca.

Voja es músico. Voy dos veces a ver a su grupo. Tocan jazz en diferentes bares de la ciudad. También voy con Maja a un centro cultural alternativo donde un grupo de veganos prepara una cena comunitaria. Allí me quedo charlando con una pareja de refugiados tunecinos. Sabrina es una activista de veinticuatro años requerida en su país por tener una página en Facebook con un discurso anti islamista. Con ella y Sami ─su pareja─ cruzamos el helado parque a orillas del Danubio, camino al centro de la ciudad. Son las diez de la noche, parecen las cuatro de la mañana. Siento mucho frío.

martes, 26 de noviembre de 2013

Zagreb

La estación está a dos cuadras del hostel, siento pasar los trenes. Cuando llegué a Zagreb, tomé un folleto en la oficina de información turística y me dirigí al hostel que creí más cercano, pero en el camino encontré otro. Entré. Estaba calentito. Me quedé.

Ahí nomás dejé mis cosas y salí a recorrer. El centro estaba a unas pocas cuadras. Bueno, no tan pocas, quince o veinte minutos a pie. Saqué la cámara de la cartera y me di cuenta de que era tiempo de buscar los guantes en algún lugar del fondo de la mochila. La guardé y volví a meter las manos en los bolsillos. No tengo muchas fotos de Zagreb.

En seguida pregunté por el Museo de las Relaciones Rotas. Lo descubrí por casualidad hace meses en un blog de viajes, cuando me dedicaba a buscar información sobre los lugares que visitaría. El origen del museo fue el final de una relación. Luego comenzó a alimentarse de las historias de los visitantes. Algunas son triviales, otras desgarradoras. Los motivos de la ruptura o la reacción frente a la misma ─ira o dolor─ son el leit motiv de cada sección. Las historias, contadas por uno de los protagonistas, acompañan al objeto que las representa. Hay peluches, zapatos, vidrios rotos, cartas, artículos eróticos, un álbum de fotos, carozos de aceitunas, un hacha, una novela autobiográfica.

Paso por el mercado, a media cuadra de la Catedral. También por una pekarna o panadería. Compro algunas cosas en el super, el hostel tiene una cocina bien equipada. Veo el pronóstico meteorológico y me procuro una casa en mi próximo destino.

lunes, 25 de noviembre de 2013

esLOVEnia

Cuando llegué a la bella Ljubljana me di cuenta de que estaba a punto de atravesar una frontera significativa: la que separa a los Balcanes del resto de Europa. Se nota en la arquitectura, en la señalización, en las rutas. Y en las iglesias con vistosas torres que asoman en cada uno de los pueblos que pasamos camino a las termas de Snovik, a Portoroz, a Pirán. Eslovenia es mayoritariamente católica.

Ljubljana significa amada. Cuenta la leyenda que la ciudad fue fundada por Jasón y los Argonautas, en su viaje de regreso desde la Colchis, o Mingrelia, las tierras de Marika ─la dueña de Zugdidi Hostel─, donde estuve hace casi tres meses. Estoy hablando de la muy exótica y salvaje Georgia, donde las rutas están llenas de animales sueltos. En Eslovenia los únicos animales que pueden llegar a cruzarse en el camino son los venados. Hay advertencias cada pocos kilómetros. Dice Miha que cada tanto se topa con alguno en los bosques cercanos a su casa, cuando sale a caminar.

Miha vive en las afueras de la ciudad, en una zona de granjas. Dos cosas me llaman la atención: los estantes de madera techados donde ponen a secar el heno para los animales y el césped cortado entre cada propiedad. Prolijidad, orden. La casa de Miha está bien calefaccionada. Usa una estufa a leña con termostato que alimenta unas cañerías que llevan el calor a todas las habitaciones. Me acuerdo de Yuro, el yugoslavo que instalaba estufas de cerámica refractaria en Florida.

Vamos al centro de Ljubljana y lo recorremos en una tarde. Es una ciudad a la medida de un caminante, aunque está llena de autos y es difícil encontrar donde estacionar. En cada esquina recuerdo que no debo bajar el cordón y mucho menos cruzar con la roja. La policía eslovena multa también a los peatones que infrigen las reglas de tránsito. Hay bicisendas y bicicletas para alquilar como parte del sistema de transporte público.

Eslovenia tiene tierras bajas anegadas y también montañas de más de dos mil quinientos metros. Tiene picos nevados y una costa de ensueño sobre el Mar Adriático. En Pirán los nombres de las calles están en esloveno e italiano. Parada en la proa de la Iglesia de San Jorge, el punto más alto del pueblo, disfruté de la fuerza del viento soplando en todas direcciones. Veo Trieste y me acuerdo de Ruggero, en el tren a Kars.

Volver a ver a Miha me focaliza de nuevo en Bulgaria. Los días en Varna fueron una parada necesaria. Como entonces, hablamos de planes presentes y futuros, de trabajo, religión y viajes. De relaciones humanas. De India, su eterno retorno. Del Río de la Plata.

Me quedaron muchas historias sin contar sobre Bosnia: el misterio del partido que nunca se transmitió en Mostar, las hileras de confesionarios en torno a la Iglesia de la Virgen de Medjugorje, el camino corto pero largo para llegar al castillo de Blagaj, los agujeros de balas en las lápidas del cementerio judío de Sarajevo, las ruinas de la Catedral Ortodoxa de Banja Luka. Ahora estoy en Zagreb, Croacia. De los Balcanes, solo va quedando Serbia y, si quiero hacer las cosas bien, la provincia autónoma de Vojvodina.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Radiofrecuencias

Voy en tren camino a Banja Luka, segunda ciudad de Bosnia y capital de la República Srpska. En mi compartimiento viaja una chica de unos treinta años que va camino a Zenica, a unos pocos kilómetros de Sarajevo. No se si es bosniak, serbia o croata, no soy capaz de distinguirlos, ¿alguien lo es?

Me cuenta que es radioaficionada amateur desde los diez años. Su padre tenía un equipo en su casa. Cuando la guerra, utilizaban ese equipo para comunicarse con otros pueblos. Eran los encargados de restablecer las broken lines. Me dice que en situación de guerra es el mejor sistema de comunicación. Solo necesitás tener el equipo transmisor-receptor y un alambre para construir la antena. Es fácil. Ahora es ingeniera eléctrica y trabaja para una compañía de celulares.

Luego de la guerra siguió practicando, al principio estableciendo comunicaciones con radioaficionados de otros países. Perdió el interés en esa actividad cuando descubrió la práctica de la radio orientación en los bosques, una competencia que consiste en detectar y seguir una señal (fox) en un territorio previamente delimitado ─utilizando un equipo receptor, un mapa y una brújula─ y correr para alcanzarla primero que el resto. La caza del zorro, sin zorros.

─Juegan en equipos?
─No, cada uno juega solo.
─¿Estás sola en el bosque? ¿Y los animales? ¿Y si te perdés?
─Así es el juego,
responde. Me he perdido, he tenido miedo y muchas veces luego de la competencia me he dicho que es la última, pero siempre lo vuelvo a hacer. En China sentí terror, los bosques de bambú son muy diferentes a nuestros bosques. Aquí en Bosnia es peligroso perderse porque aún hay minas en algunos lugares y, si bien están señalizados, si te perdés podés ir a dar a un terreno minado sin darte cuenta. Otra vez me encontré con un oso. Estaba muerto, pero no me di cuenta. Corrí tan rápido como pude y me salí del juego. Igual, hasta ahora nunca pasó nada.
─No podría hacer algo así.
─Yo no podría viajar sola.


Conoció a su marido en un bosque, ambos perdidos. El dejó de participar, le parece peligroso y ya no quiere hacerlo. Aún va a las competencias, pero solo para esperar que ella llegue.

La chica se baja en la estación de Zenica. Antes, me da el nombre de un club de montañismo en Sarajevo, por si vuelvo y quiero participar de alguna caminata. Seguramente no nos crucemos de nuevo, pero la charla me devuelve la paz. Siempre que sigo camino sola luego de un tramo en compañía de otro viajero, me pregunto ¿Y ahora qué? Las primeras horas me siento perdida, como en el bosque. Me pasó con el polaco, con los checos, ahora con el argentino. Afortunadamente, alguna situación se presenta, generalmente una charla donde encuentro un punto en común con un perfecto desconocido. Y más pronto que tarde la señal del zorro aparece.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sarajevo

Sarajevo está a quinientos metros sobre el nivel del mar y la casa de Oliver a ochocientos, arriba en la colina, aquella desde donde en 1992 el ejército yugoslavo sitió la ciudad. Cruzamos el Latin Bridge, donde fue asesinado el Archiduque Francisco Fernando de Austria el 28 de junio de 1914. Dos kilómetros y medio cuesta arriba, las primeras cuadras son muy empinadas. Escaleras y calles de adoquines, chalecitos a ambos lados, perros. Es medianoche, la luz corta la bruma. Atravesamos un cementerio musulmán. Tres calles de tumbas vigilan Sarajevo desde el más absoluto silencio.

Antes, fuimos a la exibición sobre Srebrenica, la ciudad donde en 1995 fueron asesinados ocho mil bosnios a pesar de haber sido declarada zona segura por las Naciones Unidas. Estaba cerrado, se nos escapó y quizás fue mejor así. La noche anterior habíamos visto No man's land, la película sobre un soldado bosnio y otro serbobosnio atrapados en una trinchera entre ambos frentes y la participación de los Cascos Azules en su rescate. UN, United Nothing, les dicen en Bosnia.

Tras la firma del acuerdo de Dayton que puso fin a la guerra en 1996, Srebrenica quedó dentro de la división llamada República Srpska, con mayoría de habitantes serbios. En el presente, Bosnia tiene un gobierno colegiado conformado por tres presidentes: uno bosnio, uno serbio y uno croata. El idioma oficial es el bosnio-serbo-croata, aunque en la República Srpska se habla y se enseña el serbio.

Desde la casa de Oliver se ve toda la ciudad pero ha llovido mucho y la niebla persiste. La planta baja es una gran habitación construida con gruesos tirantes de madera a la vista y piso de ladrillos. Hay una cocina a disposición de sus huéspedes. En la planta alta hay tres dormitorios, un baño y un altillo. Toda la casa está bien calefaccionada. Afuera, en la altura, el invierno ya llegó.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Bosnia

Escucho un resumen de entrevistas radiales a personalidades argentinas mientras veo el cielo cambiar de color sobre el relieve montañoso de Bosnia. El periodista pregunta Y vos quién sos? Las respuestas se parecen mucho más a una explicación del hacer o a una excusa que a la definición de uno mismo. Los entiendo... quién quiere o puede etiquetarse con un revoltijo de palabras? Y algo así me pasa ahora, intentando hablar de Bosnia.

Es linda, muy linda. Las montañas no son tan altas, los valles no son tan extensos, los montes no son tan tupidos, los ríos no son tan profundos. Ha llovido mucho los últimos días. Las tierras bajas brillan de verdes. Veo algunas parcelas de campo cultivadas, veo cabras. Paso por un pueblo cercado por paredes de roca, asentado a ambas márgenes de un río que salta y cae entre casas de piedra en ruinas.

El mini bus no lleva casi pasaje. Somos dos, o tres, o cuatro en algún tramo. Salgo de Trebinje a las dos y media de la tarde. Trebinje, cerca de la frontera con Montenegro. Una plaza arbolada, una ciudad vieja amurallada, una iglesia ortodoxa en lo alto de la colina, una mezquita en restauración, un mercado donde comprar un exquisito queso mantecoso y una paloma picoteándolo desde la boca de la bolsa.

Un día antes, en Niksic, Montenegro, escucho las historias de Radován, el dueño del guesthouse, tomando el café de la mañana junto con un shot de rakia. Aquí el problema no fue Serbia, me dice, sino los Americanos. Yugoslavia era una gran familia. También me muestra el diario con la foto de la inauguración del puente que él mismo construyó durante cuatro años, a unos pocos kilómetros de la ciudad. Este no lo destruye ni la OTAN, me dice y se ríe. Tiene ojos pequeños y mirada pícara. Me abraza cuando me voy.

Y a Niksic llegué desde Kotor, la bahía más hermosa de la costa montenegrina. Y a Kotor desde Ulcinj, también en Montenegro, que tiene un cementerio con vista al Mar Adriático. Y a Ulcinj llegué desde Gjacove, mis últimas horas en Kosovo. Los días caen como fichas pero no los cuento. Paro y sigo. Me muevo más rápido. A veces se dónde estoy yendo, a veces me pregunto hasta dónde y hasta cuándo.

martes, 29 de octubre de 2013

Kosovo, gente en obra

Qué se siente estar tan lejos? me pregunta un inglés en el hostel. Lo pienso un poco antes de responder. Le digo que en parte me acostumbré a estar lejos de casa y a vivirlo con naturalidad. Pero a veces siento como un pellizcón en el brazo y me doy cuenta de algo... por ejemplo, de que estoy en Kosovo.

En los balcanes, todo el que necesita desaparecer se va para Kosovo. Trata de blancas, tráfico de órganos y nada interesante para ver. Me lo dijo un macedonio. En Skopje, los macedonios desconfían de los albaneses. En Kosovo, los albaneses desconfían de los serbios. Siempre que haya una frontera o una ciudad dividida, alguien te dirá por allí mejor no vayas.

Kosovo es un país en construcción y reconstrucción. Casas, edificios, rutas, mezquitas e iglesias. La población es muy joven, el cincuenta por ciento tiene menos de veinticinco años. Cuando termina el horario escolar, las calles son literalmente tomadas por cientos de estudiantes. He visto más polleras cortas tableadas que faldas largas y velos en la cabeza, aunque la mayoría de la población es musulmana. El noventa por ciento de los kosovares es de origen albanés y en las calles se ven más banderas de Albania que de Kosovo.

Kosovo es del tamaño del Departamento de Florida. Llego a Pristina en ómnibus desde Skopje. En la frontera le pregunto al oficial de aduana si es posible que no me estampen el pasaporte porque tengo planeado ir a Serbia. Me responde que sí, pero me aclara que no problem with Serbia now. En marzo de este año, ambos países iniciaron un proceso de acercamiento y hay quienes dicen que eso culminará en el reconocimiento de la República de Kosovo por parte de Serbia. Mientras tanto, Kosovo se muestra agradecida a los más de cien países - entre los que no está Uruguay - que han apoyado su declaración de independencia, efectuada el 17 de febrero del año 2008.

No obstante, la minoría de serbios que vive en Kosovo no se resigna a la separación. Mitrovica, en el norte del país, es una pequeña ciudad dividida por el Río Ibar y por los problemas étnicos entre kosovares albaneses y kosovares serbios. En la cabecera del puente, del lado albanés, una patrulla de carabinieri controla el paso. ¿Se puede cruzar? Por supuesto─ me responden con acento italiano. La otra cabecera está cerrada con un montículo de escombros. Detrás, banderas serbias abren paso al lado norte de la ciudad. El albanés con sus vocales con diéresis deja paso al alfabeto cirílico y el euro ─la moneda de uso en Kosovo─ cambia por el denar serbio. Leo Boicot 3 Noviembre en carteles y pintadas. Pregunto qué está pasando. No queremos votar en las elecciones locales─ me responden. Los kosovares serbios fruncen las caras cuando hablan de sus vecinos albaneses. Les tienen rechazo. En el lado sur, me dicen que jamás cruzan el puente: los albaneses aún sienten miedo de sus vecinos serbios.

Ando con tranquilidad por Pristina, Mitrovica y Prizren, incluso de noche. Corto camino metiéndome por calles que no conozco. Encuentro algunas casas que no terminaron de caer. El resto tiene olor a nuevo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Skopje

Drágana vive en el barrio Aeródromo, a pocos minutos del centro de Skopje. Hasta allá vamos caminando con Marija ─su compañera de apartamento─, bordeando el Río Vardar. Estamos a fines de octubre pero la temperatura durante el día alcanza los veinticinco grados. Junto al río hay una ramblita para peatones y bicicletas. El agua parece limpia, aunque Marija me aclara que varias industrias químicas vierten sus desechos en ella. Más adelante veo las chimeneas, también los ranchos de chapa de los gitanos.

Es difícil hablar de la ciudad sin hacer mención al plan Skopje 2014, un proyecto de remodelación de espacios públicos impulsado por el gobierno que incluye la construcción de varios museos ─como el Museo de la lucha de Macedonia y el Museo Nacional de Arqueología─, varios monumentos ─entre los que destaca el Monumento Guerrero a Caballo, que representa a Alejandro Magno─, galerías de personalidades macedonias de la antigüedad y de la época contemporánea, y hasta un Arco del Triunfo. La búsqueda de una identidad nacional macedonia se ve reflejada en este esfuerzo, así como en las disputas con Grecia por el nombre de país ─formalmente y en virtud de un acuerdo alcanzado en 1995, el nombre es Ex República Yugoslava de Macedonia─ y por la figura de Alejandro Magno.

Uno de los lugares más pintorescos de Skopje es el Old Bazar, donde destaca la arquitectura del período otomano. Al cruzar el antiguo puente de piedra que lleva a esa zona de la ciudad, se hace evidente la presencia de musulmanes albaneses: Skopje se encuentra virtualmente dividida en dos, a ambas márgenes del Río Vardar, con mayoría de macedonios del lado moderno y de albaneses del lado antiguo.

Lo mejor de Skopje fue vivir con Drágana, Marija y Bale. Ellas son del interior del país y comparten apartamento mientras terminan sus respectivas carreras. Bale se queda dos por tres a dormir. Tiene todo su equipaje en el auto, busca casa, busca el rumbo. El desayuno es café negro y fideos a eso de las doce. La cena es a las siete, home made o delivery. Entre medio se fuma, estudia y juega tabla.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Tirana, frívola y casquivana

La frase del título no es mía sino del porteño y es más un juego de palabras que el espíritu de la ciudad. Pero, por error, terminamos en Trip'n'Hostel, que resultó ser un buen lugar para alargar la estadía. Y nos decepcionamos con el Museo de los Mosaicos pero, en su búsqueda, salimos de los confines del centro. Y atravesamos gran parte de la ciudad para llegar al aerocarril que sube el cerro, solo para descubrir que los lunes cierra por mantenimiento. Y llegamos al mercado al final de la calle Zogu cuando todos los puestos estaban cerrados, aunque luego encontramos otro detrás del hostel. Tirana se reveló a su gusto, caprichosa ella pero bonita, amigable, buena onda.

La gente habla si uno le pregunta y también habla porque quiere. Frente al Museo de Enver Hoxha ─dictador comunista que gobernó el país entre 1944 y 1985─ conocido como la pirámide y en estado de abandono, entablamos charla por primera vez y recibimos las primeras impresiones sobre la situación de Albania. Cerca de nosotros unos chicos cruzan una rampa y hacen sonar una campana construida con balas fundidas. En otro momento y lugar, un verborrágico albanés multilingüe que arrastra una valija desde el mercado, se despacha con la historia de su país y la suya personal, entre viajes a Italia con pasaporte falso y familiares buscando mejor suerte en Grecia o Alemania.

La ciudad me gusta. No es pintoresca como Plovdiv ni cautivante como Tbilisi pero tiene un corazón que late. Me divierte disfrutar de ella sin pretensiones: ir a dar al Estadio y tomar un te junto a la puerta que da al palco; almorzar un popurrí vegetariano en una cantina mirando el Florentina - Juventus; descubrir que la boletería de la Opera, la caseta de venta de tickets para el fútbol y la puerta del Castillo de Tirana en el centro histórico, están siempre cerrados.

Arrastro una gripe desde Yerevan. En el hostel, un francés me prepara un te con miel y ron, a ver si logro pasar bien la noche. Dice que le gusta mucho Albania y que si encuentra una novia se queda. Steve, de Taiwan, sigue para Tel Aviv. El mexicano se fue para Montenegro dos días atrás. El porteño va camino a Shkoder. Me gustaría ir a Durres pero no quiero ir sola, por lo que me resuelvo a volver a Skopje, a lo de Drágana. Todavía tengo una gripe que curar y un par de museos que recorrer.

Me tomo el ómnibus a Sopje a media tarde del día siguiente. La señalización es mala y me cuesta saber por donde andamos, pero tanta agua solo puede ser el Mar Adriático y el puerto que veo desde la ventanilla del ómnibus solo puede ser el de Durres. Desde allí hacia el sur, desando el camino a Albania, que apareció y se esfumó como por encanto, como una moneda en la mano de un mago.

lunes, 21 de octubre de 2013

Albania

El porteño se iba para Albania con Carlos, un mexicano que había llegado al hostel. ¿Y tu no vienes?─ me dice. Por haber hecho trampa ─cuando escribí el post anterior ya tenía decidido volver a Skopje─ terminé en Albania, el único país de los Balcanes al que estaba segura que no iba a viajar.

Jonathan es el típico porteño: es un apasionado del fútbol, habla en lunfardo todo el día y piensa que Uruguay es una provincia argentina. Pero no solo compartimos el idioma sino otros códigos: él se puede reír con Tiranos Temblad y yo con Capusotto. Carlos es un mexicano que emigró hace dieciocho años. Está radicado en Afganistán, donde trabaja para una ONG. Es muy tranquilo y buena onda. Y entre huevón y boludo, ahí vamos.

Salimos de Ohrid por la ruta que bordea el lago hasta el Monasterio de San Nahum. Desde allí nos dirigimos a la frontera, hasta ahora la única en la que me revisan el equipaje. Paramos en la primera ciudad albanesa a cambiar dinero y ubicarnos en el mapa. Vamos camino a Lin.

Lin es un pueblito que está justo enfrente de Ohrid, en la margen opuesta del lago. Nos metemos con el auto por sus callejones y nos damos de lleno con el idioma albanés al pedir permiso para estacionar el auto o preguntar hasta donde llega la calle. Algunos hablan además algo de italiano, otros macedonio. Desde la vía principal caminamos por un angosto pasaje que desemboca en el agua. Detrás de las casas hay pequeños muelles y botes amarrados. Algunas personas reman hacia el centro, otros pescan. Lin es aún más tranquilo que Ohrid, más pequeño, más básico. Hay un par de guesthouses y ningún restaurante donde comer. Carlos y Jonathan juegan un picadito con unos chicos. La doña con su pañuelo en la cabeza, medias y chancletas pone cara de disgusto porque quiere pasar. En un rato ya no hay más para hacer, aunque Lin es uno de esos lugares en los que uno se podría quedar indefinidamente.

Jonathan está empecinado en visitar las termas de Llixha, lugar que no figura en la Lonely Planet y del que sólo tenemos noticias por una chica taiwanesa que pasó por allí. Queda no muy lejos de Elbasan y hacia allí nos dirigimos. La ciudad no impresiona pero a poco de recorrerla van apareciendo lugares interesantes, rincones, detalles. La noche cae muy rápido luego de las cinco de la tarde. Es viernes y la peatonal está llena de gente.

Por la mañana nos dirigimos hacia las termas, aún sin saber exactamente a dónde vamos y con qué nos vamos a encontrar. Paramos en una esquina y pedimos indicaciones a un veterano. De repente son tres hablando entre ellos y dibujando garabatos en albanés, italiano y macedonio. Con esas referencias logramos salir de la ciudad y encontrar el cartel indicador: Llixha, 10 km. Nos perdemos en un cruce pero a cambio descubrimos la zona rural de Elbasan. La gente acostumbra colgar de las fachadas muñecos de peluche o macacos vestidos ─al estilo del Judas─ para ahuyentar las malas ondas. El camino a Llixha está lleno de ahorcados.

Llixha no es un pueblo sino una zona de hoteles con aguas termales. No puedo hablar de todos ellos porque solo visitamos uno: el lugar tiene aspecto de colonia de vacaciones frecuentado por gente de la tercera edad. El agua mana de la montaña a más de setenta grados y llega a las bañeras a unos cuarenta y cinco. Los baños no pueden exceder los diez minutos por los gases que despiden las aguas. Los compartimientos son individuales y la losa de las bañeras está percudida por los minerales.

Mientras Jonathan descansa en una camilla luego de su baño, Carlos y yo conversamos con un albanés que habla italiano. Estamos sentados en un bar frente al edificio principal. En el parque, cuatro veteranos conversan al sol. Otros juegan dominó. Dos mujeres tejen bajo una sombrilla de paja. A lo lejos, junto a un hilo de agua que baja del cerro, una mujer se coloca barro sobre las piernas.

Carlos tiene pocos días para recorrer los Balcanes, el tiempo apremia. Seguimos hacia Tirana, todavía nos queda un trecho. Cadenas montañosas y verdes bosques. Los autos transitan por la nueva autopista que corta drásticamente el paisaje y se dirige en línea recta hacia la capital. Somos los únicos viajeros surfeando la cresta de la montaña.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sur, Ohrid y después...?


Ayer jugó Uruguay contra Argentina por las eliminatorias y pude haber visto el partido con un porteño muy macanudo y gran viajero que conocí en el hostel, pero era tarde, o no me animé, no se. Y me lo vine a encontrar justo aquí, en esta preciosa ciudad junto a uno de los lagos más antiguos del mundo, de aguas límpidas, rodeado de sierras ─o de montañas, pero parecen sierras─ boscosas, con árboles de hojas multicolores, con una rambla por donde caminar a paso lento y bancos donde sentarse a tomar mate. Nostalgias del paisito.

Cada vez que me preguntan qué lugar me ha gustado más de todos los que he visitado en este viaje, contesto que me es difícil elegir. Pero creo que a partir de ayer, ese lugar es Ohrid. Calles empedradas, casas con techos de tejas, antiguas iglesias, restaurantes de comida macedonia e italiana, pescadores, un pequeño puerto para embarcaciones de recreo, el sol reflejándose en el lago de aguas mansas y cristalinas. Sin estridencias ni extravagancias, la arquitectura es armónica. A nadie se le ha ocurrido arruinar la ciudad con una torre. El clima es moderado, aún hace calor por las tardes y el frío de la noche es soportable. Claro que todo esto lo podríamos encontrar en muchos lugares a lo largo y ancho del mundo, pero Ohrid tiene una atmósfera especial, verdeazulada, brillante y profunda como su lago.

Antes estuve en Vítola ─la segunda ciudad del país─ y en Skopje, la capital ─ya tendré tiempo de escribir sobre ella─. Pero no quiero avanzar en los relatos sin compartir primero un comentario de mi hermana Analía: Propongo que podamos votar por el siguiente destino; sería como transformarlo en un libro multiaventura, o algo así... Bueno, es requisito fundamental que mis tímidos lectores se expresen al respecto, ya sea dejando un comentario en la entrada o enviándome un mail. Si alguien se anima, pido que la sugerencia esté justificada.

Desde Ohrid veo tres posibilidades: ir hacia Lazarat, en Albania, a visitar sus famosas plantaciones de marihuana; volver a Skopje y desde allí salir a recorrer el este de Macedonia junto con Drágana y sus amigos; ir a Plovdiv, en Bulgaria, a saludar a los chicos de The Crib y recuperar el mate que dejé olvidado tres meses atrás. Sur, Ohrid y después...?

jueves, 10 de octubre de 2013

Primera nieve

Vine a Europa con la idea ─entre otras─ de esperar y quizás pasar aquí el invierno. Un desafío un poco excéntrico, teniendo en cuenta que lo detesto. Y el otoño apenas empezó, pero esta última semana en Yerevan el termómetro se desplomó y puso a prueba mi equipaje, peparado para resistir temperaturas de hasta diez grados.

Hoy al mediodía me tomé la marshrutka de Yerevan a Tibilisi. En el camino pude ver el famoso monumento al alfabeto armenio; antiguas ciudades industriales con sus interminables hileras de edificios; algunos pueblos con casas de techos azules, recostados en las montañas peladas del norte; y la primera nieve. La carretera cruzaba el plateau y, a ambos lados, no muy lejos, los picos brillaban bajo el sol de la tarde y la nieve se derramaba por entre los surcos de la montaña, como la espuma del café con leche, llegando hasta casi el borde de la ruta.

lunes, 7 de octubre de 2013

Yerevan

Desde Yerevan, en viajes de poco más de una hora se puede llegar a dos de los más emblemáticos centros religiosos de Armenia: la Catedral de Etchmiadzin y el Monasterio de Geghard. Junto con la travesía al sur, fueron mis únicas salidas de la ciudad, pero es hora de partir ─tengo un vuelo dentro de tres días─ y aún no escribí nada sobre ella. Quiero hacerle justicia con las palabras adecuadas.

Yerevan es la gente en la calle el Día de la Independencia que celebramos con Voitek, Evelina y Jack. Yerevan son los bares en Cascada ─esas escalinatas adornadas con excéntricas esculturas─ donde fuimos tantas veces a tomar cerveza Kilikia con Steven, Voitek y Artur. Son los restaurantes que recorrimos con Jordi y Alberto buscando diferentes sopas y ensaladas sin cilantro, y los clubes de salsa donde perdimos y encontramos a Alex, el astrofísico alemán danzarín y con acento castizo.

Yerevan es la ciudad sin Ciudad Vieja, de amplias y arboladas avenidas de trazado uniforme. Los edificios se parecen unos a otros. Anchos, altos, prismáticos y de ladrillos color rojizo, rosado y marrón, albergan tanto un ministerio como un hotel, un centro de estudios o un conjunto de viviendas.

Yerevan es también la vista del Monte Ararat desde el Memorial al Genocidio Armenio.

Yerevan es la amabilidad de su gente, las mujeres maquilladas y con tacones altos, los hombres con pantalón de vestir y zapatos en punta, los semáforos indicando el tiempo restante para cruzar la calle, los Lada y los Mercedes Benz, las luces verdes alumbrando los árboles por la noche, los callejones que van a dar al medio de la manzana, los manuscritos antiguos del Matenadaran y la muy sexy plaza Uruguay.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Compañeros

Viajando y viajando voy conociendo gente y haciendo amigos. Todos tienen un lugar en mi corazón, aunque debo reconocer que algunos ocupan más espacio: cada tanto, aparecen compañeros de ruta con quienes uno vibra en la misma sintonía.

He pasado días enteros sin ninguna compañía en diferentes lugares. En esos momentos, descanso, de alguna manera me preparo para la próxima aventura. Porque a los compañeros no es posible buscarlos. Las almas hermanas andan por todos lados y aparecen solas, así como el viento junta las hojas. Y así mismo, el viento las barre y las dispersa.

¿Y cómo es para mí un buen compañero? Bueno, sin dudas tiene que compartir la botella de agua sin temor a los gérmenes, abrazar con calidez, preguntar sin miedo, comunicarse con asertividad, estar dispuesto a cambiar los planes ─tanto para ir hacia adelante como para dar marcha atrás─, seguir las migas de pan que aparecen en el camino y despedirse con sencillez.

martes, 1 de octubre de 2013

Syunik, la tierra pródiga

Tengo que decir que conformarnos con no haber ido a Irán nos lleva unos cinco minutos. Panza llena, corazón contento: ordenamos un pollito de los de verdad, cien por ciento orgánico, con una ensalada de tomates, pepinos, cebollas y cilantro ─todo tiene gusto a cilantro en Armenia, estoy empezando a odiarlo─ y unas jarras de cerveza.

Pagamos una cifra sideral por el almuerzo ─por no preguntar antes─ y salimos del restaurante en busca de la casa de Marieta Azatyan, la dueña del B&B de Meghri, que resulta estar camino arriba, en la colina. Nos recibe con té, higos y apricots en compota. Las habitaciones están en el segundo piso. Toda la planta tiene una galería alrededor, con ventanales que dan al jardín y una espléndida vista de las montañas rojas tornándose marrones conforme avanza la tarde.

Salimos a recorrer el pueblo y unos metros más abajo nos encontramos con unos chicos junto a un ruinoso camión. Les pedimos una foto, a la que acceden sonrientes. Les preguntamos cómo llegar a la iglesia abandonada y se ofrecen a llevarnos. Loris es gordito y morocho. Bahe es flaco, alto y rubio.

La tal iglesia ─que habíamos visto desde la ruta cuando íbamos camino a la frontera─ fue destruida por un terremoto. No obstante, la gente sigue utilizándola: el altar está lleno de fotos, velas y fósforos. Bahe nos cuenta ─si es que entendemos bien─ que desde esa iglesia se accede a un pasaje subterráneo, que en el pasado fuera utilizado para huir de los turcos.

A partir de allí, Bahe y Loris nos guían a través del pueblo, un verdadero Jardín del Edén. No hay fruta o verdura que en él no se cultive. Más tarde sabríamos por Erik, el hijo de Marieta, que las condiciones climáticas de Meghri son excepcionalmente buenas para el cultivo de todo tipo de frutas: apricots, higos, granadas, manzanas, uvas, peras, bananas, kiwis... Bahe nos lleva entre quintas y frutales, dándonos a probar de cada árbol y diciendo su nombre en armenio y ruso. Probamos por primera vez el karalievski o karaliok, una fruta del tamaño de un durazno pero con la piel lisa como la de la manzana, con la consistencia de la pera, de color naranja rojizo y muy dulce.

Conforme subimos entre casas, huertos y jardines, nos acercamos a la cima de la colina. De repente, salimos a un promontorio pelado, con una vista de 360 grados de las montañas, algunas aún rojas en sus cumbres. El sol cae muy rápido y comienza a hacer frío. Los chicos nos proponen seguir un poco más. Trepamos agarrados a un caño de agua, el terreno no esta firme. Antes de sujetarme de alguna piedra, pregunto a Bahe si hay víboras por allí. Primero me dice que no, luego me dice que unas pocas. Me olvido de las piedras. Nos ayudamos entre todos para no derrapar. Unos metros más arriba, encontramos un cubículo de lata. Es la casa del hermano de mi amigo, la usa para jugar a las cartas y tomar alcohol, dice Bahe. El club de Tobi, pienso yo.

La noche termina en un bar, unas vez más, con unas cervezas, y en lo de Marieta, compartiendo cerveza y vodka casera con Erik. Del bar a la casa, caminamos en completa oscuridad bajo la Vía Láctea. Hablamos de las galaxias viajando a velocidades que están fuera de nuestros humanos parámetros y de la ciencia y la espiritualidad llegando a las mismas conclusiones sobre la naturaleza del universo.

Al otro día por la mañana, nos dirigimos a la parada de la marshrutka. Nueve horas de viaje a Yerevan. Teníamos dos asientos reservados desde la tarde anterior, pero nos toca viajar en dos banquitos de madera, en el pasillo del vehículo. De vuelta a la terrena realidad, elegimos pagar el precio con estoicismo y buen humor. Cruzamos Syunik una vez más y nos despedimos de cada uno de los ahora familiares paisajes de esta tierra ignota, encantada, vacía y pródiga.

Syunik, la tierra vacía

David va camino a Irán y Voitek y yo no hacemos más que envidiarlo. Ambos hemos conocido iraníes que nos han animado a visitar su tierra. Manejamos la idea de solicitar una visa de tránsito en la frontera, aunque todos sabemos que no cumplimos con los requisitos necesarios, el principal de ellos, un pasaje desde Irán hacia un tercer país en los próximos cinco días.

Con un cartel en la mano que dice Meghri en inglés y en armenio, nos dirigimos hacia la salida de Kapán. Nos para un taxi que primero ofrece llevarnos gratis hasta la siguiente ciudad, luego cambia la oferta por 1500 drams, luego ofrece llevarnos hasta Meghri por 7000 drams y finalmente, terminamos pagando 8000 por ir directo a la frontera. No es un mal precio, el camino es largo y sinuoso.

Para nuestra sorpresa, la ruta está en muy buenas condiciones. De a ratos, Voitek siente impresión, por no decir miedo, frente a las abruptas y profundas pendientes al borde de la carretera. Tanto David como yo hemos recorrido los angostos caminos de tierra para llegar a Machu Picchu - donde más de una vez uno se siente con las ruedas en el aire - por lo que nos damos el lujo de reirnos del susto de Voitek. A pesar del constante tránsito de camiones iraníes y de las cerradas curvas, disfrutamos de los 100 kilómetros de paisaje verde-boscoso primero, marrón-rocoso más hacia el sur, salpicado de blanco en las cumbres hacia el oeste.

Nuestros choferes no son muy amables, no entablan conversación - a esta altura el idioma no es un problema - y uno de ellos discute por celular todo el tiempo. Broma va, broma viene, cuando los militares nos paran en el medio de la nada para tomarnos los documentos, David y Voitek sienten que estamos seguros. Siempre es mejor que nuestros nombres consten en algún lado, dicen. Es que de Kapán a Meghri no hay nada. No hay pueblos, ni gente, ni mucho menos tránsito turístico - autos, excursiones, hitchhickers -, tan solo una mina de oro, un conjunto de viviendas para los trabajadores y los camiones iraníes que vienen y van. Estamos parados en la ruta, el destacamento está compuesto por unos diez soldados armenios. Se toman su tiempo para revisar nuestros documentos y tomar nota. Hablan entre ellos. David y Voitek estiran las piernas, se ríen. Las mías tiemblan, solo quiero seguir viaje.

Llegamos a Meghri, el auto atraviesa lo que parece el centro de la ciudad y toma una calle que desemboca en una ruta bordeada por un alto alambrado. Nuestro chofer señala las montañas a nuestra izquierda, a unos 300 metros, del otro lado de los alambres de púa. Irán. Como por arte de magia, los árboles desaparecen. Del otro lado de la frontera, el horizonte es una gráfica, un electrocardiograma de piedra rojiza. Y miro hacia el fondo y el dibujo se repite, difuminado por el intenso resplandor del sol. No hay una sola nube en el cielo.

Entramos a la oficina. David insiste en que hagamos la prueba. Yo insisto en que no tenemos la más mínima chance. No obstante, paso mi mochila por el detector. Saludamos con un gesto al oficial, cruzamos la puerta. Del otro lado, solo queda estampar la salida de Armenia. Voitek me ayuda a resolver la situación. No querés ir, no lo hacemos. Nos despedimos de David. Vamos tras nuestros pasos. La puerta está trancada. El oficial nos abre con cara de ¿qué pasa? Decidimos quedarnos en Armenia, respondemos.

Ya afuera del edificio, comenzamos a caminar en dirección a Meghri. Tres días cruzando Armenia, descubriendo esta magnífica tierra. Estamos solos. Recuerdo la pregunta que me hice al llegar, acerca de qué tanto tráfico habría en la frontera con Irán. En tres meses he cruzado varias fronteras terrestres, ninguna como esta. Aridez, soledad, silencio. Sopla un aire tibio, aire al fin.

Un taxista nos para y nos advierte de no sacar fotos. Los rusos, nos dice. Entre medio de la aduana armenia y  la iraní hay un destacamento ruso que aún custodia los bordes del artiguo imperio. Guardamos nuestras cámaras y nos subimos al taxi. Todavía nos queda descubrir Meghri.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra encantada

Nuestro chofer nos pasa a buscar puntualmente. Es un hombre de pocas palabras. Los asientos de su Lada tienen un tapizado parecido al de los sillones de Marieta. Son suaves, mullidos y multicolores. Voitek y David se suben en el de atrás y yo en el del acompañante. Nos dirigimos a Zorats Karer.

La noche anterior habíamos dado un paseo por Goris, ciudad enclavada en medio de pintorescas formaciones rocosas, similares a las que se pueden ver en Capadocia. En nuestro peregrinar por sus calles, nos encontramos con unos niños que se ofrecieron como guías. Subiendo el cerro, descubrimos que los recovecos en las rocas eran usados como establos y depósitos. Más arriba encontramos el cementerio del pueblo y sus tradicionales sepulcros, las imágenes de los difuntos labradas en la piedra, descansando bajo las sombras del atardecer.

Zorats Karer es, según algunos, un antiguo observatorio astronómico y, según otros, un conjunto de tumbas. Para unos neófitos como nosotros, un lugar maravilloso, una planicie entre montañas donde el viento sopla con intensidad, un círculo de piedras con una mística especial, una excusa para filosofar un rato y una oportunidad para meditar o rezar. Estamos solos, con excepción del chico de la tienda de souvenirs, que tiene la radio del auto con un electropop al mango.

Camino a Tatev, me dicen que el aerocarril para llegar al monasterio mide unos 5700 metros y que atraviesa tupidos bosques que crecen a ambos lados de un profundo cañón. Me impresiona un poco, por lo extenso, pero confío. El complejo Alas de Tatev - moderno, limpio, elegante - ha sido financiado por uno de los tantos armenios ricos que componen la diáspora y que gustan de invertir en su patria de origen. Y de las veinticuatro personas que subimos al aerocarril, la mayoría son armenios residentes en Los Ángeles, muchos de ellos en Armenia por primera vez.

Tatev es uno de los monasterios más visitados del país, fundado en el siglo IX y ubicado al borde del cañón. La sabiduría popular dice que el nombre está relacionado con jóvenes mujeres que saltaban desde ese lugar para evitar ser capturadas por los turcos. Ta Tev, en armenio, significa Dios, dame alas. La historia, sin saber si es cierta, me estremece. Muchas de las habitaciones de piedra del complejo dan al vacío. Debajo, solo rocas y árboles multicolores.

De vuelta en nuestro Lada, ponemos rumbo sur hacia Kapán, la capital de Syunik. El camino discurre entre montañas boscosas, esos bosques que antes sólo había visto en películas, con el suelo tapizado de hojas y claros entre los troncos. Un bosque encantado cualquiera. Como los de los hermanos Grimm, dice Voitek. De a ratos, el auto se mete en túneles formados por las copas de los árboles. Voitek va en silencio. David duerme. Yo no me pierdo de nada, ni de una hoja amarilla o roja o verde de todas las que me rodean.

Llegamos a Kapán a media tarde. Nuestro chofer nos deja en la puerta del hotel, un edificio alto frente a la plaza. La ciudad es de tipo industrial, con bloques de apartamentos en diferentes tonos de marrón rojizo, igual que en Yerevan y en la mayoría de los pueblos que cruzamos. Un río baja de la montaña y sobre él los vecinos han construido sus propios puentes para llegar a sus casas, recostadas en la ladera. Caminamos calle arriba, hasta llegar a un lago artificial con lanchas de fibra de vidrio, como las del Parque Rodó. Junto al lago, una ceremonia oficial tiene lugar al pie de un monumento. El sol baja rápido tras las montañas, la hora de la cena se confunde con la de un almuerzo tardío.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Syunik, la tierra ignota

Something bad happened, me dijo Voitek, we missed the marshrutka to Nagorno Karabakh. No supe que decir frente a tal imprevisto, pero tampoco me alteré demasiado. Podíamos ir a Goris, una ciudad en la región de Syunik en el sur de Armenia, pasar la noche allí y seguir camino al día siguiente.

Nagorno Karabakh es un territorio en disputa que oficialmente pertenece a Azerbaiján, pero autoproclamado independiente en 1991 - aunque no reconocido como tal por la comunidad internacional -. Ubicado al sureste de Armenia, se puede acceder a él fácilmente solicitando un visado. La visa del país inexistente, diría Jack, un viajero norteamericano con el que habíamos quedado en encontrarnos en Stepanakert, la capital.

Una de las chicas en la recepción del hostel nos consiguió un taxi colectivo para ir a Goris. El tercer viajero resultó ser David, un irlandés que vive en Australia, que estaba en nuestro mismo dormitorio e iba camino a la frontera con Irán.

Salimos de Yerevan con gran excitación por descubrir ese extraño lugar, Karabakh, dicen que de singular belleza, devastado por una guerra que dejó miles de muertos y desplazados entre 1991 y 1994. Atravesamos las tierras planas que rodean Yerevan y nos metimos en la región de Ararat. El recorrido, de unos 250 kilómetros, toma unas cuatro horas. Yo iba sentada en el medio entre Voitek y David, tratando de no prestar atención a la conversación, porque el acento de este último - mezcla de irlandés con australiano - me resultaba absolutamente incomprensible.

Hicimos una parada para tomar café en un pequeño bar al costado de la ruta. El dueño se mostró gratamente sorprendido de encontrarse con una uruguaya e hizo mención al hecho - bien conocido por todos los armenios con los que he entablado conversación - de haber sido Uruguay el primer país en reconocer el genocidio.

Con Voitek tratando de convencer a David de venir con nosotros a Karabakh, entramos en la región de Vayots Dzor, donde las montañas comienzan a cobrar altura hacia ambos lados del camino. Son montañas peladas, con pastos altos y amarillos. La vegetación es escasa y tampoco se ven muchos animales. El paisaje me recordó al plateau del lado de Turquía, un poco más allá de la frontera.

En el medio de la nada y bajo unas gruesas gotas de agua que amenazaban con convertirse en verdadera lluvia, vimos aparecer una extraña construcción: dos columnas grises con figuras en altorelieve al estilo soviético. Son las puertas de Syunik, me dijo Voitek. El enorme portal era un tanto grotesco. Pero, con el Pequeño Cáucaso como marco, en algún lugar de nosotros pudimos sentir la misteriosa energía de la región de Syunik dándonos la bienvenida.

Jack nos escribió, diciendo que estaba en Shushi, una ciudad cercana a Stepanakert. Ya en Goris, intentamos negociar un precio para seguir hasta allí esa misma noche. No llegamos a un acuerdo, por lo que optamos por quedarnos en lo de Marieta, lo más parecido a un hostel que pudimos encontrar en la ciudad.

La casa de Marieta estaba ubicada en un bloque de apartamentos, destruido en sus áreas comunes - como la mayoría de los edificios en los que he estado - pero impecable en su interior. Marieta vive en el piso de arriba. Nos apropiamos de uno de los cuartos y nos instalamos en el living. En el televisor, una absurda comedia nos hizo destornillar de la risa, aún sin entender una sola palabra.

Voitek y yo intentamos por última vez convencer a David de acompañarnos a Karabakh, pero él prefirió mantener su plan de ir hacia Irán. Desplegamos entonces el mapa sobre la mesa del living, a fin de buscar nuestras respectivas rutas. Presté atención a un lugar en particular, Zorats Karer, muy cerca de donde estábamos, y recordé que alguien en Yerevan me había hablado de él, como el Stonehenge de Armenia. También me habían dicho que Tatev, uno de los principales montasterios del país, ubicado en la región de Syunik, estaba en un enclave energético, al igual que Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Comenté ambas cosas a Voitek.

Es muy importante para ti ir a Karabakh? me preguntó. Como en la mañana, cuando perdimos la marshrutka, no supe que decir. Levanté los hombros y sonreí. En un minuto nuestro entusiasmo por conocer el país inexistente se trasladó hacia la región más ignota de Armenia, esa tierra montañosa del sur, que se abre paso en el mapa para dejar de ser Europa y convertirse en el gran país persa.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cupé

Cuando viajé de Ankara a Kars en el Dogu Express, no me animé a hacerlo en una cabina, por aquello de con quién me iba a tocar compartir el espacio, generalmente muy reducido. Eso que todos queremos - decimos que queremos - al viajar: conocer gente, en mi caso muchas veces ha funcionado como un acicate a mis miedos. Es fácil estar predispuesto a conocer gente si uno disfruta de la seguridad que en apariencia brinda un compañero, un amigo. Además, quién se anima a afirmar que el "conocer gente" está libre de todo prejuicio? Qué tipo de gente estamos dispuestos a conocer? Todos sin excepción? No hace falta decir nada, conozco la respesta.

Cuando fui a la estación de trenes de Tbilisi a comprar mi pasaje, la chica del otro lado de la ventanilla me ofreció una cabina para dos, una para cuatro y una para muchos, dijo, con diferentes precios. Y asientos comunes?, pregunté. El tren nocturno solo tiene cabinas, respondió. Me decidí por un intermedio de cuatro, evitando así viajar con "mucha gente desconocida" o con "un extraño". No me siento orgullosa de mis elecciones, pero sí de ser consciente de ellas y de sus motivaciones, para al menos intentar liberarme de mis prejuicios y de mis temores, algún día.

Por la noche, llegué a la estación con tiempo suficiente para buscar y encontrar mi tren, al menos eso creí. El primero no era. Me mandaron cruzar un pasaje subterráneo. El segundo tampoco. Me indicaron que cruzara un puente. Bístro!, me dijo el guardia. Mi ruso básico siempre me tira un cable: comencé a correr. Con todo, llegué bien a mi vagón e inmediatamente me encontré con una chica que hablaba inglés, quien me dio las básicas y me ofreció ayuda a nuestra llegada a Yerevan.

Finalmente, mis compañeras de cabina eran tres armenias encantadoras. Siguiendo sus indicaciones, coloqué el colchón sobre la litera - me tocó una de las de arriba -. El encargado del vagón me dio sábanas, funda para la almohada y un lienzo multiuso. Puse mi cartera en un estante y mis championes en el lugar donde se guardan los colchones. Mantuvimos una breve pero divertida conversación, haciendo uso de un muy reducido vocabulario en ruso y del universal lenguaje de señas.

El encargado me trajo los papeles para la visa, ya que yo misma le había dicho que venía de Uruguay, frente a la habitual pregunta Otkuda ti? Le expliqué que mi pasaporte era italiano y que no necesitaba visa. Gracias a Giani, el brasilero que conocí en Tbilisi y que ostentaba mi misma condición, mi respuesta habitual se reduce a "madre uruguaya", "padre italiano". Santo remedio.

El viaje duró nueve horas y fue muy cómodo. Hubiera dormido de un tirón de no ser por los necesarios trámites de aduana, aunque debo reconocer que estos no admiten la menor queja, ya que se hacen dentro del tren, sin salir siquiera de la cabina. Los funcionarios a cargo en Georgia, recolectan los pasaportes y los devuelven sellados con la salida del país. Al llegar a Armenia, otro funcionario recorre los vagones con un pequeño escaner y un sello, vuelve a solicitar los pasaportes y los devuelve con un simpático estampado que, además de la silueta del Monte Ararat, ostenta el dibujo de una locomotora, de las viejas, con chimenea y todo.

Armenia tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiján, por lo que las posibilidades de ingreso por tierra se reducen a Georgia e Irán - y, teniendo en cuenta los exigentes requisitos de visado para cruzar la frontera con Irán, me pregunto que tanto tráfico hay en ese paso -. Supongo entonces que la inmensa mayoría de los viajeros que llegan a Armenia, lo hacen a través de sus dos aeropuertos internacionales.

Una vez más, otro lenguaje y otro alfabeto. Acabo de conocer a Steven, norteamericano con ascendencia armenia que llegó hasta aquí para aprender la lengua de sus ancestros. Se me vienen a la mente algunos nombres: Aharonián, Arakelián, Markarián, Ananikián, Kechichián, Aprahamián, Rupenián y tantos otros, todos parte de la extendida e incontable diáspora armenia en el Uruguay y en el mundo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Sameba

Se llama Thbilisis cminda samebis sakathedro tadzari - Holy Trinity Cathedral of Tbilisi - pero le dicen Sameba, que significa Trinidad. Fue construida entre 1995 y 2004 en el barrio de Havlabar y la elección del lugar para su emplazamiento no estuvo exenta de polémica, debido a la existencia de un antiguo cementerio armenio.

Salgo del hostel y me dirijo hacia el río, atravesando el parque que queda una calle abajo. Cruzo el primer puente, en cuya cabecera está el mercado seco - una pequeña feria de antigüedades -, llamado así porque debajo de ese puente no corre agua sino autos por una amplia avenida. Enseguida aparece el puente de arcos sobre el Río Kura y, del otro lado, la rotonda sobre la calle de adoquines. Giro a la derecha y me meto por calles y veredas angostas, donde los balcones enrejados cuelgan casi sobre los autos que circulan en forma desordenada. A pocas cuadras la calle se abre y se junta con la avenida que bordea el río. Cruzo una plaza con juegos infantiles. Del otro lado, otra calle de adoquines sube la colina, flanqueada por coquetas viviendas y jardines colgantes. Comienzo a ver guardias. Al final del repecho, unos trescientos metros más adelante, me encuentro con la enorme cúpula de vidrio de la casa de gobierno. Doblo a la izquierda y camino un par de cuadras. Salgo a la calle Samreklo. Camino un poco más y estoy ante los anchos portones de la catedral.

Del otro lado, la figura de una mujer vestida de verde bajando las escalinatas, me sugiere la medida de esa humana necesidad - y en tanto humana, política - de agrandar y elevar a dios.


sábado, 14 de septiembre de 2013

La boda

Escuché hablar de supra y paré la oreja. Unos norteamericanos le preguntaron a Marika si era posible asistir a una verdadera fiesta georgiana. El interés no era propio, sino de un amigo periodista que estaba arribando a Georgia para encontrarse con ellos. Así fue como Marika se puso en campaña para hacerlo invitar a un casamiento y yo me anoté en la lista de colados, como fotógrafa.

Gideon, neoyorquino, simpático y buen mozo, tenía a cargo la tarea de redactar una nota sobre las famosas supras georgianas, con sus personajes y rituales. A todo esto, yo ya había leído algo sobre el asunto: que supra era el nombre que se le daba a toda reunión donde hubiera comida y bebida y que stricto sensu significaba mesa o mesa tendida.

Y efectivamente, las mesas estaban tendidas cuando llegamos, no solo con la mantelería y la vajilla sino con variedad de platos fríos, ya dispuestos. Frente a las mesas de los invitados estaba la de los novios y padrinos y, a un costado de esta, otra más pequeña con la torta de bodas.

Los novios - muy jóvenes ambos - atravesaron un cortejo con choque de espadas y entraron al salón, seguidos por todos los invitados. En su honor, un grupo de bailarines profesionales ataviado con trajes típicos, desplegó con maestría las vigorosas danzas georgianas.

Marika nos fue guiando con cada uno de los platos: qué probar primero, cómo combinar cada uno con su salsa correspondiente, sus nombres y componentes. Como me resultaba muy difícil retener tanta información - recomendaría leer la crónica de Gideon, quien tomó prolijas notas -, me concentré en probar la mayor cantidad de platos posible, acompañándolos con buen vino - la chacha la dejé para los mejor entrenados.

Pero, si entendí bien la esencia de la supra, esta no es la comida ni la bebida sino la liturgia asociada a la misma, que cuenta con el tamada como figura principal: la persona a cargo de ofrecer los brindis, cada uno de ellos precedido de un discurso. Durante toda la noche fuimos testigos del protagonismo del tamada, quien se dirigía a los invitados y a los novios en una larga y solemne exposición que culminaba con las copas en alto.

De más está decir lo bien que nos recibieron y la amabilidad y la calidez con la que fuimos agasajados. Si bien la fiesta amenazaba con extenderse durante horas, Henry nos fue a buscar pasadas las once. El protocolo indicaba en primer lugar despedirnos del tamada, quien nos hizo el honor de dedicarnos un brindis. Georgia ha tenido y tiene mucho problemas, pero los viajeros son bienvenidos en nuestra tierra, por lo que siéntanse ustedes siempre muy bienvenidos, nos tradujo Marika. No sin emoción, nos despedimos de los novios y - cual cenicienta - dejamos la supra un minuto antes de las doce.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Esa entelequia

Hace tres meses que estoy viajando. Parece una eternidad.

Ayer me sentí muy mal por causa de una sopa que había cenado la noche anterior. No quiero ponerle dramatismo a una simple indigestión, pero el malestar era tan grande que lo único que quería era irme de Georgia. Claro, eso implicaba salir primero de la cama, hacer el bolso, comprar un ticket hacia algún lado y viajar, en ese estado. Me largué a llorar, era mucho más fácil. Como por milagro, las lágrimas aflojaron las tensiones en mi estómago y vomité los restos de la sopa en el piso, al lado de la cama. 

Hace unos días una amiga me preguntaba cómo me sentía. El relato oficial ya lo leí, me dijo. En tres meses he tenido tiempo de experimentar todo tipo de sensaciones. La más fuerte y menos agradable es el miedo. No me he visto envuelta en ninguna situación que objetivamente pudiera justificar ese miedo, pero la emoción persiste. Y ayer experimenté por primera vez la soledad como algo negativo. Estar solo y aprender a disfrutar de la compañía de uno mismo, es una nutritiva experiencia. Pero sentirse solo estando enfermo, realmente nos pone a prueba. Por fortuna, hoy me siento mucho mejor - incluso pude desayunar - y no estoy pensando en volver... aún.

Claro que enfrentar el miedo - incluído el miedo a estar solo - es parte del desafío que conscientemente elegí vivir y se que al hacerlo gano en libertad, el más preciado de los dones. La libertad, esa entelequia, no es más que la ausencia de miedos.

martes, 10 de septiembre de 2013

Zugdidi

Zugdidi, la capital de la región de Samegrelo, suele ser un lugar de paso. La gente lo usa como base para ir o volver de Svaneti, o para llegar hasta Abkhazia. Como venía de un intenso periplo, los dos días de lluvia y viento me sirvieron de excusa para parar un poco. Además, tanto Marika como su esposo Henry y su amiga Lali, hicieron honor a la famosa hospitalidad georgiana y  transformaron mi fugaz pasaje en una estadía de casi una semana.

Samegrelo es hogar de los mingrelianos, quienes hablan su propia lengua, diferente de la georgiana. La historia de este pueblo se hunde en la antigüedad, cuando esta tierra era conocida como la Colchis. Como casi todos saben, Jasón y sus Argonautas vinieron a la Colchis en busca del velloncino de oro. Este preciado tesoro, lejos de ser un objeto imaginario o fantástico, guarda correspondencia con la tradicional forma de recoger el oro del lecho de los ríos en el Cáucaso, utilizando una piel de cordero.

Marika es una anfitriona dedicada y orgullosa de su tierra. El día que llegué, como al descuido, puso sobre la mesa un libro de tapas duras con hermosísimas fotos de Samegrelo, y una colección de videos de danzas típicas en el plasma. Rápidamente me convenció de visitar las fortalezas, monasterios, aguas termales y cañones que pueden encontrarse en un radio de no más de sesenta kilómetros. Gracias a sus indicaciones también visité Anaklia, la playa más cercana a Zugdidi. Me advirtió que era un lugar un poco extraño y debo confesar que tenía razón, aunque el Mar Negro se las ingenia para revelarse hermoso, a pesar de los esfuerzos humanos por disfrazar su belleza con toda clase de extravagancias. Marika también hizo posible que nos invitaran a una boda, la más grande de las Supras, pero eso lo contaré después.

Lali, por su parte, me preparó una pantagruélica cena de tres platos, que no pude terminar. Me dijo que yo lucía como una mingreliana, aserto que pude comprobar cuando dos chicas me hablaron en georgiano en la calle... y cuando supe que algunos de los invitados al casamiento pensaron que la extranjera era Marika y no yo.

Lali es original de Abkhazia. Estando en Zugdidi, recordé las historias que me contara el Ruso - con toda la intensidad y el amor por su tierra que transmitía en sus relatos - sobre las bellezas de su ciudad de origen y de cómo los armenios, desplazados de su patria, poblaron Novi Afon en el suroeste de Abkhazia. Para Lali, Abkhazia es un dolor que aún persiste: su familia y tantos otros miles de georgianos se vieron desplazados de sus hogares durante la guerra del 92-93. Abkhazia es muy bella, me dijo, pero pasaron veinte años y no he podido volver a mi casa en Sukhumi.

En Zugdidi visité la casa de un amigo de Marika y Henry que tiene un vivero gigantesco, una colección de muebles antiguos dignos del palacio de los Dadiani - lores de Samegrelo - y un piano en restauración. Fui a la peluquería, me compré un libro de historia y le saqué a mis championes los dos kilos de barro que habían juntado en las montañas. Intenté hablar en francés y en italiano, conocí gente de Bulgaria, Holanda, Bélgica, Polonia, Eslovaquia y Estados Unidos y jugué al dominó con el pequeño Shota, el hijo de Marika. Me congelé los pies cruzando el río que corre en el fondo del cañón de Martvili, caminé a la sombra de un roble descomunal en la fortaleza de Nokalakevi, vi las montañas desde lejos - mientras Irakli esquivaba chanchos y patos en la ruta - y estuve en una Supra. Definitivamente, Zugdidi no es un lugar de paso.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Georgia Gran Guesthouse

No ha parado de llover, la excusa perfecta para no hacer nada. Ayer, Marika, la dueña del hostel, estaba un poco asustada por el tema de la tormenta. Luego supe por la prensa georgiana que lo que se esperaba era un ciclón y que los vientos en Poti y otros lugares de la costa habían sido muy fuertes.

Afortunadamente para mí, en la casa no hay mucha gente. En el segundo piso hay una habitación con muchas camas, una cocina y un baño. Abajo, cruzando el patio, otro baño. Al frente, un jardín y al costado, el bar y salón común, donde me he pasado las horas subiendo las trescientas fotos que saqué en mi loca carrera alrededor de Georgia en compañía de Erika y Jiri.

Conocí a los checos en Kazbegi, en el norte - cerca de la frontera con Rusia -, en la casa de Maia, una guesthouse, como les dicen aquí. En Tibilisi, Pedro se había vuelto a Portugal y me había dejado de regalo la Lonely Planet. Compré un bolso barato, puse allí parte de la ropa, las cremas y la bijouterie y me fui con lo esencial en la mochila a la estación Didube, a tomarme la marshrutska.

Es fácil recorrer Georgia, siempre y cuando uno se adapte a dos cosas escenciales: las guesthouses y las marshrutkas. Las primeras están desperdigadas por todo el país y se las identifica por el cartel en inglés en la puerta. Son casas de familia, con una, dos o más habitaciones acondicionadas para turistas, baño compartido y, si el huésped así lo quiere, comida casera. Las habilidades para la cocina varían, pero en general el menú es abundante y delicioso. El desayuno es todo un desafío para nuestros hábitos alimenticios. En dos semanas debo de haber engordado tres kilos y de a ratos no me he sentido muy bien. Ahora estoy tratando de dejar de comer como un georgiano.

La casa de Maia en Kazbegi, en el Gran Cáucaso, era grande y cómoda. De Kazbegi nos fuimos a Mtskheta, donde solo estuvimos un rato para visitar sus antiguas iglesias, por lo que la siguiente noche la pasamos en Gori. La vivienda estaba un poco destruida, especialmente el baño, y todo el mobiliario era una reliquia de otros tiempos - igual que el museo de Stalin y que Uplistsikhe, la ciudad excavada en la roca -, pero estaba limpia y la dueña era un encanto de persona. El esperanto eslávico de Erika vino muy bien porque nuestra anfitriona no hablaba inglés, aunque tenía una vecina de unos diez años que hacía de intérprete con total eficiencia.

De Gori nos fuimos a Kutaisi, la segunda ciudad de Georgia, a la casa de Mediko, el mejor lugar por lejos. El baño estaba hecho a nuevo y la comida era exquisita. Además, Mediko era amable y simpática. Nos mostró con orgullo un libro de visitas con saludos en todos los idiomas, de huéspedes de los cinco continentes. Yo fui la primera uruguaya en su casa. Lavamos ropa, recorrimos la ciudad y visitamos la cueva de Prometeo, una maravilla para mis desacostumbrados ojos.

De Kutaisi nos dirigimos a Mestia, en la región de Svaneti - otra vez el Gran Cáucaso, pero del otro lado de Osetia del Sur -, donde se está desarrollando una aún incipiente industria turística y el contacto es más distante y mercantil. El lugar era un edificio rectangular con una sucesión de habitaciones con baño privado y no había dueña de casa, pero oficialmente era una guesthouse. Por último, en Laleta, a tan solo diez kilómetros de Mestia, encontré una casa con una infraestrucutra mucho más desarrollada, pero aún con calor de hogar, gracias a la hospitalidad de Ksenia.

En cuanto a las marshrutskas, tengo que decir que son un buen sistema de transporte, si comparo con el nuestro: son rápidas, frecuentes y baratas. Pero no son cómodas, uno viaja como sardina en lata y en medio de los bolsos. Salen cuando están completas, por lo que a veces los horarios pueden ser un poco inciertos. En mi caso, no hay problema porque no tengo apuro. No he visto ningún ómnibus de cuarenta asientos por aquí dentro del sistema de transporte público.

En un par de ocasiones viajamos en tren, el que brinda el servicio común: de Mtskheta a Gori y de Gori a Kutaisi, en la zona del llano, entre el Gran y el Pequeño Cáucaso. Para en cada estación y debo decir que son muchas, ya que el interior de Georgia está muy poblado. Un viaje de cien kilómetros puede durar tres horas. En contrapartida, el boleto es muy barato y uno viaja más cómodo que en la marshrutska, una vez que consigue asiento. Ahora, si toca viajar parado, la cosa cambia. En nuestro caso y como eramos extranjeros, la gente - no me canso de repetir lo amable que es - nos ofreció sus lugares.

Montañas, iglesias, ciudades excavadas en la roca y cuevas con lagos subterráneos, parques nacionales con frondosos bosques y rocas con huellas de dinosaurios, museos y monumentos, una historia que se cuenta en miles de años, confluencia de culturas - los más grandes imperios han tenido que ver en este territorio -, un lenguaje único - e incomprensible -, una gastronomía sabrosa y potente y un corazón abierto y generoso. Ahora necesito descansar por unos días y comprarme un buen libro de historia.